“CA­DA COR­NA­DA HA VA­LI­DO LA PE­NA”

El adiós del Pi­ra­ta. Per­dió un ojo y me­dia ca­be­za en la pla­za. Siete ve­ces es­tu­vo a pun­to de mo­rir y las siete re­su­ci­tó. Juan Jo­sé Pa­di­lla, el to­re­ro me­nos or­to­do­xo, se des­pi­de tras 25 años, 1.400 co­rri­das y 39 cor­na­das re­par­ti­das por to­do su cuer­po

El Mundo - - PAPEL - POR RO­DRI­GO TE­RRA­SA EN­TRE­VIS­TA A JUAN JO­SÉ PA­DI­LLA

La ca­sa, que po­dría ser la man­sión de un nar­co­tra­fi­can­te si no pu­sie­ra Puer­ta Ga­yo­la jus­to en la puer­ta, es­tá muy cer­qui­ta del mar, en­tre Chi­pio­na y San­lú­car de Barrameda. Es un tem­plo de dos plan­tas lleno de vír­ge­nes, santos e imá­ge­nes re­li­gio­sas, in­clui­da una figura de mon­se­ñor Es­cri­vá de Ba­la­guer en la co­ci­na, don­de otros tie­nen el sa­le­ro y el acei­te. Hay co­mo 15 o 20 ca­be­zas de to­ro ador­nan­do las pa­re­des, una ca­mi­sa blan­ca em­pa­pa­da en san­gre en­mar­ca­da en el pa­si­llo, óleos ma­yes­tá­ti­cos de su figura y cien­tos de fo­tos. Con el Rey emé­ri­to, con el hi­jo de Suá­rez, con el Cor­do­bés, con la Pan­to­ja… En el pi­so de arri­ba, en­tre de­ce­nas de tra­jes de lu­ces en vi­tri­nas, cuelga una fo­to su­ya de ha­ce años. Ten­dría trein­ta y po­cos y unos 15 ki­los más que aho­ra, las mis­mas pa­ti­llas de bu­ca­ne­ro pe­ro el ges­to ama­ble de un ni­ño bien de Je­rez de la Fron­te­ra. Se que­da mi­rán­do­la un ra­to y uno pien­sa que se va a echar a llo­rar.

P. ¿Le da pe­na ver fo­tos su­yas de an­tes?

R. ¡¿Qué pe­na ni qué pe­na?! Si aho­ra es­toy más gua­po que nun­ca.

P. ¿Qué ve cuan­do se mi­ra en el es­pe­jo?

R. Veo a un hom­bre muy afor­tu­na­do, un hom­bre que ha con­se­gui­do lo­gros ma­yo­res de los que ja­más ha­bría po­di­do ima­gi­nar. Me sien­to or­gu­llo­so de ha­ber em­pren­di­do una pro­fe­sión du­ra, di­fí­cil, pe­ro que a la vez me ha da­do una enor­me re­com­pen­sa.

Juan Jo­sé Pa­di­lla tie­ne hoy 45 años, ape­nas 70 ki­los de pe­so, 1.400 co­rri­das en 25 años de ca­rre­ra, 39 co­gi­das y unas siete u ocho muer­tes de las que vol­vió co­mo quien vuel­ve del sú­per. De los pun­tos de su­tu­ra que sos­tie­nen su cuer­po per­dió la cuen­ta ha­ce tiem­po. Di­ce que es­tá me­jor que nun­ca un ti­po que tie­ne la ca­ra zur­ci­da en for­ma de siete, fo­rra­da de tor­ni­llos y pla­cas de ti­ta­nio, un en­jam­bre en el oí­do iz­quier­do y un par­che don­de te­nía el ojo que le bir­ló un to­ro que se lla­ma­ba

Mar­qués. Su piel es co­mo uno de esos ma­pas geo­grá­fi­cos que nos da­ban en EGB, ca­da ci­ca­triz es un río y sus afluen­tes, ca­da cos­tu­ra un sou­ve­nir. «Las cor­na­das tie­nen un re­cuer­do. Bar­ce­lo­na, Pam­plo­na, Bil­bao, Se­vi­lla, Ecua­dor, México... De to­dos si­tios te­ne­mos cor­na­das. Des­de que qui­se ser to­re­ro, em­pe­cé a pa­gar es­te tri­bu­to y ten­go cor­na­das de no­vi­lle­ro, de los ten­ta­de­ros... En las co­rri­das, los to­ros han da­do fuer­te tam­bién». P. ¿Y ha va­li­do la pe­na? R. Va­le la pe­na ca­da cor­na­da por­que el to­re­ro no de­be guar­dar­le nun­ca ren­cor al to­ro. Por di­fí­cil y du­ro que sea, es la ver­dad del to­reo.

