«ME ACOJONA LA RE­VO­LU­CIÓN DE SE­ÑO­RI­TOS, NO EN­TIEN­DO UNA IZ­QUIER­DA IN­DE­PEN­DEN­TIS­TA» «LOS ES­PA­ÑO­LES DE LA CON­QUIS­TA Y LOS DE AHO­RA NOS PA­RE­CE­MOS EN LA IN­CUL­TU­RA»

Agus­tín Díaz Ya­nes y Ar­tu­ro Pé­rez-Reverte. EL MUN­DO con­ver­sa con el ci­neas­ta y el es­cri­tor. Los dos vuelven a tra­ba­jar jun­tos en una his­to­ria en­tre la fas­ci­na­ción y el ho­rror so­bre la Con­quis­ta de Amé­ri­ca. «Los es­pa­ño­les nos lle­va­mos mal, pe­ro nos uni­mos

El Mundo - - PORTADA - POR LUIS MAR­TÍ­NEZ

‘‘ES­PA­ÑA SA­BE ODIAR MUY BIEN’’

Agus­tín Díaz Ya­nes y Ar­tu­ro Pé­rez-Reverte com­par­ten al­go más que un mo­do de ver y ama­sar el mun­do. Los dos es­con­den un ape­lli­do so­no­ro y al­go se­ño­rial de­trás de un pa­tro­ní­mi­co con de­je in­ter­den­tal y ai­re ple­be­yo; los dos dis­fru­tan per­di­dos en los rin­co­nes de la His­to­ria con la ha­che bien al­ta; los dos me­re­cen ser hi­jos de to­re­ros (el pri­me­ro has­ta se atre­ve a ser­lo), y a los dos –ca­da uno a su ma­ne­ra, eso sí– les gus­ta per­der­se en las sel­vas, siem­pre tu­pi­das, de sus que­ren­cias. Qui­zá ob­se­sio­nes. Sue­na to­do tre­men­do y, la ver­dad, una vez vis­ta Oro, la úl­ti­ma pe­lí­cu­la que les ha uni­do y que se es­tre­na es­te vier­nes, lo es. Uno di­ri­ge pe­lí­cu­las y le gus­ta sal­pi­car la con­ver­sa­ción con ci­tas del his­to­ria­dor Fer­nand Brau­del, pla­nos de pe­lí­cu­las de Ro­bert Al­drich y, si se le pre­sio­na un po­co, aca­ba por con­fe­sar lo úni­co que de ver­dad le im­por­ta: John Ford. El otro es es­cri­tor y cuan­do ha­bla, dic­ta. Lo mis­mo des­en­tie­rra un li­bro ol­vi­da­do de Ra­fael Gar­cía Se­rrano, que exi­ge una ex­pli­ca­ción ur­gen­te al que pre­gun­ta, que re­ga­la una ci­ta de su abue­lo. Ar­tu­ri­to, le lla­ma­ba.

De­cía­mos que les une Oro (an­tes lo hi­zo Ala­tris­te), que no es más que una pe­lí­cu­la del pri­me­ro ba­sa­da so­bre un tex­to inédito del se­gun­do (¿o era el re­vés?); Oro, in­sis­ti­mos, que no es más que una his­to­ria per­di­da en la sel­va ama­zó­ni­ca del si­glo XVI, cuan­do los hom­bres, los es­pa­ño­les de nom­bre Pé­rez y Díaz para ser más pre­ci­sos, se ima­gi­na­ron gi­gan­tes. «Mi idea cuan­do es­cri­bí el re­la­to», co­mien­za Reverte, «era con­tar por qué ocu­rrió lo que ocu­rrió, quié­nes eran esos ti­pos que hi­cie­ron lo que hi­cie­ron en Amé­ri­ca. Era gen­te du­ra de una tie­rra du­ra, desesperada, sin na­da que per­der y to­do por ga­nar. El Nue­vo Mun­do era la opor­tu­ni­dad de ir­se le­jos con las ma­nos va­cías y vol­ver con­ver­ti­dos en hi­dal­gos a una na­ción que les ha­bía mal­tra­ta­do du­ran­te si­glos. Van con to­do lo que tie­nen: con su cruel­dad, con su va­len­tía, con su bru­ta­li­dad… Per­si­guen una am­bi­ción y sin pre­ten­der­lo crean un mun­do nue­vo».

