AN­TO­NIO CA­BRE­RA «LA POE­SÍA ME HA SAL­VA­DO LA VIDA»

Sie­te me­ses en el hos­pi­tal, en­tre Va­len­cia y To­le­do, no han mi­na­do el vi­ta­lis­mo es­toi­co de An­to­nio Ca­bre­ra. Su día a día es una lu­cha por apren­der a vi­vir de nue­vo, por acep­tar la te­tra­ple­jia y por man­te­ner en al­to su pa­sión por la poe­sía «TEN­GO UN AMOR P

El Mundo - - PORTADA - AN­TO­NIO LU­CAS TO­LE­DO

El poe­ta su­frió una caí­da ha­ce sie­te me­ses que le de­jó te­tra­plé­ji­co. Ahora apren­de a vi­vir en la in­mo­vi­li­dad en el Host­pi­tal de Pa­ra­ple­ji­cos de To­le­do. Pu­bli­ca­mos el pri­mer poe­ma que ha es­cri­to tras el ac­ci­den­te: Mé­du­la.

La tar­de sua­ve, el sol aún des­lum­bra, el cie­lo es­tá lim­pio, el vien­to no exis­te. Na­da es lo que pa­re­ce. Ca­be un si­len­cio den­so en es­tas afue­ras don­de ca­si no hay na­die. Na­die a la vis­ta. A la en­tra­da del edi­fi­cio, unos hom­bres en si­lla de rue­das ha­blan, ríen, ca­llan. Otros fu­man. Una mu­jer lee un li­bro gor­do, sen­ta­da tam­bién en su ar­te­fac­to, aje­na al gru­po, con la luz res­ba­lan­do por las pier­nas quie­tas. La vida dis­cu­rre con apa­ren­te nor­ma­li­dad den­tro de la ano­ma­lía. El hall de en­tra­da al Hos­pi­tal de Pa­ra­plé­ji­cos de To­le­do es de una en­ver­ga­du­ra in­ti­mi­dan­te. Aquí to­do es am­plio: los pa­si­llos, las ram­pas, las ba­ran­das, la cla­ri­dad, el si­len­cio. Un espacio he­cho de va­rios mó­du­los co­nec­ta­dos con ge­ne­ro­sos ven­ta­na­les a los cam­pos de ce­real, al agro, a las tie­rras de la­bran­za de La Man­cha se­ca. Por den­tro, un la­be­rin­to de pul­cri­tud mo­der­na. De gen­te sen­ta­da. Tum­ba­da. Ma­ne­jan­do si­llas mo­vi­das desde un joys­tick de mano o de men­tón. A otros los em­pu­jan au­xi­lia­res, en­fer­me­ras, ce­la­do­res, fa­mi­lia­res. Ape­nas sue­na na­da. Ape­nas una voz al fon­do de un pa­si­llo don­de acam­pan mil des­gra­cias.

En una ca­ma ar­ti­cu­la­da es­tá el poe­ta An­to­nio Ca­bre­ra. Ter­ce­ra Plan­ta. In­gre­só en el mes de ju­lio. Ya res­pi­ra sin ayuda.

–Pa­sa, pa­sa. En unos mi­nu­tos ven­drán a le­van­tar­me y me sen­ta­rán en la si­lla. Ire­mos a un lu­gar tran­qui­lo pa­ra poder ha­blar.

An­to­nio Ca­bre­ra mi­ra al te­cho. Un te­cho blan­co. In­men­so de blan­co. Tie­ne en­fren­te una pan­ta­lla de te­le­vi­sión con su ja­leo de so­bre­me­sa. Pe­ro él fi­ja los ojos en el te­cho. Es co­mo su des­pen­sa de ideas. Su des­ván de sue­ños. De des­ve­los. De pro­pó­si­tos que es­pe­ran. Los ojos de An­to­nio Ca­bre­ra, gran­des, vi­vos, se­rios, hon­dos. Cre­ci­dos por el cris­tal de las ga­fas de au­men­to. Tie­ne el pe­lo al­go más blan­co. La na­riz de siempre, co­mo de pi­co de quet­zal (ese ave má­gi­ca). La bo­ca fi­na con la que di­bu­ja son­ri­sas rec­tas, de una iro­nía in­te­li­gen­te. An­to­nio Ca­bre­ra es un poe­ta quí­mi­ca­men­te pu­ro que lle­gó tar­de a pu­bli­car y se hi­zo si­tio pronto en el pai­sa­je de las le­tras con un li­bro pri­me­ro: La es­ta­ción per­pe­tua (2000), con el que ga­nó el Premio Loe­we y el Na­cio­nal de la Crí­ti­ca. Ya te­nía 41 años. Ya vi­vía en la Vall de Uxó (Cas­te­llón). Ya da­ba cla­ses de Fi­lo­so­fía en un ins­ti­tu­to de se­cun­da­ria. An­to­nio Ca­bre­ra es un ga­di­tano de Me­di­na Si­do­nia, año de 1958, tras­plan­ta­do a Va­len­cia.

