ENTREVISTA CON RA­FAEL NA­DAL

Cam­peón del US Open 2017. A tres tí­tu­los de Grand Slam de Ro­ger Fe­de­rer, só­lo, y for­ta­le­ci­do nú­me­ro uno de la ATP. Sin em­bar­go, ce­le­bró con tran­qui­li­dad y si­gue cal­ma­do cuan­do, al día si­guien­te, ayer, atien­de a EL MUN­DO pa­ra ana­li­zar su re­cien­te éxi­to, su

El Mundo - - PORTADA - JA­VIER MARTÍNEZ NUEVA YORK EN­VIA­DO ES­PE­CIAL

«Es­pa­ña es mejor con Ca­ta­lu­ña y Ca­ta­lu­ña, mejor con Es­pa­ña. El 1-O no de­be­ría pro­du­cir­se. Es co­mo sal­tar­se un semáforo en rojo», ase­gu­ra el te­nis­ta es­pa­ñol tras im­po­ner­se en el Open de Es­ta­dos Uni­dos

Des­de la te­rra­za de la ha­bi­ta­ción 5155 del ho­tel Lot­te New York Pa­la­ce, un oa­sis de cla­si­cis­mo en cu­yo jar­dín eje­cu­ti­vos de dis­tin­to por­te se mue­ven al rit­mo que mar­ca el ace­le­ra­do la­ti­do de la ciu­dad, puede con­tem­plar­se una es­pec­ta­cu­lar pers­pec­ti­va de Man­hat­tan, sin po­der evi­tar una im­pre­sio­nan­te sen­sa­ción de vér­ti­go. Aden­tro, en el sa­lón ce­di­do pa­ra la entrevista por su je­fe de pren­sa, Ra­fael Na­dal (Ma­na­cor, 1986) se aco­mo­da en el so­fá, ves­ti­do de cor­to, ca­si co­mo si fue­ra a sal­tar nue­va­men­te a la pis­ta. Ha­ce unas ho­ras que ga­nó su ter­cer Abier­to de Es­ta­dos Uni­dos, de­ci­mo­sex­to tí­tu­lo de Grand Slam, pe­ro su ac­ti­tud es la de siem­pre, se­re­na, aten­ta. Re­cién con­clui­da la con­ver­sa­ción, pre­gun­ta al pe­rio­dis­ta a qué hora y en qué com­pa­ñía vue­la. «Allí nos ve­mos», co­men­ta al com­pro­bar la coin­ci­den­cia en el avión de re­gre­so a Ma­drid.

Pre­gun­ta.– Se ha ga­na­do el apre­cio y a ad­mi­ra­ción de to­do el mun­do, pe­ro ¿a qué atri­bu­ye esa co­ne­xión es­pe­cial con el pú­bli­co neo­yor­quino?

Res­pues­ta.– Yo creo que es por la pa­sión con que vivo los par­ti­dos. Ellos se in­vo­lu­cran más. Tam­bién por la ma­ne­ra en que aquí se exa­ge­ra un po­qui­to to­do, el show que hay aquí en Amé­ri­ca da lu­gar a que te trans­mi­tan una ener­gía di­fe­ren­te. Vi­ven los par­ti­dos con pa­sión y yo tam­bién. Es a par­tir de ahí des­de don­de se llega a esa co­ne­xión.

P.– ¿Cómo se su­pera la in­quie­tud tras la du­da de las pri­me­ras ron­das?

