En­ri­que Az­coa­ga

El Mundo - - OPINIÓN - POR AN­TO­NIO LU­CAS

ES­TE NOM­BRE sue­na a po­cos, pe­ro alo­ja a un re­pu­bli­cano ho­nes­to, a un exi­lia­do de los años fe­ro­ces del exi­lio, a un poe­ta, a un crí­ti­co de ar­te, a un ora­dor ca­paz de ha­cer de cual­quier ter­tu­lia su obra me­jor re­ma­ta­da. En­ri­que Az­coa­ga ha­bla­ba co­mo se de­be es­cri­bir: pre­ci­san­do y arries­gan­do en to­das di­rec­cio­nes. El tiem­po afan­tas­ma a al­gu­nos hombres, pe­ro con­vie­ne no tras­pa­pe­lar­los. No son ador­nos de una épo­ca ul­ti­ma­da, sino pre­go­ne­ros de cier­tas ver­da­des di­fí­ci­les que en­tre­vie­ron an­tes que otros y lue­go se cum­plie­ron. Az­coa­ga vi­vió en una reali­dad mu­cho más des­cue­lla­da que és­ta, don­de el ham­bre, el de­sen­ga­ño, el te­rror y el frío fue­ron du­ran­te años la úni­ca pri­ma­ve­ra por­tá­til pa­ra las gen­tes de iz­quier­das, pe­ro no per­die­ron las pa­la­bras. Re­sis­tir fue su com­ple­tí­si­ma for­ma­ción, su poé­ti­ca, su ri­gor, su banquete de es­ca­sez.

Re­cor­dé a es­te sa­bio de lo su­yo re­vi­san­do unos vie­jos li­bros so­bre­ve­ni­dos. Re­cu­pe­ré al­gu­nas lar­gas fra­ses sal­to­nas que le es­cu­ché cuan­do ni­ño en las no­che­vie­jas in­men­sas de la ca­lle Si­rio. Lo acom­pa­ña­ba en pú­bli­co una iro­nía cru­jien­te por más que el cli­ma de lo que con­ta­ba fue­se du­ro. Aque­llos hombres y mujeres de la ge­ne­ra­ción del 36 (la de Az­coa­ga, la pro­mo­ción in­te­lec­tual de la II Re­pú­bli­ca) tu­vie­ron en con­tra has­ta la ilu­sión de te­ner ilu­sio­nes. Co­no­ció a Mi­guel Her­nán­dez cuan­do aún los sue­ños eran cier­tos e im­po­si­ble su he­ri­da. Escapó de la peor Es­pa­ña po­si­ble, la de al­ma de ajo, sin per­der la ele­gan­cia ni el com­pro­mi­so con la doc­tri­na de que hay ar­te sin Dios. Dis­fru­tó de Ra­món Gó­mez de la Ser­na en los años de Bue­nos Ai­res. Go­ber­nó su tras­hu­man­cia di­fí­cil sin que­jar­se, sin ol­vi­dar, sin mal­ven­der la dig­ni­dad. Sus he­re­de­ras con­ser­van (iné­di­tas) unas mo­nu­men­ta­les me­mo­rias que po­drían ser par­te del fri­so caído de los úl­ti­mos 60 años del si­glo XX. Via­je­ro en los me­jo­res tras­atlán­ti­cos de la cul­tu­ra es­pa­ño­la, En­ri­que Az­coa­ga es de los se­res que no ha­cen la His­to­ria pe­ro ayu­dan a com­ple­tar­la.

Es­te país tie­ne deu­das abier­tas con ciu­da­da­nos así. Pe­ro el nú­me­ro im­pru­den­te de am­né­si­cos y anal­fa­be­tos su­pera a los que apues­tan por el em­pleo in­te­li­gen­te de los re­cur­sos. Nues­tros me­jo­res muer­tos son tam­bién los me­jo­res re­cur­sos. Por agu­dos. Por sen­si­bles. Por cer­te­ros. Co­mo él.

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