Es­te do­min­go Pa­di­lla se des­pi­de de las pla­zas es­pa­ño­las. Via­ja­rá lue­go a México y a Pe­rú y des­pués se aca­bó. Su úl­ti­ma co­rri­da en Es­pa­ña se­rá en Za­ra­go­za, en La Mi­se­ri­cor­dia, la pla­za en la que cam­bió su his­to­ria pa­ra siem­pre, la que le sa­có de ga­le­ras y le lle­vó a los gran­des car­te­les. El 7 de oc­tu­bre del año 2011 un to­ro de 500 ki­los le me­tió un pitón por de­ba­jo de la man­dí­bu­la y se lo sa­có por el ojo iz­quier­do. «Ja­más en 40 años de ser­vi­cio ha­bía vis­to na­da igual», di­jo en­ton­ces el ci­ru­jano de la pla­za. El to­re­ro re­co­gió su ca­ra del sue­lo y con el ojo en la mano –re­cuer­da– ca­mi­nó has­ta la en­fer­me­ría su­pli­can­do que le sal­va­ran la vi­da. «El do­lor se olvida, pe­ro ten­go gra­ba­dos esos mo­men­tos de la co­gi­da. Ese to­ro me ha­bía avi­sa­do en va­rias oca­sio­nes, sa­bía que me iba a co­ger pe­ro era Za­ra­go­za, una pla­za de pri­me­ra, an­te la tele… Ti­ré la mo­ne­da al ai­re y ga­nó el to­ro. Pen­sa­ba que per­día a mi mu­jer y a mis hi­jos y se lo di­je al doc­tor Va­lCa­rre­res: ‘Há­ga­lo por ellos’. No re­cuer­do se­gun­dos peo­res en mi vi­da. Me sen­tía sin fuerzas, sin po­der res­pi­rar… Me iba... Que­rían qui­tar­me la cha­que­ti­lla y no po­día ayu­dar­les».

P. ¿Por qué se re­ti­ra allí? R. Por­que es la pla­za en la que pa­re­cía que aca­ba­ba to­do y en la que to­do re­sur­gió de nue­vo. Hay un an­tes y un des­pués de Za­ra­go­za. Na­die apos­ta­ba a que pu­die­ra vol­ver a to­rear des­pués de aque­llo y lo hi­ce. Des­pués de aque­lla cor­na­da yo pen­sa­ba to­rear unas 15 o 20 co­rri­das más y sin em­bar­go he re­ba­sa­do las 500. Era un to­re­ro co­no­ci­do y res­pe­ta­do, pe­ro en otros cir­cui­tos, los de las gran­des co­rri­das, no es­ta­ba. Des­pués de es­te per­can­ce, Dios me pre­mió con la par­te ama­ble del to­reo. Los em­pre­sa­rios tu­vie­ron sen­si­bi­li­dad, en­ten­die­ron que ha­bía pa­sa­do mu­chí­si­mos años de co­rri­das du­ras y los com­pa­ñe­ros tam­bién me die­ron la opor­tu­ni­dad de co­mer de esa tar­ta tan ape­ti­to­sa. El su­fri­mien­to es par­te de la gloria y a mí me lle­gó la gloria.

P. ¿Y por qué de­ci­de po­ner fin aho­ra?

R. To­do tie­ne un ci­clo, un mo­men­to. He cum­pli­do 25 tem­po­ra­das ma­ra­vi­llo­sas y no creo que pue­da re­don­dear otra de me­jor ma­ne­ra. Me voy en un buen mo­men­to. Fí­si­ca­men­te me en­cuen­tro al cien por cien, ple­tó­ri­co, las em­pre­sas cuen­tan con­mi­go en to­das las pla­zas y la afi­ción quie­re ver­me aún. De­ci­do col­gar el ves­ti­do de to­rear an­tes de que lo ha­gan otros.