R.– Ga­nan­do. Cuan­do las co­sas no van de ca­rre­ri­lla, la mejor ma­ne­ra de ganar es acep­tar las di­fi­cul­ta­des y en­ca­rar­las con la mejor ac­ti­tud po­si­ble. Cuan­do el te­nis no va de ma­ne­ra tan per­fec­ta, uno tie­ne que sa­car el ca­rác­ter y el es­pí­ri­tu de com­pe­ti­ti­vi­dad. Creo que es lo que hi­ce muy bien la pri­me­ra se­ma­na. Aun­que fue­se así, man­tu­ve la ilu­sión, la pa­sión por ca­da pun­to, va­lo­rar ca­da jue­go y a par­tir de ahí, po­qui­to a po­co, se fue me­jo­ran­do. El par­ti­do con Ma­yer po­dría ser un click den­tro del tor­neo. A ve­ces lo es y a ve­ces no, pe­ro en es­te ca­so sí que lo ha si­do.

P.– Me lla­mó la aten­ción en una vo­lea de re­vés que le ga­nó An­der­son co­mo in­me­dia­ta­men­te mi­ró la re­pe­ti­ción en los mo­ni­to­res de la pis­ta.

R.– No creo que mi­ra­se mu­chas ve­ces, pe­ro en aque­lla oca­sión, sí, me fi­jé a ver si se ha­bía pe­ga­do mu­cho a la red. Ése era mi ob­je­ti­vo, por­que si vol­vía a ocu­rrir la mis­ma ju­ga­da y se ha­bía pe­ga­do mu­cho a la red, aun­que sea un ju­ga­dor muy al­to, la po­si­bi­li­dad del glo­bo era real.

P.– Al ha­blar de Ti­ger Woods, de­cía que le ins­pi­ra­ba cómo com­pe­tía pe­ro que nun­ca ha­bía te­ni­do ído­los.

R.– Hay gen­te que tie­ne ído­los de lo­cu­ra. Yo no los he te­ni­do. Otra co­sa es que sí que soy un apa­sio­na­do del de­por­te, y cuan­do veo a com­pa­ñe­ros, es­pa­ño­les y otros, lo­grar se­gún qué ti­po de co­sas, he llo­ra­do vién­do­les. Ti­ger Woods me ha trans­mi­ti­do du­ran­te mu­chos años la de­ter­mi­na­ción en tor­neos de­ci­si­vos.

P.– Pe­ro no ne­ce­si­tó re­fe­ren­tes...

R.– Sí, to­do el mun­do ne­ce­si­ta re­fe­ren­tes pa­ra se­guir pro­gre­san­do ca­da día. Una co­sa son ído­los y otra re­fe­ren­tes. To­do el mun­do ne­ce­si­ta ejem­plos y uno se re­tro­ali­men­ta de la ins­pi­ra­ción que le trans­mi­ten otros. Hay mo­men­tos en el mun­do del de­por­te que te mo­ti­van, que te ins­pi­ran y que te ayu­dan a se­guir tra­ba­jan­do dia­ria­men­te.

P.– Ha­brá quien pien­se que es­ta vez lo ha te­ni­do más fá­cil que otras pa­ra ganar un Grand Slam, por la in­fe­rior cua­li­fi­ca­ción de los ri­va­les.

R.– Siem­pre es di­fí­cil ganar un gran­de, aun­que la reali­dad es esa. És­ta vez han fa­lla­do unos cuan­tos jugadores y al­guien te­nía que ganar. Es­ta vez me ha to­ca­do a mí, he po­di­do apro­ve­char la opor­tu­ni­dad. Es­ta es la ver­dad. Des­pués, en otras épo­cas de mi ca­rre­ra otros tam­bién han apro­ve­cha­do la opor­tu­ni­dad de que yo es­tu­vie­ra le­sio­na­do. He per­di­do años en los que po­día ha­ber si­do nú­me­ro 1 y no lo pu­de ser por le­sio­nes a mi­tad de tem­po­ra­da cuan­do lle­va­ba ven­ta­ja de pun­tos, y eso es par­te de la ca­rre­ra de to­dos. Des­gra­cia­da­men­te, sin que­jar­me de na­da, por­que no es­toy en dis­po­si­ción de que­jar­me de na­da, he te­ni­do esas au­sen­cias más que cual­quie­ra de mis com­pe­ti­do­res.

