Pie­za 25: ví­bo­ra y zum­bao

El Mundo - - DXT - RAÚL DEL PO­ZO

Ha­blo con Pi­lar Ur­bano en es­ta tar­de tan fría. Le di­go que no­to cier­to apa­gón en los pla­tós en torno a su li­bro. Me con­tes­ta que es­tá siem­pre de via­je y no la ha­brán en­con­tra­do. El li­bro es «ca­ño­na­zo», se­gún lo ca­li­fi­có el pro­pio ro­pón: La pie­za 25. Ope­ra­ción sal­var a la In­fan­ta. Le pre­gun­ta a Pi­lar si ha no­ta­do pre­sio­nes. «Yo no, el juez sí».

La pie­za 25 es un atroz cuen­to de ha­das, ba­sa­do en el periodismo ve­raz, con enig­ma, sus­pen­se; un héroe, un vi­llano, una prin­ce­sa apa­sio­na­da y una de­tec­ti­ve im­pla­ca­ble. Cuan­do la au­to­ra des­cu­bre que se lle­van en fur­go­ne­tas los 76.000 fo­lios del ca­so Nóos y el asun­to que­da sub ju­di­ce, em­bru­ja a

Jo­sé Cas­tro has­ta ha­cer­le que can­te. El nu­do de la na­rra­ción es­tá en el ins­tan­te en que que­da­ron a co­mer en el bar Pla­za,

Pedro Ho­rrach, Ma­ría Ángeles Be­rro­cal y Jo­sé Cas­tro. «Les suel­to –di­ce el juez–. Voy a impu­tar a la In­fan­ta». Per­ci­bo en Pedro un ges­to du­ro, el ce­ño frun­ci­do. «Yo –con­tes­ta el fis­cal– no voy a pe­dir que la im­pu­tes, por­que creo que no hay in­di­cios sos­te­ni­bles». El ma­gis­tra­do sí cree que los hay: «Ca­tor­ce y no en­de­bles». Le di­cen los otros co­men­sa­les que el tex­to es lar­go: die­cio­cho fo­lios. «Cuan­do suel­tas un ca­ño­na­zo tie­nes que ex­pli­car a qué res­pon­de», co­men­ta Cas­tro.

El re­la­to, en­tre el Yo acu­so y la no­ve­la gó­ti­ca –ter­mi­na con la ab­so­lu­ción de la In­fan­ta Cris­ti­na–, tie­ne pun­tas y ri­be­tes li­te­ra­rios que le dan pa­sión a la trama: «so­pla­ba un vien­to fu­rio­so de mala mar y car­ga­do de sa­li­tre. El juez pen­só en sus rosales. El sa­li­tre me los que­ma». Des­cri­be a su héroe te­clean­do en el or­de­na­dor la ma­ne­ra de «man­dar de una pu­ta vez la doc­tri­na Bo­tín al tras­te». Y el Rey Juan Car­los pre­gun­ta­ba en aque­llos días: «Pe­ro es­te Cas­tro de qué va?».

Pi­lar in­for­ma de que hu­bo com­plot, pac­tos en la os­cu­ri­dad, com­pra­ven­ta de inocen­cias. Fun­cio­nó un sin­di­ca­to de la ex­tor­sión para evi­tar que el es­cán­da­lo de­vo­ra­ra a la Fa­mi­lia Real. «La In­fan­ta –es­cri­be– era cul­pa­ble, aun­que no de­jó car­mín en la co­pa» . La pro­ta­go­nis­ta como Jua­na la Lo­ca per­dió la ca­be­za por un hom­bre her­mo­so. Pe­ro no era una mu­ñe­ca, ni era un flo­re­ro, sino una mu­jer más in­te­li­gen­te que el ma­ro­mo. Impu­tada en 20 de­li­tos su­po sor­tear las 1.060 pre­gun­tas en­ve­ne­na­das. La au­to­ra, que so­lo ha­bló con la In­fan­ta en los la­va­bos lo­gró la ex­clu­si­va del re­la­to del juez, al que con­vier­te en un héroe de pro­vin­cias. Car­los Gar­cía Revenga, se­cre­ta­rio y pre­cep­tor de las in­fan­tas me di­ce: «Pi­lar Ur­bano es una ví­bo­ra. La In­fan­ta no tie­ne ape­go al di­ne­ro. Lo úni­co que ha he­cho es ser fiel a su ma­ri­do y sus hi­jos. Fir­ma­ba to­do sin leer. Y ese juez es un zum­bao. Lo úni­co que le in­tere­sa­ba es la mue­ca: yo me he car­ga­do a una In­fan­ta de Es­pa­ña».

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