Cons­tru­yen nue­vos ho­ga­res, mi­gran­tes en To­to­la­pan

Sin es­pe­rar a los apo­yos del Go­bierno, han pues­to ma­nos a la obra con do­na­cio­nes de ma­te­rial des­de EU

El Sol de Cuernavaca - - Local - EM­MA­NUEL RUIZ

Cuan­do el sis­mo del 19 de sep­tiem­bre des­tru­yó la ca­sa de Edith, su pa­dre, un hom­bre de 61 años de edad, no du­dó en des­pren­der­se de un te­rreno he­re­da­do y ob­se­quiár­se­lo, pues, la re­si­den­cia que se ca­yó se en­con­tra­ba en una zo­na de ries­go a la ori­lla de una ba­rran­ca, un lu­gar don­de el pe­li­gro es in­mi­nen­te; hi­zo to­da­vía más: sa­lió de ca­sa con la go­rra pues­ta, par­tió al cam­po y él mis­mo em­pe­zó a cons­truir un nue­vo ho­gar pa­ra la jo­ven fa­mi­lia.

"Es mi hi­ja me­nor y la que más me ne­ce­si­ta; mi hi­jo tam­bién es­tá apo­yan­do y yo me sien­to or­gu­llo­so de ayu­dar­le", re­la­tó Edil­ber­to mien­tras rom­pe la pie­dra pa­ra la mam­pos­te­ría. El tra­ba­jo ape­nas em­pie­za.

UN HO­GAR EN ME­DIO DE LA NA­DA

El nue­vo ho­gar de Edith no ten­drá elec­tri­ci­dad ni agua po­ta­ble, pe­ro fue lo me­jor que pu­do con­se­guir. Con ma­te­ria­les do­na­dos por un gru­po de ga­lle­ros de Es­ta­dos Uni­dos; su pa­dre, su es­po­so y su her­mano tra­ba­jan jun­tos pa­ra le­van­tar las cua­tro pa­re­des que se­rán la mo­ra­da de los dos jó­ve­nes y sus dos hi­jas.

En me­dio de cam­pos en los que se cultivan ji­to­ma­tes y no­pa­les, en To­to­la­pan, ha­brá que es­pe­rar al­gún tiem­po pa­ra que es­ta pe­que­ña fa­mi­lia pue­da vol­ver a go­zar de los pri­vi­le­gios de la mo­der­ni­dad. Co­mo en mu­chos otros ca­sos, el sis­mo del 19 de sep­tiem­bre los ha he­cho em­pe­zar des­de ce­ro en una zo­na en la que ape­nas exis­ten ha­bi­tan­tes.

"Es la úni­ca op­ción que tu­ve, lo más cer­ca que pu­de con­se­guir, por­que me iba a ir más le­jos. Es­ta­re­mos sin luz, sin agua. Aho­ri­ta me­tie­ron un trans­por­te y los mo­to­ta­xis es­tán en­tran­do, pe­ro el ca­mino es­tá pe­li­gro­so", ad­vir­tió la jo­ven ma­dre.

CA­SI­TAS DE FA­VO­RES

Es un pro­yec­to que na­ció en Es­ta­dos Uni­dos cuan­do el gru­po Ga­lle­ros y aman­tes de la plu­ma, coor­di­na­do por Re­né Lu­na y Ra­fael Martín Fran­co, em­pe­zó a en­viar di­ne­ro pa­ra apo­yar a los dam­ni­fi­ca­dos mo­re­len­ses.

Una vez re­ci­bi­do, el re­cur­so se con­vir­tió en ma­te­rial de cons­truc­ción que ha si­do en­tre­ga­do di­rec­ta­men­te en los do­mi­ci­lios de cua­tro fa­mi­lias to­to­la­pen­ses que lo per­die­ron to­do. Cua­tro, por­que no ha al­can­za­do pa­ra más.

Las ca­sas son le­van­ta­das no co­mo ho­ga­res tem­po­ra­les, sino con la as­pi­ra­ción de ser per­ma­nen­tes; son he­chas con block, mam­pos­te­ría, cas­ti­llos y lá­mi­nas tér­mi­cas. La la­bor no ha si­do fá­cil, pe­ro has­ta aho­ra no ha ha­bi­do mo­ti­vos pa­ra re­tro­ce­der. De he­cho, una de las cua­tro vi­vien­das, la de Joaquín, ya fue con­clui­da, y las otras con­ti­núan en pro­ce­so con la es­pe­ran­za de que otras per­so­nas se su­men a un pro­ce­so in­de­pen­dien­te, sin in­ter­ven­ción de de­pen­den­cias de Go­bierno.

"No han ayu­da­do pa­ra na­da", di­jo al res­pec­to Fi­le­món, el hi­jo ma­yor de Joaquín.

¿DÓN­DE ES­TÁN LAS AU­TO­RI­DA­DES?

En el ba­rrio de San Mar­cos hay fa­mi­lias que se que­jan de la nu­la par­ti­ci­pa­ción que han te­ni­do los fun­cio­na­rios en el pro­ce­so de re­cons­truc­ción, más allá de ha­ber rea­li­za­do el cen­so del Fon­do de Desas­tres Na­tu­ra­les (Fon­den), que no les de­jó cer­te­zas.

"No nos han ase­gu­ra­do na­da", afir­mó Ro­ber­ta de 52 años, ha­bi­tan­te de la mis­ma co­mu­ni­dad y una de las cua- tro be­ne­fi­cia­rias de "Ca­si­tas de fa­vo­res". En su ca­so, el cuar­to cons­trui­do se usa­rá pa­ra dar co­bi­jo a los 11 integrantes de la fa­mi­lia, en­tre abue­los, hi­jos y nie­tos.

Si hay al­go en co­mún en­tre es­tas cua­tro fa­mi­lias es la de­ter­mi­na­ción que tu­vie­ron pa­ra em­pe­zar a tra­ba­jar en lu­gar de es­pe­rar a que al­guien más lle­ga­ra a ayu­dar­los, mien­tras el frío y la llu­via se apo­de­ra de su en­torno.

Lo ha­cen con sus pro­pias ma­nos, con el apo­yo de hi­jos, so­bri­nos y nie­tos. In­clu­so los ni­ños cuan­do no es­tán en la es­cue­la se acer­can a los adul­tos pa­ra aca­rrear va­ri­llas o ha­cer ama­rres pa­ra los es­tri­bos.

"De que me que­de sen­ta­do o pa­ra­do, no; siem­pre tra­to de sa­lir ade­lan­te con mi fa­mi­lia, aho­ri­ta no te­ne­mos co­ci­na, pe­ro va­mos a ha­cer el pro­pó­si­to, por­que no pue­de es­tar así co­ci­nan­do mi se­ño­ra, en me­dio del sol, y lue­go la llu­via, y lue­go el pol­vo...".

Y así es, más allá de An­drés, en las al­tu­ras se acer­can nu­bes ca­da vez más os­cu­ras que no ha­cen sino apre­su­rar el rit­mo de la cu­cha­ra que va unien­do los blo­ques de con­cre­to.

"Oja­lá que no llue­va", pi­dió Ro­ber­ta.

GU­DE SER­VÍN

EDIL­BER­TO LE dio a su hi­ja un pe­da­zo de te­rreno, en el que le ayu­da a cons­truir un cuar­to.

GU­DE SER­VÍN

DON JOAQUÍN tie­ne 74 años, y es­tá or­gu­llo­so de sus hi­jos.

LA CA­SA es pér­di­da to­tal, se­ña­ló Ro­ber­ta.

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