Ya­nes no le co­rri­ge. Al re­vés, le do­bla la apues­ta. «Aque­llo», se re­fie­re en ge­ne­ral a lo que el tiem­po y los li­bros de His­to­ria han da­do en lla­mar Con­quis­ta, «fue una mez­cla de to­do. Hu­bo cruel­dad y ge­ne­ro­si­dad. Fue un epi­so­dio de nues­tro pa­sa­do tan fas­ci­nan­te co­mo ho­rro­ro­so, tan épi­co co­mo cruel». Y al lle­gar aquí se para, re­fle­xio­na y si­gue: «Pe­ro es muy com­pli­ca­do pre­ten­der asi­mi­lar el pa­sa­do des­de el pre­sen­te. La vi­da del si­glo XVI en al­gu­nas co­sas era muy pa­re­ci­da a la nues­tra, pe­ro en otras no te­nía na­da que ver. Pien­so, por ejem­plo, en el con­cep­to de la vi­da y de la muerte… Al­go que nos pue­de pa­re­cer ex­tre­ma­da­men­te cruel a no­so­tros, a aque­lla gen­te le im­por­ta­ba una hi­ga. Se ma­ta­ban ca­ra a ca­ra. El afán de su­per­vi­vien­cia lo pre­si­día to­do. To­do era in­cier­to. Hay que pen­sar que la vi­da era muy cor­ta, que una per­so­na con 30 años era ya un vie­jo».

¿Por qué un ca­pí­tu­lo co­mo ése, tan des­pro­por­cio­na­do en ca­da uno de sus ges­tos, ha si­do tan po­co aten­di­do tan­to en el ci­ne co­mo en la pro­pia li­te­ra­tu­ra? Ya­nes ci­ta, por aque­llo de la distinción tal vez, a Gil de Bied­ma («De to­das las his­to­rias de la His­to­ria/ la más tris­te sin du­da es la de Es­pa­ña/ por­que ter­mi­na mal…») y dic­ta­mi­na: «Te­ne­mos mu­chos pro­ble­mas en acep­tar nues­tra his­to­ria por­que ha si­do y es muy con­vul­sa siem­pre… Ade­más, hay una apa­tía muy es­pa­ño­la que nun­ca he com­pren­di­do. En ma­nos de los bri­tá­ni­cos o los pro­pios fran­ce­ses, tan da­dos a ima­gi­nar­se su pro­pia his­to­ria, la Con­quis­ta ha­bría da­do para un nue­vo wes­tern». Reverte admite que, pe­se al si­len­cio ge­ne­ral y la fal­ta de no­to­rie­dad, sí que hay obras no­ta­bles. Hay po­co es­cri­to, pe­ro, co­mo ca­si siem­pre, hay me­nos leí­do. Y ci­ta Cuan­do los dio­ses na­cie­ron en Ex­tre­ma­du­ra, de Ra­fael Gar­cía Se­rrano. «Que era un es­cri­tor fa­lan­gis­ta», pun­tua­li­za co­mo apun­tan­do el mo­ti­vo del ol­vi­do. Men­cio­na eso y has­ta le pa­re­ce im­per­do­na­ble ob­viar His­to­ria ver­da­de­ra de la con­quis­ta de la Nue­va Es­pa­ña, de Ber­nal Díaz del Cas­ti­llo. Y ya pues­tos, có­mo ol­vi­dar Ojos azu­les, del pro­pio Reverte.