– Em­pu­ja la si­lla, por fa­vor, que va­mos a una sa­la más tran­qui­la... Tie­nes que qui­tar los to­pes de las rue­das, de otro mo­do no lle­ga­re­mos... A mí la me­mo­ria no me ha fa­lla­do en es­te tiem­po. Ten­go la ca­be­za igual que an­tes. Lo re­cuer­do to­do. To­do. Con­ser­vo con ni­ti­dez có­mo ocu­rrió. Y no me ator­men­ta re­pa­sar el mo­men­to de la caí­da, aun­que ca­si no pien­so en ello.

Ocu­rrió es­to: An­to­nio Ca­bre­ra que­dó a co­mer con otros ami­gos poe­tas el pa­sa­do 1 de ma­yo en Se­rra, un pue­blo de Va­len­cia. Co­ci­na­ron fi­deuá. Iban a disfrutar del día. Y lo es­ta­ban ha­cien­do. En la so­bre­me­sa, An­to­nio se le­van­tó pa­ra dar

unas pa­ta­das al ba­lón con el hijo pe­que­ño de uno de los ami­gos. Tro­pe­zó. Ca­yó y se gol­peó con­tra el sue­lo de la peor ma­ne­ra. Que­dó in­mó­vil. Avi­sa­ron al SAMUR. Lle­va­ba alo­ja­da una le­sión en­tre la ter­ce­ra y la cuar­ta vér­te­bra, muy gra­ve. Aún na­die sos­pe­cha­ba que aque­llo se iba a lla­mar te­tra­ple­jia.

– La mía es de las que de­no­mi­nan «le­sión com­ple­ta». Soy te­tra­plé­ji­co, sí. No mue­vo ni un de­do. Só­lo un po­co los hom­bros. Aun­que mi pro­pó­si­to es lle­gar a mo­ver al­go una mano pa­ra des­pla­zar­me con una si­lla de rue­das eléc­tri­ca. Cuan­do sal­ga del hos­pi­tal ne­ce­si­to se­guir acu­dien­do a los ac­tos li­te­ra­rios. A la ópe­ra. Al ci­ne. No pien­so renunciar.

Pa­só los pri­me­ros días en la UCI del Hos­pi­tal de la Fe en Va­len­cia, con res­pi­ra­ción asis­ti­da. Tam­po­co po­día ha­blar. Lue­go es­tu­vo en plan­ta otros dos me­ses más has­ta lle­gar aquí, a To­le­do. An­to­nio Ca­bre­ra tie­ne cer­ca de la ca­ma el ma­nus­cri­to im­pre­so de un pró­xi­mo li­bro de afo­ris­mos, Gra­cias,

dis­tan­cia, que pu­bli­ca­rá Cua­der­nos del Vi­gía. Lo te­nía ya ar­ma­do an­tes de to­do es­to. Tam­bién aso­man al­gu­nos vo­lú­me­nes de otros au­to­res con los que se ha he­cho la pe­que­ña bi­blio­te­ca que da a la ha­bi­ta­ción blan­quí­si­ma una mí­ni­ma bra­sa de ho­gar. Sue­le leer­le su mu­jer, Ade­li­na. Ella tam­bién ano­ta los ver­sos que le vie­nen. Pen­sa­mien­tos suel­tos. Por­que es­te poe­ta ha­bi­ta ahora más vi­vo en la poe­sía, sin poder es­cri­bir­la. Ni su­je­tar un li­bro. Ni to­car un fo­lio.