P.– ¿Cuán­do ha ha­bla­do por úl­ti­ma vez con Ro­ger Fe­de­rer?

R.– No, no he ha­bla­do con él prác­ti­ca­men­te na­da des­de ha­ce un tiempo. Tam­po­co he­mos coin­ci­di­do tan­to. Le fe­li­ci­té cuan­do ga­nó Wim­ble­don, en ju­lio. Él me fe­li­ci­tó tam­bién cuan­do yo ga­né Ro­land Ga­rros.

P.– Am­bos ha­béis si­do ca­pa­ces, us­ted en nu­me­ro­sas oca­sio­nes, de re­apa­re­cer con éxi­to con tras un lar­go pe­río­do le­sio­na­do. ¿Cree que lo con­se­gui­rán No­vak Djo­ko­vic y Andy Mu­rray el pró­xi­mo año?

R.– Se­gu­ro que sí. Al fi­nal de­pen­de un po­co de la suer­te. Que lle­gue Fe­de­rer y ga­ne Aus­tra­lia y que yo jue­gue una fi­nal des­pués de tiempo sin com­pe­tir sí que es al­go un po­qui­to fue­ra de lo nor­mal. Pe­ro que vuel­van ellos y va­yan a es­tar lu­chan­do pa­ra es­tar lo más arri­ba del rán­king y pe­lear por los tí­tu­los del Grand Slam... No ten­go nin­gu­na du­da.

P.– ¿Le preo­cu­pa lo que pa­se el 1 de oc­tu­bre en Ca­ta­lu­ña?

R.– Bueno, a to­dos nos de­be­ría preo­cu­par; al que no le preo­cu­pe es que no tie­ne en men­te a Es­pa­ña co­mo es Es­pa­ña. És­ta es una reali­dad. Hay un con­flic­to, hay que so­lu­cio­nar­lo. Es di­fí­cil, y no tie­ne una fá­cil so­lu­ción, pe­ro bueno... Yo le di­go mi sen­ti­mien­to. Me sien­to muy cer­cano a los ca­ta­la­nes, me sien­to muy es­pa­ñol tam­bién. No en­tien­do una Es­pa­ña sin Ca­ta­lu­ña. No me gus­ta­ría en­ten­der­la o ver­la. En­tien­do que jun­tos de­be­ría­mos po­der­nos en­ten­der, sin nin­gu­na du­da, y yo creo que se tie­ne que hacer un es­fuer­zo pa­ra lle­gar a un en­ten­di­mien­to por­que creo que so­mos, sin nin­gu­na du­da, más fuer­tes jun­tos que se­pa­ra­dos; tan­to Es­pa­ña es mejor con Ca­ta­lu­ña co­mo Ca­ta­lu­ña es mejor con Es­pa­ña, des­de mi pun­to de vis­ta. Creo que lo del 1 de oc­tu­bre no se de­be­ría de pro­du­cir por­que, des­de mi pun­to de vis­ta, ca­da uno tie­ne que res­pe­tar las le­yes y hay unas le­yes que son las que son y uno no se puede sal­tar las le­yes por­que quie­ra sal­tár­se­las. Yo no me pue­do sal­tar un semáforo en rojo por­que no me pa­rez­ca co­rrec­to aquel semáforo. Y los que pre­ten­den eso en Ca­ta­lu­ña tie­nen que en­ten­der­lo. A par­tir de ahí, res­pe­to pro­fun­da­men­te el sen­ti­mien­to que ca­da uno pue­da te­ner, y oja­lá que se so­lu­cio­ne, que nos po­da­mos en­ten­der y que po­da­mos vi­vir du­ran­te mu­chos años co­mo un país, que es lo que so­mos.

DA­NIEL MURPHY / EFE

Ra­fael Na­dal le­van­ta la co­pa del US Open, la ma­dru­ga­da de ayer, en las ins­ta­la­cio­nes de Flus­hing Mea­dows, en Nueva York.

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