Pe­ro to­do lo ci­ta­do, pe­se a su bri­llan­tez y em­pe­ño, no son más que ex­cep­cio­nes, ra­re­zas que no ha­cen otra co­sa que po­ner en evi­den­cia el pé­si­mo en­ten­di­mien­to, el mal con­for­mar de los es­pa­ño­les con su pa­sa­do. Qui­zá la cul­pa de la in­com­pren­sión o, me­jor, de la ma­la com­pren­sión de aque­llo, es­té más cer­ca y sea más evi­den­te. «Hay un pro­ble­ma» –el que ha­bla aho­ra es Reverte– «y es que el fran­quis­mo se apo­de­ró de la Con­quis­ta de Amé­ri­ca y la con­vir­tió en ex­clu­si­va­men­te una ges­ta épi­ca ol­vi­dan­do la par­te os­cu­ra». «Sí», la ré­pli­ca es del otro, del ci­neas­ta, «to­do lo que hi­zo el fran­quis­mo fue ma­lo. No hay na­da bueno. Lo que hi­zo con res­pec­to a la apro­pia­ción de la his­to­ria de Es­pa­ña y a su sub­ver­sión fue tam­bién ma­lo: se li­mi­tó a lle­var el pa­sa­do al pre­sen­te sin nin­gún ce­da­zo. Y eso creó un re­cha­zo, una im­po­si­bi­li­dad de en­ten­der aque­llo en sus jus­tos tér­mi­nos».

Oro, para si­tuar­nos, tra­ta de la sel­va, de eso y del cho­que de dos mun­dos: el Nue­vo y el Vie­jo. Un gru­po de hom­bres par­te ca­mino de una ciudad cons­trui­da pre­ci­sa­men­te con el ma­te­rial que da for­ma a los sue­ños. A cual­quie­ra de ellos. Cuan­do par­tan los de­ses­pe­ra­dos (en­tre ellos an­da­lu­ces, ex­tre­me­ños, cas­te­lla­nos, na­va­rros y has­ta al­gún que otro ara­go­nés), pron­to se darán cuenta de que es­tán so­los. En el más ra­di­cal de los sen­ti­dos. Se odian, la na­tu­ra­le­za de la sel­va les de­vo­ra y el nue­vo vi­rrey los

DÍAZ YA­NES: «LA RE­VO­LU­CIÓN DE SE­ÑO­RI­TOS [SO­BRE CA­TA­LU­ÑA] ME ACOJONA. SE­PA­RAR­SE PARA SER MÁS RI­CO... LO EN­TIEN­DO»

quie­re muer­tos. Apu­ran­do, se po­dría ver has­ta una bo­ni­ta me­tá­fo­ra de la mis­ma Es­pa­ña siem­pre ex­tra­via­da, siem­pre ham­brien­ta de su pro­pia in­qui­na. ¿Por qué no?

¿Tie­nen al­go que ver los es­pa­ño­les de en­ton­ces con los de aho­ra? «Ima­gino que al­go nos une», con­tes­ta Ya­nes. «Co­mo de­cía Brau­del, es­ta­mos equi­vo­ca­dos al pen­sar en la His­to­ria de tiem­pos cor­tos. Las men­ta­li­da­des de los pue­blos, para bien o para mal, se man­tie­nen a lo lar­go de los si­glos y si­gue ha­bien­do al­go en eso de que a la ho­ra de com­ba­tir he­mos si­do muy du­ros. So­mos pe­que­ños, po­bres, pe­ro muy du­ros. Ade­más, sa­be­mos odiar muy bien. Siem­pre he­mos si­do un po­co gue­rra­ci­vi­lis­tas. Nos ha cos­ta­do unir­nos en pro­yec­tos co­mu­nes y eso ha he­cho que fué­ra­mos siem­pre re­tra­sa­dos con res­pec­to a otros».

Reverte, por su par­te, es más ta­jan­te aún an­te el vér­ti­go de la mis­ma pre­gun­ta: «Los es­pa­ño­les de en­ton­ces y aho­ra só­lo se pa­re­cen en la in­cul­tu­ra». Y si­gue: «El pro­ble­ma es que nos han acos­tum­bra­do a mi­rar el pa­sa­do con ojos del pre­sen­te y eso crea una dis­tor­sión enor­me. No se pue­de juz­gar en el si­glo de las ONG y los de­re­chos hu­ma­nos a gen­te desesperada y ham­brien­ta en un mun­do cruel co­mo era el del si­glo XVI [...]. Hay una par­te épi­ca que acom­pa­ña a aque­llos es­pa­ño­les en lo que hi­cie­ron, pe­ro, vis­to des­de aho­ra, esa par­te se di­lu­ye en el pen­sa­mien­to bue­nis­ta».