P. ¿Tie­ne más mie­do aho­ra o cuan­do em­pe­zó a to­rear?

R. Siem­pre he te­ni­do mie­do. An­tes, du­ran­te y des­pués. El mie­do es al­go que es­tá pa­ten­te, exis­te en el to­re­ro. In­ten­ta­mos di­si­mu­lar­lo, que no es fá­cil, pe­ro for­ma par­te de es­ta mí­ti­ca pro­fe­sión. P. ¿Y va a más?

R. Sí, por­que tam­bién van a más tus exi­gen­cias, tus ries­gos. Creas una fa­mi­lia, una vi­da, un en­torno... Ca­da vez sien­tes más mie­do. Pe­ro es un or­gu­llo po­der sen­tir­lo. Se­ría frus­tran­te no ha­ber lle­ga­do has­ta aquí por no ha­ber tra­ga­do ese mie­do.

P. ¿Le con­di­cio­na pa­ra de­cir adiós?

R. No me re­ti­ro por mie­do. Lo ha­go sim­ple­men­te por res­pe­to a mi pro­fe­sión y a mi tra­yec­to­ria. Dios me ha pues­to to­dos es­tos lo­gros en mi ca­mino y creo que no hay me­jor ma­ne­ra que de­cir adiós a mi ca­rre­ra que en el me­jor mo­men­to.

P. ¿Cuán­tas ve­ces ha pen­sa­do: quién me man­dó me­ter­me aquí?

R. Al­gu­na vez he ti­ra­do la toa­lla. Yo te­nía la ilu­sión des­de ni­ño, pe­ro és­ta es una pro­fe­sión muy du­ra, de mu­chos sin­sa­bo­res más allá de las cor­na­das. A ve­ces te en­tre­gas y te de­di­cas a ella con to­do pe­ro so­mos mu­chos los man­da­dos y po­cos los ele­gi­dos. Me veía to­rean­do por los pue­blos y, con to­dos mis res­pe­tos, ése no era mi sue­ño. Yo tu­ve un per­can­ce muy gra­ve en Hues­ca. Un to­ro me re­ven­tó el duo­deno con­tra la co­lum­na ver­te­bral y no me ma­tó de mi­la­gro. Ahí sí pen­sé que la pro­fe­sión no es­ta­ba pa­ra mí.

P. ¿Por qué no aban­do­nó? R. Por amor pro­pio… Soy de las per­so­nas que pien­san que si uno cae siete ve­ces, se tie­ne que le­van­tar ocho. El fru­to es­tá en ser hu­mil­de, aceptar las cir­cuns­tan­cias co­mo vie­nen y en tra­ba­jar y no ser au­to­com­pa­si­vo.

De aque­lla cor­na­da en Hues­ca, la más gra­ve que ha su­fri­do, Pa­di­lla con­ser­va un bor­da­do en la piel a la al­tu­ra del om­bli­go que em­pal­ma con el ro­sa­rio que le cuelga del cuello jun­to a un es­ca­pu­la­rio, un cru­ci­fi­jo y un cris­to de oro. A la al­tu­ra de la sien de­re­cha tie­ne otro me­dio cen­te­nar de pun­tos que le su­je­tan el cue­ro ca­be­llu­do que le arran­có otro to­ro en Ávi­la co­mo si fue­ra la piel de un plá­tano. Cuan­do po­sa con el pe­cho des­cu­bier­to, con sus chihuahuas Ra­bia y Enano co­rre­tean­do por el jar­dín, Pa­di­lla es­tá en­tre un per­so­na­je de Mary She­lley y un se­cun­da­rio de Ta­ran­tino.

P. ¿Le mo­les­ta que se le re­co­noz­ca más por sus cor­na­das que por sus fae­nas?

R. No, pa­ra na­da. Sí es cier­to que he si­do un to­re­ro muy cas­ti­ga­do pe­ro he te­ni­do tan­ta suer­te que, ca­da vez que me han pe­ga­do fuer­te los to­ros, me he re­pues­to. En siete oca­sio­nes he si­do co­gi­do de ex­tre­ma gra­ve­dad y en siete he te­ni­do la suer­te de vol­ver. En­tien­do la re­per­cu­sión y en­tien­do que mu­cha gen­te me re­co­noz­ca por las cor­na­das pe­ro creo que en la me­mo­ria de to­dos que­da la vo­lun­tad del to­re­ro.