– Mi poe­sía, que has­ta ahora fue de ex­te­rio­ri­dad y es­ca­sa pre­sen­cia del yo, cam­bia­rá en al­gún sen­ti­do que aún des­co­noz­co. Qui­zá se en­ca­mi­ne ha­cia al­go más ín­ti­mo. No só­lo por la si­tua­ción en la que es­toy, sino por­que la in­mo­vi­li­dad me li­mi­ta (en­tre tan­tas co­sas) las sa­li­das a la na­tu­ra­le­za, esos pa­seos por el cam­po que han si­do par­te esen­cial de mi ser li­te­ra­rio. Ahora me ali­via ver el pai­sa­je, pe­ro vi­vir­lo co­mo an­tes se aca­bó pa­ra mí. Aun­que tam­bién sé que mi lar­ga ex­pe­rien­cia vi­tal tan vin­cu­la­da a la na­tu­ra­le­za no des­apa­re­ce­rá ja­más. Es al­go mío e irre­me­dia­ble.

Du­ran­te más de 20 años, es­te hom­bre de­jó de es­cri­bir poe­mas. (No de leer). Pre­fi­rió la or­ni­to­lo­gía, ob­ser­var las aves, ani­llar cien­tí­fi­ca­men­te a cien­tos de ejem­pla­res. Ha­bla­ba de fi­ló­so­fos en cla­se, de lu­nes a vier­nes; es­tu­dia­ba pá­ja­ros los fi­nes de se­ma­na.

– He pen­sa­do mu­cho en mi re­la­ción con la poe­sía en es­tos me­ses, pe­ro el mo­men­to de más in­ten­si­dad de esas re­fle­xio­nes fue en los días de la UCI en la Fe de Va­len­cia. La poe­sía fue un con­sue­lo gran­de en esos días en que tan mal lo pa­sé... Y lo si­gue sien­do ahora, aun­que no es­té su­frien­do. Sé que ten­dré que es­cri­bir de un mo­do que se­rá nue­vo pa­ra mí. Yo te­nía mi ri­tual: es­cri­bía a mano, pa­sa­ba la primera ver­sión del poe­ma a or­de­na­dor y co­rre­gía so­bre la co­pia im­pre­sa. Con esa len­ti­tud iba dán­do­me cuen­ta de ca­da ver­so, de los acier­tos, de los erro­res. Y ahora, pues ya ves. Es­toy apren­dien­do a ma­ne­jar el or­de­na­dor di­rec­ta­men­te en una pan­ta­lla con la pun­ta de la na­riz. Tam­bién pue­do dic­tar­le a la má­qui­na, que re­co­ge mi voz y la tra­du­ce a pa­la­bras con asom­bro­sa fi­de­li­dad. Y si no, se lo dic­to a mi mu­jer... To­do eso me da es­pe­ran­za de es­cri­tu­ra.

Al­gu­nos pro­yec­tos le ocu­pan las ho­ras que le de­ja li­bre la reha­bi­li­ta­ción. Quie­re es­cri­bir unas odas ele­men­ta­les co­mo ya hi­cie­ra Ne­ru­da, pe­ro con las gen­tes y los ob­je­tos que aquí le fa­ci­li­tan la vida.

«CUAN­DO MÁS IN­TEN­SA­MEN­TE PEN­SÉ EN LA POE­SÍA FUE EN LA UCI DEL HOS­PI­TAL»

–Una oda al ter­mó­me­tro lá­ser, al go­te­ro, al ma­ra­vi­llo­so equi­po de mé­di­cos, en­fer­me­ras, au­xi­lia­res, ce­la­do­res; tam­bién una oda al te­cho. A ese te­cho que tan­tas ve­ces me ha so­por­ta­do mi­rar­lo fi­ja­men­te. Los dos pri­me­ros me­ses tras la caí­da es­tu­ve tum­ba­do y só­lo mi­ra­ba arri­ba. Na­da más. Es­ta­ble­cí con el te­cho un víncu­lo de fra­ter­ni­dad. Co­no­cía ca­da una de sus pe­que­ñas man­chas. Y me ayu­da­ba a pen­sar. Mi hija me ha­bla­ba y yo mi­ra­ba al te­cho. Mi mu­jer y mi hijo me ha­bla­ban y mi­ra­ba al te­cho... Nun­ca lo odié.