Sea co­mo sea, la pe­lí­cu­la in­sis­te en una idea mo­triz y has­ta con­so­la­do­ra: nos odia­mos en­tre no­so­tros con sa­ña, pe­ro bas­ta de­tec­tar un enemi­go co­mún para que aca­be­mos for­man­do al­go así co­mo una pi­ña. De apre­ta­da. «Es así», con­ti­núa Reverte, «Y en esa idea qui­se in­sis­tir des­de el pri­mer mo­men­to. Cuan­do lle­ga­ba la ac­ción y el pe­li­gro, to­dos se vol­vían sol­da­dos del rey y lu­cha­ban jun­tos. Re­cuer­do una fra­se que de­cía mi abue­lo y no en­ten­día en­ton­ces: ‘Los es­pa­ño­les só­lo me­re­ce­mos la pena en los cua­dros de Go­ya’. Se re­fe­ría a que cuan­do hay una cau­sa que los aglu­ti­na, sa­can a re­lu­cir la so­li­da­ri­dad y el va­lor. Y eso es una ca­rac­te­rís­ti­ca his­tó­ri­ca, no di­go que eso ocu­rra o no aho­ra. Sub­ra­yo lo de ca­rac­te­rís­ti­ca his­tó­ri­ca. Lo cier­to es que los pe­li­gros ex­te­rio­res siem­pre unen a los hom­bres. En un país his­tó­ri­ca­men­te tan desuni­do co­mo el nues­tro eso se ha­ce mu­cho más evi­den­te».

¿Nos va­mos a atre­ver por fin a ha­blar de Ca­ta­lu­ña? «Los ca­ta­la­nes es­ta­ban más bien en­fo­ca­dos en el si­glo XVI ha­cia el Me­di­te­rrá­neo, y los ex­tre­me­ños y an­da­lu­ces ha­cia el Atlán­ti­co. Los ara­go­ne­ses, en cam­bio, es­ta­ban tan­to en las em­pre­sas atlán­ti­cas y me­di­te­rrá­neas», di­ce Reverte y lo di­ce para de­jar cla­ra la ra­zón de la au­sen­cia de ca­ta­la­nes en la pe­lí­cu­la. Y ahí lo deja. Ni un paso más. Se nie­ga. Díaz Ya­nes, en cam­bio y tras ha­cer su­ya en la mis­ma me­di­da la ex­pli­ca­ción his­tó­ri­ca de su co­le­ga, sí da un par de pa­sos más: «Veo mal lo que es­tá pa­san­do. Por mis antecedentes po­lí­ti­cos (he si­do del PCE con Fran­co), las re­vo­lu­cio­nes de se­ño­ri­tos me aco­jo­nan. No lo­gro com­pren­der na­da. No en­tien­do có­mo la iz­quier­da pue­de apo­yar la in­de­pen­den­cia. La ra­zón úl­ti­ma es que ellos quie­ren ser más ri­cos que los de­más y eso no lo veo. Por lo de­más, to­dos los de mi ge­ne­ra­ción te­ne­mos cier­to re­cha­zo a las ban­de­ras fla­mean­tes por las ca­lles». Pues eso.

Oro, co­mo de­cía­mos, es una pe­lí­cu­la. Pe­ro si se mi­ra de cer­ca, tam­bién es la me­jor ex­pli­ca­ción de por qué nos lla­ma­mos Pé­rez o Díaz, por ejem­plo. Lo di­ce Reverte y Ya­nes. Lo di­ce Pé­rez y Díaz.

PÉ­REZ-REVERTE: «LOS ES­PA­ÑO­LES DE EN­TON­CES, LOS DE LA CON­QUIS­TA, Y LOS DE AHO­RA SÓ­LO NOS PA­RE­CE­MOS EN LA IN­CUL­TU­RA»

CON­VER­SAN SO­BRE EL CON­FLIC­TO CA­TA­LÁN AGUS­TÍN DÍAZ YA­NES Y AR­TU­RO PÉ­REZ-REVERTE

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