P. ¿Dón­de le due­le más?

R. ¡Qué va tío! Es­toy fe­no­me­nal, no me due­le na­da. Es­toy cum­bre. Los doc­to­res se en­car­gan de ello, que pa­ra eso es­tá la cien­cia y la me­di­ci­na.

P. ¿Quién le ha ayu­da­do más, Dios o los mé­di­cos?

R. Yo creo mu­cho en Dios y creo que to­do es­to su­ce­de por al­go. Es Dios quien te pone a las per­so­nas en el ca­mino, a los bue­nos mé­di­cos tam­bién.

P. ¿Es­tar tan cer­ca de la muer­te le ha acer­ca­do más a su Dios?

R. En­tien­do, co­mo cristiano, que la vi­da em­pie­za des­pués de la muer­te y, co­mo hom­bre de fe, creo que aquí es­ta­mos pa­ra asi­mi­lar las cir­cuns­tan­cias y afron­tar to­das las ba­ta­llas que se nos pre­sen­ten en la vi­da. No es­ta­mos pa­ra do­ler­nos. Mi obli­ga­ción es lu­char por re­po­ner­me y no que­dar­me en un so­fá sen­ta­do ni en una ca­ma em­po­tra­do. Des­pués de la co­gi­da del ojo, cuan­do es­ta­ba en la UCI y vi tan­tas lu­ces y má­qui­nas, me di­je: hos­tia, aquí no es­toy yo con San Pe­dro, a mí Dios me ha da­do otra opor­tu­ni­dad. Y lo pri­me­ro que se me ocu­rrió de­cir­le a mi mu­jer fue que bus­ca­ra a mi apo­de­ra­do y le di­je­ra que no se les ocu­rrie­ra qui­tar­me de Li­ma, don­de te­nía una co­rri­da a fi­na­les de mes.

P. Ha di­cho al­gu­na vez que el to­re­ro sal­vó al hom­bre.

R. Cuan­do me die­ron el al­ta y vol­ví a ca­sa, pa­sé unos días di­fí­ci­les, muy tris­te. Lo pa­sé mu­chí­si­mo peor en ca­sa que en el hos­pi­tal. Me afe­rré a mi cru­ci­fi­jo y a mi Dios y no que­ría dar­le ca­ra al mun­do. Po­co a po­co em­pe­cé a en­ten­der que el ver­da­de­ro va­lor no era po­ner­me de­lan­te del to­ro, sino afron­tar la vi­da, sa­lir a la ca­lle, ad­mi­tir­me co­mo es­ta­ba. En­ten­dí que no po­día trans­mi­tir nin­gu­na tris­te­za, que era lo que se es­ta­ba res­pi­ran­do en ca­sa. El pa­so de­fi­ni­ti­vo pa­ra to­mar la decisión de vol­ver a to­rear fue de­fi­ni­ti­vo pa­ra sal­var al hom­bre.

P. ¿Có­mo se ve el mun­do con un so­lo ojo?

R. Yo siem­pre di­go que el ojo que me fal­ta es el ojo de Dios. No ne­ce­si­to otro ojo pa­ra ver bien, dis­fru­tar de la vi­da, con­du­cir, mon­tar en

bi­ci, pa­ra dis­fru­tar de mi fa­mi­lia y ami­gos ni pa­ra dis­fru­tar mi pro­fe­sión.

P. ¿Y con un oí­do des­tro­za­do?

R. Ten­go una au­di­ción muy re­du­ci­da y unos de­ci­be­lios muy al­tos de acú­fe­nos, un pi­ti­do cons­tan­te. Des­de el 7 de oc­tu­bre de 2011 no he vuel­to a sa­ber lo que es el si­len­cio, pe­ro tam­po­co es un dra­ma. Pon­go en ba­lan­ce el ruido y ha­ber per­di­do la vi­da y me di­go: ben­di­to sea es­te ruido.

