«¡Ha­la, qué gran­de!»

La afi­ción del Atlé­ti­co es­tre­nó el Wanda Me­tro­po­li­tano en un am­bien­te fes­ti­vo / Al re­cin­to, es­pec­ta­cu­lar por den­tro, le fal­tan mu­chas co­sas por fue­ra / Ce­re­zo lle­gó al es­ta­dio en me­tro en me­dio de al­gún in­ci­den­te / To­rres y Gá­ra­te, en el sa­que de ho­nor

El Mundo - - DEPORTES - EDUAR­DO J. CAS­TE­LAO

A al­gu­nos se les hi­zo el día eterno. Po­co des­pués de las sie­te de la tar­de, dos ti­pos que ya no cum­plen los 40 se sen­ta­ban en las es­ca­le­ras que dan ac­ce­so a la tri­bu­na prin­ci­pal. «He­mos ve­ni­do muy pron­to», le di­jo uno a otro mien­tras mi­ra­ba el mi­ni de cer­ve­za co­mo los ni­ños mi­ran las acel­gas. Los dos te­nían hi­po y los dos mal­de­cían la co­la que ha­bía pa­ra usar los ba­ños por­tá­ti­les, úni­ca for­ma de ali­viar­se en las cer­ca­nías del es­ta­dio, de mo­do que no ha­bía que ser Sher­lock Hol­mes pa­ra sa­ber que la cer­ve­za se les ha­bía he­cho bo­la. Eso sí, ellos, co­mo ca­si to­dos los (me­nos de 68.000) atlé­ti­cos que es­tre­na­ron ayer el Wanda Me­tro­po­li­tano se fue­ron con una son­ri­sa. Vi­vie­ron un día pa­ra la His­to­ria. Otra co­sa es que al­gu­nos, los que fue­ron muy pron­to, se acuer­den bien.

La tien­da del club era una de las po­cas co­sas ex­te­rio­res que ayer ya es­ta­ban ope­ra­ti­vas en el Wanda. Fue un es­treno bri­llan­te de­lan­te de las cá­ma­ras, me­nos bri­llan­te de­trás. Bri­llan­te no, bri­llan­tí­si­mo. El es­ta­dio, una vez sen­ta­do en la gra­da, es sen­ci­lla­men­te es­pec­ta­cu­lar. La luz, el mar­ca­dor que da la vuel­ta al ani­llo del es­ta­dio –Rib­bon board se lla­ma–, la acús­ti­ca, bru­tal, la am­pli­tud, in­men­sa. Al es­ta­dio, de­trás de las gra­das, le que­da mu­cho. «Si vas al ba­ño, pon­te cas­co», le ad­ver­tía un ami­go a otro, y otro más re­fun­fu­ña­ba por­que, en la tri­bu­na –lo que an­tes era La Pei­ne­ta, va­ya– só­lo ha­bía un bar abier­to y sin co­mi­da Un con­se­jo: pa­ra el sá­ba­do, con­tra el Se­vi­lla, lle­ven bo­ca­ta, que es a la ho­ra del al­muer­zo. No es al­go ines­pe­ra­do, pues ya lo ad­vir­tie­ron des­de el club, que al es­ta­dio le fal­tan unos me­ses pa­ra es­tar com­ple­ta­men­te ope­ra­ti­vo, y la hin­cha­da así lo asu­mió. A un pe­que­ño, de la mano de su pa­dre, to­do eso le im­por­ta­ba un pi­mien­to. «¡Ha­la, qué gran­de!», di­jo, y se sin­tió im­por­tan­te.

Por­que la gen­te, en ge­ne­ral, sa­lió en­can­ta­da. Es ver­dad que hu­bo mo­men­tos de ago­bio en el me­tro, que a ra­tos las es­ca­le­ras de ac­ce­so a la pla­ta­for­ma don­de es­tán las puer­tas fue­sen un su­pli­cio o que la ban­de­ra, –¡qué tre­men­da ban­de­ra una vez bien pues­ta!– se que­da­se pe­ga­da al más­til por­que no ha­cía vien­to. Por cier­to, si bien por den­tro el cam­po es una ma­ra­vi­lla, por fue­ra re­sul­ta un po­co so­so. Qui­zá si le hi­cie­ran unos graf­fi­tis, o le pu­sie­ran un pa­pel pin­ta­do, me­jo­ra­ba al­go la co­sa.

