EL PA­YA­SO DE JA­CA QUE INS­PI­RÓ A BUS­TER KEA­TON

El pa­dre de Kea­ton. Na­ció en Ara­gón y fue la fi­gu­ra más im­por­tan­te del mun­do del es­pec­tácu­lo a prin­ci­pios del si­glo XX. Sus lo­gros en Londres y Nue­va York hi­cie­ron de él el me­jor pa­ya­so del mun­do. Aho­ra, un li­bro y una ex­po­si­ción re­cu­pe­ran su le­ga­do

El Mundo - - PORTADA - POR LUIS MAR­TÍ­NEZ MADRID

Un pa­ya­so que se sui­ci­da es como la em­ba­ra­za­da en el ce­men­te­rio que ima­gi­na­ra Cio­ran. No es tan­to un con­tra­sen­ti­do, que tam­bién, como una pro­vo­ca­ción. Eso o, a fuer­za de re­pe­ti­do, ya un lugar co­mún. Si la ma­ne­ra de me­dir la fe­li­ci­dad es la can­ti­dad de fe­li­ci­dad pro­vo­ca­da, Mar­ce­lino fue el hom­bre más fe­liz del mun­do. Cuan­do la ma­dru­ga­da del 5 de no­viem­bre de 1927 se des­ce­rra­jó un ti­ro en la ca­be­za, su cuer­po que­dó de ro­di­llas so­bre la ca­ma del ho­tel Mans­field de Nue­va York como he­ri­da y tes­ti­go de la ma­yor de las tris­te­zas. Mar­ce­lino na­ció en Ja­ca con el nom­bre de Mar­ce­lino Or­bés Ca­sa­no­va en 1873 (como de­mos­tró el pe­rio­dis­ta Ma­riano Gar­cía); Mar­ce­lino des­lum­bró a re­yes en Londres e hi­zo reír a mul­ti­tu­des en Nue­va York; Mar­ce­lino ins­pi­ró a Cha­plin, en­se­ñó el ca­mino a Bus­ter Kea­ton y has­ta al­gu­na lec­ción se atre­vió a dar a un bi­so­ño Cary Grant; Mar­ce­lino, se­ño­ras y se­ño­res, fue el ma­yor pa­ya­so del mun­do, el más gra­cio­so, el más tris­te, el más vul­ne­ra­ble, el más, y es­to es lo gra­ve, ol­vi­da­do.

Pues bien para com­ba­tir la des­me­mo­ria, el li­bro fir­ma­do por Víc­tor Ca­sa­no­va Abós Muer­te y vi­da de un pa­ya­so (Pre­gun­ta) y una ex­po­si­ción en la Diputación Pro­vin­cial de Hues­ca con­me­mo­ran la gra­cia de una vi­da vi­vi­da. Na­da más. Has­ta el ago­ta­mien­to, has­ta la úl­ti­ma de las car­ca­ja­das. «Mar­ce­lino fue un ser ex­cep­cio­nal en un tiem­po ex­cep­cio­nal. Ha­bla­mos del na­ci­mien­to del en­tre­te­ni­mien­to de ma­sas jus­to an­tes de la apa­ri­ción del ci­ne. Los periódicos no se li­mi­ta­ban a re­la­tar sus éxi­tos, tam­bién con­ta­ban has­ta cuán­do y dón­de se iba de va­ca­cio­nes. Ése era el ta­ma­ño de su fa­ma», co­men­ta Ca­sa­no­va. El Hip­po­dro­me de Nue­va York fue el tea­tro más gran­de del mun­do y se inau­gu­ró en Man­hat­tan en 1905. Y allí, los mo­da­les mi­ni­ma­lis­tas de un hom­bre tor­pe con la ca­ra pin­ta­da de blan­co con­mo­vie­ron a to­dos y ca­da uno de los que po­co des­pués cae­rían se­du­ci­dos de fi­gu­ras como Char­lot.