Cin­co me­ses des­pués de la cor­na­da que le de­jó tuer­to y me­dio sor­do, Pa­di­lla vol­vió a los rue­dos. Unos días an­tes se en­fun­dó el mis­mo tra­je de lu­ces de Za­ra­go­za y pi­dió ma­tar a dos her­ma­nos de

Mar­qués, el to­ro que le des­tri­pó la ca­ra. «Ami­gos, com­pa­ñe­ros y fa­mi­lia­res se opu­sie­ron a que vol­vie­ra. Mi pa­dre y mi her­mano ve­nían to­dos los días por­que no lo veían cla­ro. Pe­ro yo te­nía el apo­yo in­con­di­cio­nal de mi mu­jer y de mis hi­jos y nun­ca du­dé». Re­gre­só en Oli­ven­za, Ba­da­joz, ves­ti­do con un tra­je que tie­ne en el re­ci­bi­dor de ca­sa co­lo­ca­do so­bre el res­pal­do de una si­lla de mim­bre. Ver­de es­pe­ran­za y ador­na­do con ho­jas de lau­rel de gla­dia­dor ro­mano. «Soy un ad­mi­ra­dor to­tal de

Gla­dia­tor, de esos gue­rre­ros que lu­cha­ban pa­ra sal­var su vi­da por los pue­blos e iban su­bien­do pel­da­ños has­ta lle­gar al co­li­seo. Los en­ce­rra­ban con ti­gres y leo­nes pe­ro te­nían la ca­pa­ci­dad pa­ra ga­nar to­das las ba­ta­llas».

P. ¿Es us­ted un hé­roe o un lo­co im­pru­den­te?

R. No soy un su­per­hom­bre. No ha­go na­da que no pue­da ha­cer otro, tam­po­co me­nos. Siem­pre he sa­li­do a la pla­za con to­das las ca­pa­ci­da­des. Cuan­do re­apa­re­cí de­jé muy cla­ro que no que­ría com­pa­sión. Los to­ros sa­len siem­pre a co­ger y te pue­den co­ger ten­gas un ojo, dos, cua­tro o seis. Yo con un ojo voy pre­pa­ra­do pa­ra su­pe­rar el com­pro­mi­so de ca­da tar­de y si salgo al rue­do, salgo con mi pro­pia iden­ti­dad.

Y así el Ci­clón de Je­rez pa­só a ser el Pi­ra­ta.

Pri­me­ro el par­che, lue­go el pa­ñue­lo de ban­do­le­ro. Las ban­de­ras con la ca­la­ve­ra, pri­me­ro en Pam­plo­na y lue­go en el res­to de Es­pa­ña. Si a Je­su­lín le ti­ra­ban bra­gas, a él le lanzan ban­de­ras de Jack Spa­rrow. «Co­mo po­drás com­pren­der, no ha si­do pre­me­di­ta­do pe­ro es ver­dad que con ca­da per­can­ce he ido cons­tru­yen­do el per­so­na­je». Si en los 80 y en los 90 se ha­cían chis­tes de Cu­rro Ro­me­ro, hoy se ha­cen de Pa­di­lla.

Hay uno que di­ce: –Tan mal no iría la co­rri­da cuan­do me die­ron la ore­ja.

–Era la tu­ya, Pa­di­lla, era la tu­ya.

El to­re­ro se par­te (me­ta­fó­ri­ca­men­te). «Es­tos chis­tes me pa­re­cen sim­pá­ti­cos, los agra­dez­co. Me río y lo acep­to. Más hu­mor que hay en An­da­lu­cía... A los de mal gus­to no les pres­to aten­ción. A esa gen­te que te desea la muer­te, lo peor. En fin… Hay una gran fal­ta de hu­ma­ni­dad».

P. ¿Tie­ne al­gún ami­go an­ti­tau­rino?

R. Sí, pe­ro res­pe­tan mi pro­fe­sión. No vie­nen a ver­me pe­ro lo res­pe­tan.

P. ¿Cree que la fies­ta es­tá en pe­li­gro?

R. Sin­ce­ra­men­te sí la veo en pe­li­gro, en un mo­men­to des­gra­cia­da­men­te di­fí­cil. El ata­que an­ti­tau­rino ani­ma­lis­ta y de un sec­tor po­lí­ti­co nos ha­ce da­ño.

P. Po­de­mos ha pe­di­do un re­fe­rén­dum so­bre el fu­tu­ro de las co­rri­das.

R. Ahí lo tie­nes. ¿A cuen­to de qué vie­ne pe­dir aho­ra un re­fe­rén­dum? Sa­bien­do ade­más que lo tie­nen per­di­do...

P. ¿Es­tá se­gu­ro? R. Cla­rí­si­mo. Pe­ro con la de co­sas que hay por arre­glar en Es­pa­ña, ¿qué po­lí­ti­co quie­re me­ter­se con un sec­tor so­cio­eco­nó­mi­co tan im­por­tan­te co­mo es la tau­ro­ma­quia?

