Un Fe­li­pe VI que no co­no­cía­mos

El Mundo - - ESPAÑA - LU­CÍA MÉN­DEZ

«El Rey no se apar­tó del men­sa­je del Go­bierno; le dio lus­tre y so­lem­ni­dad»

FE­LI­PE VI se vis­tió ayer de je­fe del Estado y con­fir­mó con su gra­ve sem­blan­te que es­ta­mos an­te la más des­co­mu­nal crisis de Estado de las úl­ti­mas dé­ca­das. El ro­pa­je de je­fe del Estado no es el mis­mo que el de Rey. Como Rey, Fe­li­pe VI pue­de mos­trar­se em­pá­ti­co y ca­ri­ño­so. Como je­fe del Estado tie­ne la obli­ga­ción de en­car­nar la Ley.

Nun­ca ha­bía­mos vis­to al Rey con ros­tro tan se­rio, con ges­to tan fir­me y con ade­ma­nes que re­mar­ca­ban –me­dian­te el len­gua­je de las ma­nos– su con­di­ción de ga­ran­te de la uni­dad y per­ma­nen­cia de la Na­ción es­pa­ño­la. Pue­de de­cir­se que el Fe­li­pe VI que apa­re­ció a las 21.00 en las pan­ta­llas de te­le­vi­sión fue un Fe­li­pe VI des­co­no­ci­do. Es­ta­mos acos­tum­bra­dos a ver­le en au­dien­cias y actos ofi­cia­les en los que –ló­gi­ca­men­te– tra­ta de agra­dar a to­dos. Por lo ge­ne­ral, el Rey siem­pre sa­le son­rien­te y con ges­to re­la­ja­do. Sus dis­cur­sos de No­che­bue­na han in­ten­ta­do asi­mis­mo te­ner un con­te­ni­do en­tra­ña­ble como in­di­ca el tó­pi­co de las fies­tas. Es­ta vez, sin em­bar­go, Fe­li­pe VI era dis­tin­to, ta­la­dra­ba sus con­tun­den­tes fra­ses de de­nun­cia contra las au­to­ri­da­des ca­ta­la­nas con la mi­ra­da fir­me y con la se­rie­dad de es­tar sen­ta­do en la me­sa del des­pa­cho de je­fe del Estado. La re­be­lión ca­ta­la­na ame­na­za se­ria­men­te la su­per­vi­ven­cia del Estado tal y como se con­fi­gu­ró en la Tran­si­ción. Por eso era bas­tan­te ra­ro que el je­fe del Estado se hi­cie­ra es­pe­rar tan­to. Tar­dó en apa­re­cer, pe­ro lo hi­zo por to­do lo al­to en cuan­to al tono y a la se­ve­ri­dad.

Ca­be su­po­ner que el Rey ha asis­ti­do a los alar­man­tes acon­te­ci­mien­tos de los úl­ti­mos días en las ca­lles de Ca­ta­lu­ña sin des­pe­gar­se del te­lé­fono y de la te­le­vi­sión. La re­be­lión ca­ta­la­na tam­bién va di­ri­gi­da contra él. Lo pu­do com­pro­bar en la ma­ni­fes­ta­ción tras los aten­ta­dos es­cu­chan­do gri­tos de: «Fue­ra el Bor­bón». Que es lo mis­mo que le gri­ta­ban a su bi­sa­bue­lo.

Fe­li­pe VI pu­so fir­mes a las au­to­ri­da­des ca­ta­la­nas que se han si­tua­do fue­ra de la le­ga­li­dad cons­ti­tu­cio­nal y es­ta­tu­ta­ria con du­rí­si­mos ca­li­fi­ca­ti­vos. Y ejer­ció como he­ral­do de las tras­cen­den­ta­les me­di­das que se­gu­ra­men­te se to­ma­rán pa­ra res­ta­ble­cer la au­to­ri­dad del Estado en Ca­ta­lu­ña. Una au­to­ri­dad que ha que­da­do pe­li­gro­sa­men­te mer­ma­da des­pués del 1-O. El Estado no lo­gró im­pe­dir la con­sul­ta ile­gal y las car­gas po­li­cia­les or­de­na­das por el Go­bierno han in­cen­dia­do los áni­mos de los ca­ta­la­nes, de los independentistas, pe­ro tam­bién de los que no lo son.

El Rey no só­lo no se apar­tó ni un mi­lí­me­tro del dis­cur­so ofi­cial del Go­bierno, sino que le dio lus­tre y so­lem­ni­dad. Su men­sa­je fue un chu­te de en­tu­sias­mo pa­ra los mo­nár­qui­cos, un res­pi­ro pa­ra mu­chos de los es­pa­ño­les que han pues­to la ban­de­ra en el bal­cón de ca­sa mi­ran­do a la ca­lle, un «ya era ho­ra» pa­ra los más irri­ta­dos con la de­ri­va del desafío in­de­pen­den­tis­ta y un ali­vio pa­ra los que du­da­ban de que el Estado fue­ra ca­paz de to­mar de­ci­sio­nes ex­tre­mas en de­fen­sa de la Na­ción es­pa­ño­la.

Los mo­nár­qui­cos tie­nen hoy al Rey que se­gu­ra­men­te es­ta­ban es­pe­ran­do como agua de ma­yo des­de que ab­di­có aquel que dis­fru­ta­ba me­tien­do las ma­nos has­ta el fon­do de la po­lí­ti­ca. Has­ta aho­ra, Fe­li­pe VI ha­bía hui­do de los con­flic­tos y de las po­lé­mi­cas, de las pa­la­bras comprometidas. A par­tir de ayer, na­die po­drá de­cir que el Rey no se mo­ja por­que su dis­cur­so fue un au­tén­ti­co cha­pa­rrón real.

La cues­tión es si el je­fe del Estado dio sa­tis­fac­ción ayer a to­dos los es­pa­ño­les, o só­lo a una par­te. La reac­ción de los par­ti­dos si­tua­dos en el ám­bi­to de la iz­quier­da in­di­ca que a ellos no les gus­tó. Fue Pa­blo Igle­sias el opo­si­tor más cla­ro. El PSOE se que­dó ca­si mu­do so­bre la in­ter­ven­ción del Rey, con la ex­cep­ción del PSC, que lo cri­ti­có. En los pró­xi­mos días, los so­cia­lis­tas ten­drán que to­mar una de­ci­sión que no se­rá fá­cil.

«Y al con­jun­to de los es­pa­ño­les, que vi­ven con desa­so­sie­go y tris­te­za es­tos acon­te­ci­mien­tos, les trans­mi­to un men­sa­je de tran­qui­li­dad, de con­fian­za y, tam­bién, de es­pe­ran­za», di­jo el Rey. No sé. Fe­li­pe VI es un hom­bre res­pe­ta­do y pru­den­te. Pe­ro lo de ver la si­tua­ción con es­pe­ran­za nos re­sul­ta fran­ca­men­te di­fí­cil, por no de­cir im­po­si­ble. Ni pa­ra el Rey ni pa­ra na­die el fu­tu­ro se­rá lo que ten­dría que ser.

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