Es­pe­ra­mos un ne­va­zo

El Mundo - - DEPORTES - RAÚL DEL PO­ZO

Se anun­cia tem­po­ral de nieve. Cae­rá con ce­ga­do­ra blan­cu­ra y se­rá su caí­da, co­mo siem­pre, pau­sa­da, des­lum­bra­do­ra, a cá­ma­ra len­ta. An­tes de que los me­teo­ró­lo­gos lo anun­cia­ran, me lo di­je­ron las ro­di­llas y las zan­cu­das en for­ma­ción en uve. A pe­sar de la boi­na par­da, se vie­ron las gru­llas en los días cla­ros de Ma­drid.

Ca­da tiem­po tie­ne su pá­ja­ro au­gur y las gru­llas ve­le­ras es­te año no anun­cian se­ña­les fa­vo­ra­bles de fu­tu­ro, sino to­do lo con­tra­rio. Vie­nen me­nos gui­ris, no hay le­ña pa­ra los pu­re­tas por­que la Se­gu­ri­dad So­cial es­tá que­bra­da, se ven­de me­nos en los co­mer­cios y lo de Ca­ta­lu­ña no se con­lle­va, sino que se en­re­da. Los na­cio­na­lis­tas in­ten­tan trans­for­mar su gran ca­gada en un can­tar de ges­ta in­vo­can­do a los je­fes de la se­di­ción co­mo hé­roes y már­ti­res. Ade­más, han me­ti­do en el em­bro­llo a Po­de­mos pa­ra re­cu­rrir an­te el Tri­bu­nal Cons­ti­tu­cio­nal la apli­ca­ción del ar­tícu­lo 155. Si es­to si­gue así, ter­mi­na­re­mos muy mal.

Las gru­llas se han cru­za­do con el mi­sil ba­lís­ti­co que ha lan­za­do King Kong, o sea, Kim Jong. Trump ame­na­za con bo­rrar­lo del ma­pa y la em­ba­ja­do­ra de los Es­ta­dos Uni­dos en la ONU di­ce que Co­rea del Nor­te acer­ca al mun­do a la gue­rra. Pe­ro que no cun­da el pá­ni­co, la nieve da buen va­ti­ci­nio: año de nie­ves, año de bie­nes y de mie­ses. La nieve de di­ciem­bre anun­cia una es­plén­di­da pri­ma­ve­ra y las gru­llas ve­le­ras en el «pa­pel diá­fano del cie­lo» (Gón­go­ra) ale­jan los ma­los pre­sa­gios. No son aque­llas que vo­la­ban co­mo me­tá­fo­ras en la poe­sía de gue­rra de Mi­guel Her­nán­dez: «Ama­ne­cen las ha­chas en ban­da­das/ co­mo ga­na­de­rías vo­la­do­ras/ de la­bo­rio­sas gru­llas com­ba­tien­tes./ Ama­ne­cen las ha­chas des­tru­yen­do y can­tan­do/ [...] las alas son re­lám­pa­gos cua­ja­dos».

Las gru­llas ya han vuel­to to­das de los paí­ses bál­ti­cos y han lle­ga­do a Ex­tre­ma­du­ra y a Do­ña­na. De la nieve caí­da en Ga­llo­can­ta y las Ta­blas de Dai­miel na­ce­rán cis­nes. Lo di­ce la gre­gue­ría. Ya ha ne­va­do, co­mo siem­pre, en la Se­rra­nía de Cuen­ca, en las mis­ma cor­di­lle­ra don­de el ar­ci­pres­te se mo­ría de frío y te­nía que re­fu­giar­se en el re­ve­ren­do de las se­rra­nas. La nieve traía la ale­gría a los ca­za­do­res fur­ti­vos y a las zo­rras, por­que se aca­ba­ba la clan­des­ti­ni­dad de las lie­bres, las fui­nas y las per­di­ces.

Los ríos de la Se­rra­nía de Cuen­ca, co­mo los de Gar­cía Lor­ca, «ba­jan de la nieve al tri­go», se lle­van la nieve de las um­brías, co­rren en­tre tru­chas, nu­trias, li­rios y tor­nas, has­ta las ace­quias de Va­len­cia y de Mur­cia. El Ta­jo, que na­ce en la que un día se lla­ma­rá Sie­rra de Fe­de­ri­co Ji­mé­nez Losantos, ins­pi­ró en To­le­do las églo­gas a Gar­ci­la­so; aho­ra es un le­cho de cieno. Una se­quía co­mo una pla­ga bí­bli­ca es­tá aso­lan­do los cam­pos, los ríos y los pan­ta­nos. Só­lo un ne­va­zo pue­de sal­var­nos.

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