Adi­vi­na,

El Sol de Bajío - - Nacional -

La gen­te

Mo­men­tos de

Je­sús an­tes

Qué di­fí­cil es dar con la ca­ra de Dios en el Ce­rro de la Es­tre­lla. Ayer, ba­ña­do en san­gre, ex­pi­ró. Ha­ce más de si­glo y me­dio que Cris­to mue­re ca­da año en la de­le­ga­ción Iz­ta­pa­la­pa en la Ciu­dad de Mé­xi­co. Co­mo ca­da vez, en es­te viacrucis, un jo­ven de la de­mar­ca­ción to­ma el lu­gar de Cris­to. Des­pués de ser con­de­na­do por el pue­blo, Iván Pedro Es­tre­lla Mos­co abra­za su cruz de pino. No­ven­ta y cin­co ki­los so­bre su es­pal­da re­pre­sen­tan el pe­so del mun­do.

Je­sús cae y se le­van­ta co­mo uno que en­fren­ta el miedo, uno que cons­tru­ye su ca­sa de car­tón, uno que di­ce te quie­ro. Co­mo el des­em­plea­do bus­ca y el ham­brien­to so­por­ta. Avan­za co­mo un mi­gran­te en el de­sier­to.

En su ca­mino, sus ojos son cam­pos do­ra­dos, miel, la be­lle­za de la ma­dre… el en­cuen­tro de sus mi­ra­das. En­fer­me­ra por la UNAM, la jo­ven Zai­ra Vir­gi­nia Var­gas, Ma­ría por una vez, llo­ra al ver su­fri­mien­to de su hi­jo. Un car­pin­te­ro de 33 años, un pre­di­ca­dor, un pro­fe­ta, un rey de otro mun­do.

El al­ma ro­ta, el cuer­po ro­to… ayu­da, ¡ne­ce­si­ta ayu­da! ¿Quién to­ma­rá su lu­gar ba­jo el pe­so del ma­de­ro, ba­jo el pe­so del do­lor? ¿Son los en­fer­mos, los pre­sos? ¿El so­lo, el huér­fano? Los “sol­da­dos” iz­ta­pa­la­pen­ses per­te­ne­cen a la mi­li­cia ro­ma­na y vo­ci­fe­ran y em­pu­jan y el cuer­po del ga­li­leo ar­de y el ros­tro

(Isaías 52:14). Si­món de Ci­re­ne es obli­ga­do a ayu­dar al na­za­reno a car­gar la cruz. Los cua­tro ki­ló­me­tros rum­bo al cal­va­rio son re­co­rri­dos por de­ce­nas de na­za­re­nos que des­cal­zos, en san­da­lias o te­nis lle­van cru­ces en las afue­ras de una Je­ru­sa­lén don­de los de­vo­tos co­men chi­cha­rrón, to­man re­fres­co o com­pran dis­cos pi­ra­tas en­vuel­tos en una at­mós­fe­ra olor a pan.

La Ve­ró­ni­ca apa­re­ce en es­ce­na. El amor la mueve tem­blo­ro­sa, pe­ro lim­pia la ca­ra del Maes­tro. En el ve­lo blan­co, el mi­la­gro an­te los dis­pa­ros de cá­ma­ras y ce­lu­la­res: la mu­jer mues­tra el ní­ti­do ros­tro de su Se­ñor.

El “al­bo­ro­ta­dor” cae por se­gun­da y ter­ce­ra vez, co­mo to­dos, co­mo ca­da uno, y se le­van­ta, se le­van­ta… Con­sue­la a las mu­je­res que llo­ran a su pa­so. Iz­ta­pa­la­pa sí es Je­ru­sa­lén. Ahí, co­mo Cris­to, el pue­blo tie­ne sed.

Je­su­cris­to es­tá apun­to de ser cru­ci­fi­ca­do. En las ca­sas ale­da­ñas por cin­co pesos se pue­de pa­sar al ba­ño, to­mar un li­tro de pul­que por 20 y en las vi­na­te­rías en­con­trar promociones de mi­che­la­das por 25.

Los gol­pes y los bo­fe­to­nes no ce­san, Cris­to es des­po­ja­do de su tú­ni­ca y con ella se le va eso que la gen­te lla­ma dig­ni­dad. Co­ro­na de es­pi­nas y el in­fer­nal gol­pe­teo uno a uno de los cla­vos in­cen­dian su car­ne, la car­ne de un dios hom­bre, de un hom­bre que mue­re por sus con­vic­cio­nes, que ama al la­drón de al la­do y de pron­to el mur­mu­llo de sus vo­ces, en­tre las sel­fies de los asis­ten­tes: Je­sús le di­ce: “Hoy es­ta­rás con­mi­go en el Pa­raí­so”.

El Me­sías ve en­tre alu­ci­na­cio­nes de do­lor lo que le han he­cho. ¿Quién te ha gol­pea­do, Je­sús? ¿Los que se di­cen due­ños de otros? ¿El de­lin­cuen­te de cue­llo blan­co? Pe­ro si ya no hay es­cla­vi­tud, ¿por qué su­fres hoy, “Rey de los Ju­díos”? ¿Qué hay del que ma­ta, se­cues­tra, mu­ti­la el al­ma o el cuer­po? Si­gues di­cien­do en tu reino —que no es de es­te mun­do: “per­dó­na­los, Se­ñor, que no sa­ben lo que ha­cen”.

Si­len­cio… un po­bre se ha en­tre­ga­do, ha se­lla­do un pac­to de amor con san­gre.

¿Es­ta­rá con no­so­tros has­ta el fi­nal de los tiem­pos? Y si Iz­ta­pa­la­pa es Je­ru­sa­lén y si ha­ce ca­si dos mil años que dio es­te man­da­mien­to: “ámen­se los unos a los otros”. Y si yo no amo, si no ayu­do, si no doy de co­mer al ham­brien­to, si no doy de be­ber al se­dien­to… yo he gol­pea­do a Cris­to.

HERNÁNDEZ

ex­pec­tan­te a la hora de la muer­te del "Hi­jo de Dios"/RO­BER­TO

FER­NAN­DO LO­PEZ

de su cal­va­rio/

LO­PEZ

la Pa­sión/FER­NAN­DO

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