–¿No tie­ne ren­cor a na­da des­pués de que­dar in­mó­vil?

–No. Y no he te­ni­do sen­sa­ción de ra­bia ha­cia na­da ni na­die. Tam­po­co odio es­ta si­tua­ción mía. Ten­go un amor a la vida que no ha ami­no­ra­do en ab­so­lu­to. Es­toy con­for­me con la exis­ten­cia que voy a lle­var a par­tir de ahora, se­gu­ro que se­rá to­do lo ple­na que en mi nue­va cir­cuns­tan­cia pueda ser. Y no ten­go que ha­cer nin­gún es­fuer­zo pa­ra de­cir­te es­to, no es un ejer­ci­cio de va­len­tía.

– Pe­ro sí de co­ra­je. –No creo. Tam­po­co de hu­mil­dad. Sen­ci­lla­men­te me doy cuen­ta ple­na de mi si­tua­ción. Qué le voy a ha­cer. Ya su­ce­dió. No hay mar­cha atrás. En es­to, co­mo en tan­tas otras co­sas, si­go a los es­toi­cos: acep­tar lo que la vida te da.

En 2001 pu­bli­có Tie­rra en

el cie­lo. En 2004, Con el ai­re (Premio In­ter­na­cio­nal Ciu­dad de Me­li­lla). En 2010, Pie­dras al agua. Y en 2016,

Cor­te­za de abe­dul. Cin­co li­bros de poe­sía has­ta ahora. Una es­cri­tu­ra de­mo­ra­da. Re­fle­xi­va. Aten­ta. Po­seí­da por una fuerza de ob­ser­va­ción ca­paz de sa­car un hi­lo mu­si­cal del fi­lo de las ho­jas de una en­ci­na. An­to­nio Ca­bre­ra vi­ve desde ma­yo re­clui­do en el in­te­rior de su cuer­po quie­to. En­tre fi­sio­te­ra­peu­tas y te­ra­pia ocu­pa­cio­nal. Cons­cien­te de los nue­vos re­qui­si­tos y de los re­tos abru­ma­do­res por sen­ci­llos. Va ga­nan­do ca­pa­ci­dad pul­mo­nar. Ha­bla con la voz más fuer­te. «Aun­que aún que­da mu­cho por avan­zar. Mi pro­pó­si­to pri­me­ro es poder res­pi­rar me­jor». Res­pi­rar es la me­ta. Echar al fon­do de las en­tra­ñas la ener­gía que trans­por­tan los io­nes del ai­re. En eso se con­cre­ta la exis­ten­cia de es­te hom­bre. En vol­ver a ins­pi­rar co­mo an­tes, por­que el mun­do es­tá cons­ti­tui­do por una red de ac­tos ín­fi­mos que son en ver­dad el sus­ten­to de to­da ener­gía.

Sa­be que al de­jar el Hos­pi­tal de Pa­ra­plé­ji­cos de To­le­do se­rá co­mo em­pe­zar de nue­vo. Ne­ce­si­ta una ca­sa adap­ta­da. Re­cla­ma ciu­da­des adap­ta­das, lo­ca­les adap­ta­dos. Se ha pues­to al día de sus nue­vos re­tos co­ti­dia­nos. Tam­bién sa­be lo que es As­paym (Aso­cia­ción de Pa­ra­plé­ji­cos y Per­so­nas con Gran Dis­ca­pa­ci­dad Fí­si­ca). «Aquí nos en­se­ñan a reivin­di­car nues­tros de­re­chos, a ha­cer­nos vi­si­bles». An­to­nio Ca­bre­ra apren­de otra for­ma de ha­bi­tar el mun­do. Y lo ha­ce con aplo­mo. Man­tie­ne en al­to un vi­ta­lis­mo que no ha mos­tra­do de­ma­sia­das grie­tas. Es una lec­ción ex­tra­or­di­na­ria. «Hay mu­chas co­sas aún de las que reír­se. Aquí, en oca­sio­nes, son­río. Me con­sue­lo sa­bien­do que a mi edad he vi­vi­do mu­cho y bien. He te­ni­do suer­te con mi mu­jer, con mis hi­jos, con mis ami­gos, con mi poe­sía. Ahora me to­ca es­to, pe­ro go­zo del ca­lor de mu­cha gen­te». Su voz es­tá di­ri­gi­da por su ce­re­bro co­mo no lo es­tá su anato­mía. Y es exac­ta. Y es cá­li­da. Y es una lec­ción que vie­ne co­mo res­guar­da­da por una me­lo­día ele­men­tal de hom­bre sa­bio.