Vol­vien­do al me­tro. A sa­ber los mo­ti­vos, En­ri­que Ce­re­zo de­ci­dió sa­lir de Ama­zó­ni­co, don­de co­mió con la di­rec­ti­va del Má­la­ga, ir has­ta la es­ta­ción de Par­que de las Ave­ni­das y, a eso de las 17.00 ho­ras, co­ger la lí­nea 7 de me­tro has­ta Me­tro­po­li­tano. En el va­gón, los pri­me­ros cán­ti­cos: «El es­cu­do no se to­ca». Ro­dea­do de su guar­daes­pal­das y al­gún otro miem­bro de la di­rec­ti­va ro­ji­blan­ca, el pre­si­den­te fue vien­do có­mo a su al­re­de­dor au­men­ta­ba la ten­sión. A la sa­li­da, en las in­men­sas es­ca­le­ras que dan ac­ce­so a la nue­va ca­sa del Atlé­ti­co, in­clu­so se en­ca­ró con al­gún afi­cio­na­do. Pa­ra evi­tar ma­les ma­yo­res, fue ace­le­ran­do has­ta en­trar en la tien­da del club, ates­ta­da a es­ta ho­ra, y bus­car tran­qui­li­dad en el al­ma­cén, que bá­si­ca­men­te fue lo pri­me­ro que tu­vo a mano el buen hom­bre.

Fue­ra, la vi­da se­guía. Pa­sa­ban mu­chas co­sas. Pa­sa­ban unos hin­cha­bles a pleno ren­di­mien­to pa­ra los ni­ños, unas ba­rras que, en las ho­ras fe­li­ces (ya sa­ben, 2x1), ter­mi­na­ban sin cam­bio y ca­si sin ba­rri­les, un DJ que se ve­nía arri­ba con el «Ma­dri­dis­ta el que no bo­te es, es» y unas dis­cu­sio­nes muy sim­pá­ti­cas so­bre si la ter­ce­ra equi­pa­ción del equi­po es aho­ra ver­de o azul, o las dos co­sas. Hu­bo que te­ner pa­cien­cia en el me­tro, cier­to, pe­ro ca­si más se ne­ce­si­ta­ba en la tien­da a pri­me­ra ho­ra de la tar­de. La es­tre­lla de las ven­tas fue una ca­mi­se­ta con­me­mo­ra­ti­va del es­treno del Wanda Me­tro­po­li­tano. Bu­rro (no es un in­sul­to, es ese ca­rri­to don­de van col­ga­das mu­chas per­chas) que apa­re­cía en la tien­da, bu­rro que se que­da­ba va­cío. Eso sí, co­mo la co­la pa­ra pa­gar era pa­re­ci­da a la del Zoo en un día fes­ti­vo, mu­chos desis­tían.

A la sa­li­da, al­gu­na pa­pe­le­ra des­bor­da­da y la ma­ra­bun­ta pro­ce­den­te del me­tro en au­men­to. A las sie­te se abrie­ron las puer­tas y cuan­do fal­ta­ba más de un cuar­to de ho­ra el es­ta­dio es­ta­ba prác­ti­ca­men­te lleno. Las can­cio­nes, las de siem­pre y, cla­ro, el himno tam­bién. Un himno que di­ce que ellos se van al Man­za­na­res, al es­ta­dio Vi­cen­te Cal­de­rón. La gen­te se re­en­con­tró con sus cán­ti­cos aca­so pa­ra no sen­tir que to­do era nue­vo, que la esen­cia del vie­jo es­ta­dio se­guía en el nue­vo. Lle­gó Su Ma­jes­tad el Rey, ba­ja­ron los pa­ra­cai­dis­tas, un clá­si­co, y sa­lie­ron Gá­ra­te, To­rres y Hu­go (un chi­co de la can­te­ra) a ha­cer el sa­que de ho­nor. Pa­ra ese mo­men­to, qui­zá los dos de las es­ca­le­ras ya tu­vie­ran los ojos ce­rra­dos.

DIE­GO G. SOU­TO / POOL

Una pa­no­rá­mi­ca del es­ta­dio Wanda Me­tro­po­li­tano, pla­ga­do de ban­de­ras ro­ji­blan­cas, du­ran­te la ce­re­mo­nia de inau­gu­ra­ción de ayer.

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