Re­cons­truir su vi­da se an­to­ja una la­bor tan des­co­mu­nal como ima­gi­na­ti­va. Ade­más de im­po­si­ble. Él mis­mo se en­car­gó de se­pul­tar sus hue­llas de­ba­jo de una grue­sa ca­pa de ma­qui­lla­je. Pu­ro mi­to. Eso es un pa­ya­so: la más­ca­ra que es­con­de ca­da una de sus ci­ca­tri­ces, que tam­bién son nuestras, de­trás de una de la fic­ción y el sue­ño. Con­ta­ba él mis­mo que prác­ti­ca­men­te na­ció en un cir­co y que de ni­ño se que­dó dor­mi­do al la­do de un león. El pa­ya­so que le res­ca­tó se­lló su des­tino. Tam­bién le gus­ta­ba re­fe­rir la du­do­sa ha­za­ña de ha­ber ma­ta­do a un es­pec­ta­dor tras una acro­ba­cia fue­ra de si­tio. Y si el plu­mi­lla aguan­ta­ba po­dría es­cu­char el im­pro­ba­ble se­cre­to de su iden­ti­dad: él en ver­dad era un prín­ci­pe búl­ga­ro del que vi­vía enamo­ra­da una no­ble per­sa. Y así.

«Él fue», si­gue Ca­sa­no­va, «uno de los pri­me­ros que, como el ma­go Hou­di­ni, en­ten­dió el ver­da­de­ro sen­ti­do de la pu­bli­ci­dad. Por eso in­ven­ta­ba to­das esas his­to­rias que los periódicos re­pro­du­cían con una can­di­dez y fi­de­li­dad sor­pren­den­te». Sea como sea, su do­mi­nio so­bre el es­ce­na­rio fue ab­so­lu­to. E in­con­tes­ta­ble. Sus nú­me­ros se ba­sa­ban en ves­tir a la sen­ci­llez de tor­pe­za para en­se­ñar del al­ma hu­ma­na al­go tan evidente como su vul­ne­ra­bi­li­dad. Y ahí, en efec­to, ni­ños y adul­tos, cul­ti­va­dos e ig­no­ran­tes, ca­be­mos to­dos. «Te­nía una co­ne­xión con los ni­ños in­creí­ble. La ma­yor de sus pe­nas fue no ha­ber te­ni­do hi­jos. Su se­cre­to con­sis­tía en en­se­ñar sus he­ri­das, en mos­trar­se vul­ne­ra­ble», in­sis­te Ca­sa­no­va.

Y así, de éxi­to en éxi­to has­ta, lo han adi­vi­na­do, el ma­yor de los fra­ca­sos. Mar­ce­lino no su­po adap­tar­se al ci­ne. Hi­zo ape­nas dos pe­lí­cu­las cor­tas. De una no se sa­be más que exis­tió y de la otra (un gran ha­llaz­go de su bió­gra­fo en la Bi­blio­te­ca del Con­gre­so de EEUU) se con­ser­van ape­nas cin­co se­gun­dos. «Él es­ta­ba con­ven­ci­do, y eso era muy del es­pí­ri­tu de la épo­ca, que no te­nía que cam­biar na­da de su es­pec­tácu­lo. Si las co­sas fun­cio­na­ban que si­guie­ran como es­ta­ban». Y de la in­mo­vi­li­dad, la de­ses­pe­ra­ción. In­ten­tó va­rios ne­go­cios que no sa­lie­ron. Su es­tre­lla se apa­ga y en so­le­dad, sin hi­jos, di­vor­cia­do y siem­pre le­jos del rui­do de la fa­rán­du­la, se re­fu­gia en un pa­sa­do que ya no da para más fu­tu­ro. Con 55 años se sui­ci­da. Su muer­te es por­ta­da del New York Ti­mes. De nue­vo, la glo­ria. Tan tris­te. El más pa­ra­dó­ji­co de los fi­na­les: un pa­ya­so que se sui­ci­da.

Las más­ca­ras de

Mar­ce­lino. Tan­to Cha­plin como Cary Grant le ci­tan en sus bio­gra­fías. El pri­me­ro le to­ma por fran­cés. En la ima­gen, un mo­men­to de una de sus ac­tua­cio­nes / CO­LEC­CIÓN CA­SA­NO­VA

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