Al­gu­nos fi­nes de se­ma­na sa­le del hos­pi­tal y ob­ser­va el cam­po de To­le­do. Ve pa­sar aves fu­ga­ces. Pue­de se­guir­las con la mi­ra­da. Las iden­ti­fi­ca a ca­si to­das, igual una tor­caz que una co­llal­ba. Su mi­ra­da es al­ta­men­te sen­si­ti­va. Ca­si una re­afir­ma­ción moral de su co­ne­xión con el mun­do, con lo otro. Los pá­ja­ros se dis­per­san en su poe­sía. «Y no exac­ta­men­te co­mo un sím­bo­lo, sino que me in­tere­san co­mo una reali­dad». An­to­nio Ca­bre­ra es es­to que di­ce en su poe­ma Gra­na­do en flor:«Vi­ve pa­ra la pul­cri­tud y la entereza,/ pe­ro no bus­ca alec­cio­nar. Por eso/ ni si­quie­ra es al­ti­vo por

hu­mil­de./ No se re­tuer­ce en sub­ter­fu­gio al­guno».

–En es­tos me­ses no he pen­sa­do mu­cho so­bre el do­lor o la muerte. No he pa­de­ci­do un do­lor in­so­por­ta­ble y só­lo tu­ve unos días en que el desáni­mo lo ocu­pó to­do. Es­ta­ba aún in­gre­sa­do en Va­len­cia y el con­sue­lo de aca­bar se me apa­re­ció co­mo una sa­li­da. Qui­se de­jar­me mo­rir. Me ne­gué a co­mer, a beber, a to­mar las me­di­ci­nas... Fue un mo­men­to de ren­di­ción, pe­ro pronto pa­só. Gra­cias a mi fa­mi­lia sa­lí de ese la­be­rin­to y apar­qué el de­seo de ais­la­mien­to. Y una vez que lle­gué aquí cam­bió mi áni­mo. Yo no me due­lo, pien­so más en los jó­ve­nes in­gre­sa­dos en es­te hos­pi­tal. Mu­cha­chos de vein­ti­po­cos años, al­gu­nos in­clu­so ni­ños. Eso sí que da­ña.

Ade­li­na le lee los En­sa­yos de Mon­taig­ne. Em­pe­za­ron a re­pa­sar tam­bién el Li­bro del

desa­so­sie­go de Pes­soa, pe­ro le re­sul­tó de­ma­sia­do des­con­so­la­dor. Su hija se en­car­ga de la lec­tu­ra de tex­tos de Flan­nery O’Con­nor. Y su hijo Daniel, oboe so­lis­ta de la or­ques­ta del Tea­tro del Li­ceo, to­ca al­gu­nos ra­tos pa­ra él. Jun­tos ac­tua­ron en el jar­dín del hos­pi­tal el pa­sa­do 5 de sep­tiem­bre, Día In­ter­na­cio­nal de la Le­sión Me­du­lar. Era la primera vez que un poe­ta re­ci­ta­ba en es­te es­ce­na­rio. An­to­nio Ca­bre­ra le­yó los ocho ver­sos del poe­ma In­vo­ca­ción a la mé­du­la mien­tras su hijo lo acom­pa­ña­ba con mú­si­ca. «Son los úni­cos ver­sos que he dic­ta­do desde la caí­da.

Aún hay que re­vi­sar­los, pe­ro quie­ro pen­sar que emo­cio­na­ron a quie­nes los es­cu­cha­ron aquel día. Na­cen de una va­ria­ción de otro ver­so de Que­ve­do, mé­du­las que han glo­rio­sa­men­te

ar­di­do». Y si tu­vie­se que ele­gir un so­lo dios ver­da­de­ro és­te se­ría Bob Dy­lan, por el que pro­fe­sa una de­vo­ción ca­si fa­ná­ti­ca. «Soy de los que me pa­re­ció más que jus­ta la con­ce­sión del Nobel».