P. ¿Qué le do­le­ría más, que su hi­jo se afi­lia­ra a Po­de­mos o al Pac­ma?

R. (Se ríe in­clu­so más que con el chis­te). Ya me en­car­ga­ría yo de cam­biar­le de idea por­que me mo­les­ta­rían los dos... Fí­ja­te que, ha­blan­do en se­rio, res­pe­ta­ría sus idea­les por­que lo im­por­tan­te es res­pe­tar las ideas de los de­más. Pe­ro a ver si res­pe­tan tam­bién las nues­tras. La tau­ro­ma­quia no es de de­re­chas ni de iz­quier­das ni de nin­gún par­ti­do po­lí­ti­co. La cultura es del pue­blo.

P. Us­ted fue muy cri­ti­ca­do por ce­le­brar una fae­na en Jaén con una ban­de­ra fran­quis­ta.

R. Ya lo ex­pli­qué. No me di cuen­ta de que lle­va­ba el águila y no era mi in­ten­ción pro­vo­car na­da. Yo no soy pa­ra na­da nos­tál­gi­co pe­ro sí me sien­to es­pa­ñol y muy or­gu­llo­so de ser­lo y de­fien­do mi ban­de­ra, mis idea­les y mis orí­ge­nes.

P. ¿Le da pe­na no to­rear por úl­ti­ma vez en Ca­ta­lu­ña?

R. Qué tris­te­za de ver­dad, qué sen­sa­ción tan pe­no­sa ver un país, per­dón, una re­gión, que ya es­té ro­ta has­ta fa­mi­liar­men­te. Aún así, no soy pe­si­mis­ta y se­gu­ro que po­drán cam­biar las cir­cuns­tan­cias.

P. ¿Qué pa­sa­rá an­tes, que se prohí­ban los to­ros o que se in­de­pen­di­ce Ca­ta­lu­ña?

R. Yo creo que la prohi­bi­ción de los to­ros tar­da­rá y que Ca­ta­lu­ña no se in­de­pen­di­za­rá nun­ca.

P. ¿Qué es lo que más va a echar de me­nos cuan­do de­je los rue­dos?

R. El chip de de­jar de to­rear es­tá ac­ti­va­do y es­toy con­ven­ci­do de que no voy a echar de me­nos el ves­ti­do de to­rear, ni el com­pro­mi­so de ca­da día. Qui­zás sí la adre­na­li­na, esa sen­sa­ción de res­pon­sa­bi­li­dad que sur­ge a prin­ci­pios de ca­da tem­po­ra­da.

P. ¿Al­guien ha in­ten­ta­do con­ven­cer­le de que si­ga?

R. No lo van a con­se­guir, se­gu­ro. No hay pa­so atrás. He sen­ti­do tan­to ca­ri­ño y tan­to res­pe­to en to­das las pla­zas de las que me he des­pe­di­do que ja­más po­dré ol­vi­dar­lo. Pe­ro en­tien­do que des­pués de 25 años y es­tos per­can­ces vi­vi­dos, no voy a echar de me­nos na­da del to­ro en el rue­do.

P. ¿Ha pen­sa­do que ha­bría si­do de us­ted sin el to­reo?

R. Ha­bría si­do pa­na­de­ro, que es lo que era.

P. ¿Y sa­be ya cuán­to le ha cos­ta­do lle­gar has­ta aquí?

R. Cuan­do re­apa­re­cí des­pués de per­der el ojo, vino un día mi ami­go Da­vid de Ma­ría, el can­tan­te, im­pre­sio­na­do por­que me ha­bía vis­to en la por­ta­da del New York Ti­mes. Me de­cía: qui­llo, ¿te has vis­to en la por­ta­da del New York

Ti­mes? Y yo: sí, co­ño, cla­ro. La por­ta­da es pre­cio­sa. Pe­ro tío –me de­cía–, ¿tú sa­bes cuántos es­pa­ño­les han sa­li­do en esa por­ta­da? ¿Tú sa­bes lo que es eso? Cla­ro, co­ño. ¿Y tú sa­bes lo que me ha cos­ta­do?, le di­je. ¿Qué te ha cos­ta­do? Pues un ojo de la ca­ra... Así que eso, lle­gar has­ta aquí me ha cos­ta­do un ojo de la ca­ra y un po­co más.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Mexico

© PressReader. All rights reserved.