Dia­da: mo­tín de flo­res

El Mundo - - SALUD - RAÚL DEL POZO

Jo­sé Mar­tí, poe­ta y hé­roe de la in­de­pen­den­cia de Cu­ba, mu­rió en com­ba­te, co­no­ció el exi­lio, fue en­car­ce­la­do y nun­ca odió a los es­pa­ño­les –co­mo los me­xi­ca­nos a los ga­chu­pi­nes– sino a los ma­la po­lí­ti­ca de la me­tró­po­li. En Ca­ta­lu­ña, que no es una co­lo­nia, no hay nin­gún Jo­sé

Mar­tí con gri­lle­tes en las pier­nas. Los in­sur­gen­tes prin­ci­pa­les odian a Es­pa­ña, a pesar de vi­vir con los suel­dos más al­tos de la Ad­mi­nis­tra­ción y ha­ber­se en­ri­que­ci­do, mu­chos de ellos, con el man­gue y el trin­que.

A es­tas al­tu­ras del par­ti­do lo que me in­tere­sa saber es si van a ven­cer los amo­ti­na­dos. Yo creo que no. Pe­ro al­gu­nos ami­gos de Ca­ta­lu­ña piensan que los in­sur­gen­tes van ga­nan­do en el pri­mer tiempo. Co­mo las úl­ti­mas co­lo­nias en el 98, Ca­ta­lu­ña es ya una in­su­rrec­ción. Mas, uno de los pro­fe­tas de la re­vuel­ta, re­su­me la si­tua­ción así: «Es­ta­mos en el sprint fi­nal». Ha­blo con gen­te de Bar­ce­lo­na que me di­ce que es­to puede ter­mi­nar muy mal, por­que al pro­nun­cia­mien­to de Puig­de­mont y Jun­que­ras –di­cien­do que no obe­de­cen sino las «le­yes in­ter­na­cio­na­les»– el Es­ta­do no con­tes­ta na­da. Los in­de­pen­den­tis­tas em­pie­zan a pen­sar que su tác­ti­ca es la co­rrec­ta; la gen­te puede ima­gi­nar: «aquí el que man­da ya es Puig­de­mont». Si no llega la au­to­ri­dad y la al­ter­na­ti­va del Es­ta­do, los in­de­pen­den­tis­tas pon­drán ur­nas en los mi­les de lo­ca­les que con­tro­la la Ge­ne­ra­li­tat. Ya es­tán vo­tan­do los emi­gran­tes y es­tu­dian­tes ca­ta­la­nes en el ex­tran­je­ro. Aun­que Co­lau lo im­pi­die­ra en las ur­nas –es un de­cir– el Go­vern con­ver­ti­rá sus lo­ca­les en co­le­gios.

No sé que le di­rán a Ra­joy los cien­tos de fon­ta­ne­ros –mu­chos de ellos ca­ta­la­nes– que le ase­so­ran, pe­ro no ha­ce fal­ta leer a Clau­se­witz ni a Cur­zio Mal­par­te pa­ra saber que el pro­cés es ya al­go más que un gol­pe de Es­ta­do: es un in­ten­to de ata­car la so­be­ra­nía de una na­ción.

«En la Dia­da han sa­ca­do mu­cha gen­te a la calle, pe­ro ha si­do más la que se ha que­da­do en ca­sa», di­cen en la Mon­cloa. Aña­den que las que­re­llas es­tán en mar­cha, los au­to­res de la in­ten­to­na pa­ga­rán por lo que han he­cho, los fun­cio­na­rios des­obe­de­cen al Go­vern, ni en Bar­ce­lo­na, ni en Hospitalet, ni en Ta­rra­go­na, ni en Lé­ri­da, ni en Ta­rra­sa, ni en Ma­ta­ró –ciu­da­des de más de 100.000 ha­bi­tan­tes– ha­brá co­le­gios electorales. «Que pon­gan ur­nas en cen­tros de sa­lud o en una mez­qui­ta no es un re­fe­rén­dum». Yo creo que es­ta tea­tra­li­dad po­lí­ti­ca puede aca­bar, si no hay ta­len­to y li­de­raz­go po­lí­ti­co, con el incendio del tea­tro. Mu­chos de­mó­cra­tas piensan que, o el Go­bierno ac­túa con fir­me­za con­tra la de­lin­cuen­cia na­cio­na­lis­ta o esos aven­tu­re­ros po­drían rom­per­nos la na­ción y el bol­si­llo. Al­bert Ri­ve­ra pro­po­ne, an­te lo que él lla­ma char­lo­ta­da, que el Go­bierno de Es­pa­ña de­je de fi­nan­ciar la Ge­ne­ra­li­tat.

Di­je­ron que el na­cio­na­lis­mo era pro­duc­to del abu­rri­mien­to del ca­ci­quis­mo y me re­cuer­da un sa­bio ita­liano que el na­cio­na­lis­mo se­rá pro­duc­to de la hol­ga­za­ne­ría pro­vin­cia­na y de los poe­tas de los jue­gos flo­ra­les, pe­ro al Go­bierno le es­tá fal­tan­do ima­gi­na­ción o fir­me­za pa­ra des­mon­tar esos jue­gos flo­ra­les que ya hue­len a pól­vo­ra.

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