Suel­ta eso y se le di­bu­ja la son­ri­sa rec­ta, len­ta, pla­cen­te­ra, en el ros­tro afi­la­do. La iro­nía es el vér­ti­ce de la eu­fo­ria de los se­res in­te­li­gen­tes. Y An­to­nio Ca­bre­ra lo es. Tam­po­co ha per­di­do la cu­rio­si­dad por lo que su­ce­de afue­ra. Y si­gue man­te­nien­do el en­tu­sias­mo por la po­lí­ti­ca, co­mo an­tes. «Per­ma­ne­cer in­mó­vil en el hos­pi­tal no me exi­me de es­tar aten­to. Desde jo­ven he mi­li­ta­do. Pri­me­ro en cé­lu­las de iz­quier­da clan­des­ti­nas y, ya en de­mo­cra­cia, sin mi­li­tan­cia pe­ro con com­pro­mi­so. Siempre he es­ta­do en la iz­quier­da con cier­ta vo­lun­tad li­ber­ta­ria. Ahora veo La Sex­ta pa­ra se­guir pun­tual­men­te lo que su­ce­de en Ca­ta­lu­ña. Es un te­ma sen­si­ble que ne­ce­si­ta aún ser pen­sa­do».

Ade­más de las odas tie­ne ape­ti­to de otro li­bro que aún lle­va un tí­tu­lo pro­vi­sio­nal: La

in­mo­vi­li­dad. Otro pro­yec­to en el que echar­se a en­re­dar cuan­to an­tes. «Es­tar in­mó­vil es al­go de­fi­ni­ti­vo pa­ra mí. A eso ya no le doy vuel­tas». Lo di­ce con la se­re­ni­dad del que acep­ta que ha si­do ex­pul­sa­do del mi­la­gro. El de mo­ver­se. El de es­co­ger un bolígrafo, sen­tar­se a la me­sa, do­blar un pa­pel, es­cri­bir unos ver­sos con el can­to len­to del pu­ño ro­zan­do el fo­lio. «A mí la poe­sía me ha sal­va­do la vida. Des­pués de to­do, he re­co­no­ci­do en ella otra di­men­sión. Ahora es­toy más ilu­sio­na­do in­clu­so, pues gran par­te de mi tiem­po fu­tu­ro lo po­dré de­di­car a leer y a es­cri­bir. An­tes no era así, de­bía aten­der obli­ga­cio­nes te­dio­sas co­mo co­rre­gir exá­me­nes o ha­cer in­for­mes. Así que, fí­ja­te, al­go fa­vo­ra­ble hay». La iro­nía de An­to­nio Ca­bre­ra des­ar­ma.

Cae la luz. El poe­ta echa los ojos al cam­po por los ven­ta­na­les. Sa­be que la evi­den­cia de la Na­tu­ra­le­za es el prin­ci­pio de la emo­ción. La mi­ra­da se de­tie­ne ahora en lo pe­que­ño del pai­sa­je, que es lo uni­ver­sal de su es­cri­tu­ra. Es un poe­ta que pien­sa y que sien­te con al­go de in­só­li­to. Sus ver­sos son más un acer­ca­mien­to a las co­sas que una po­se­sión. An­tes de dis­pen­sar res­pues­tas apun­tan in­cóg­ni­tas. «¿Có­mo pa­san al poe­ma las co­sas que su­ce­den?/ ¿Qué ocu­rre/ des­pués de la poe­sía/ en el pino, en el huer­to o en las ro­sas?». Afue­ra se des­di­bu­ja la tar­de y el sol ya no des­lum­bra. A la ho­ra de mar­char apoyo una mano en su mano, de des­pe­di­da. Que­da mi­ran­do el es­pec­tácu­lo se­reno que hay más allá de la cris­ta­le­ra, am­plian­do qui­zá la nostalgia de sí mis­mo. En el ros­tro una son­ri­sa tran­qui­la. Rec­ta. Sua­ve. Co­mo de hier­ba re­cién se­ga­da.

«YO NO ME DUE­LO. PIEN­SO MÁS EN LOS JÓ­VE­NES QUE ES­TÁN AQUÍ. ESO SÍ QUE DA­ÑA»

Ma­nus­cri­to del poe­ma ‘In­vo­ca­ción a la mé­du­la’, que An­to­nio Ca­bre­ra dic­tó a Ade­li­na, su mu­jer.

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