Están có­mo­das ol­vi­da­das

El Mundo - - OPINIÓN - POR BER­TA GON­ZÁ­LEZ DE VE­GA

EN LA Diputación de León, sec­ción ofer­tas de em­pleo para siem­pre, bus­can a un lavador en­tre per­so­nal fun­cio­na­rio y a un lim­pia­dor en­tre el la­bo­ral, se­gún el BOE. El lavador se en­car­ga de la ro­pa, cla­si­fi­car­la, plan­char­la, la­var­la y en el te­ma­rio en­tra dis­tin­guir te­ji­dos, qui­tar man­chas y el ma­ne­jo de pro­duc­tos de lim­pie­za, no va­ya a te­ñir de ro­sa una la­va­do­ra blan­ca. Exis­ten test con los te­mas a 15 eu­ros en in­ter­net.

Qué bien han sa­bi­do sa­lir es­tas ins­ti­tu­cio­nes de la re­frie­ga política, co­pa­da por el en­ca­je có­mo­do de Ca­ta­lu­ña en el Es­ta­do y las fór­mu­las ren­di­das al su­pre­ma­cis­mo na­cio­na­lis­ta de los zur­dos del PSOE. Con per­dón para los zur­dos, que no sé có­mo no han for­ja­do ya una iden­ti­dad de víc­ti­ma para pe­dir ti­je­ras es­pe­cia­les en los co­le­gios, al mar­gen de có­mo se adoc­tri­ne. Esa pe­ti­ción la aten­de­ría me­jor Mén­dez de Vi­go que la ins­pec­ción de los ma­nua­les.

Hu­bo un tiem­po, en ple­na cri­sis y res­ca­te, que a los par­ti­dos nue­vos les dio por des­pres­ti­giar a las dipu­tacio­nes, cuan­do cir­cu­la­ba aquel chascarrillo del hom­bre en su le­cho de muer­te, ape­na­do por ir­se sin sa­ber para qué ser­vían. En­ton­ces, los po­lí­ti­cos de to­da la vi­da se lan­za­ron a ex­pli­car que los pue­blos pe­que­ños se ex­tin­gui­rían sin ellas, que a ver quién po­ne los cam­pos de fút­bol de cés­ped artificial o quién re­co­lo­ca al per­so­nal que va ca­yen­do en des­gra­cia en los ayun­ta­mien­tos. Eso úl­ti­mo no lo di­je­ron, cla­ro, pe­ro lo hi­cie­ron. La cru­de­za de la pe­lea por tra­ba­jos dipu­tacio­na­les in­clu­so que­dó en evi­den­cia, sí, en la Diputación de León, con su pre­si­den­ta ase­si­na­da a ti­ros.

Se apre­ta­ron el cin­tu­rón y, pe­se a pro­tes­tas sin­di­ca­les, hu­bo cie­rres de guar­de­rías para ni­ños de em­plea­dos que cos­ta­ban por bar­ba como man­dar­les a Eton con cha­qué.

La des­apa­ri­ción de las dipu­tacio­nes fue ban­de­ra de UP­yD, como otras co­gi­das por Ciu­da­da­nos con opor­tu­nis­mo, que a ve­ces só­lo es sa­ber me­dir los tiem­pos. Las dipu­tacio­nes re­sis­tie­ron e in­clu­so han aco­gi­do a dipu­tados de Al­bert Ri­ve­ra. Los ayun­ta­mien­tos tam­po­co se fu­sio­na­ron, como pi­dió Ro­sa Díez. Hay más. Mon­te­cor­to se in­de­pen­di­zó de Ron­da. Na­die acep­tó el de­ba­te pro­pues­to por el eco­no­mis­ta Je­sús Fer­nán­dez Villaverde para que los pue­ble­ci­tos los lle­va­ran ge­ren­tes. Qué ton­te­ría. Don­de ha­ya dipu­tacio­nes, con la­va­de­ros, lim­pia­do­res y ase­so­res de la te­la ma­ri­ne­ra para qué ha­cen fal­ta otras fór­mu­las. Ellas sí que están có­mo­das. Ol­vi­da­das.

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