Cam­pe­che, una ciudad tran­qui­la que re­ve­la su co­ra­zón amu­ra­lla­do.

Un des­tino en­mar­ca­do por lo co­lo­nial, el ba­rro­co y la pi­ra­te­ría.

Equestrian Life Style - - Contenido - Por Anit­zel Díaz

Ubi­ca­da en el su­r­es­te de Mé­xi­co, en la pe­nín­su­la de Yu­ca­tán y muy cer­ca de Mé­ri­da y Can­cún, se en­cuen­tra San Fran­cis­co de Cam­pe­che, la úni­ca ciudad amu­ra­lla­da de Mé­xi­co. Fun­da­da el 4 de oc­tu­bre de 1540, fue la pri­me­ra vi­lla es­ta­ble­ci­da por los es­pa­ño­les en la pe­nín­su­la y ha si­do de­cla­ra­da Patrimonio de la Hu­ma­ni­dad por la UNESCO con la men­ción de mo­de­lo de pla­ni­fi­ca­ción de una ciudad ba­rro­ca co­lo­nial. Fre­cuen­te­men­te sa­quea­da por pi­ra­tas, la ciudad se for­ti­fi­có en el si­glo XVI. Hoy Cam­pe­che per­ma­ne­ce in­mer­sa en su his­to­ria, sus ca­lles tes­ti­gos del pa­sa­do que ha vi­vi­do.

LA CIUDAD

En Cam­pe­che la vi­da es tran­qui­la. Una ciudad amu­ra­lla­da co­lo­nial, ca­lles em­pe­dra­das, co­lo­res vi­vos des­de el in­ten­so azul del cie­lo has­ta el ama­ri­llo fre­cuen­te­men­te usa­do pa­ra ado­sar las ca­sas. Con­si­de­ra­da Patrimonio de la Hu­ma­ni­dad por la Unesco cuen­ta con varios fuer­tes que han si­do res­tau­ra­dos con­vir­tién­do­los des­de mu­seos, que cuen­tan la his­to­ria de la ciudad, has­ta un pe­que­ño jar­dín bo­tá­ni­co. En las tar­des, el atar­de­cer en el ma­le­cón, más de 3.5 km de pa­seo don­de va pa­san­do uno ca­ño­nes (que re­cuer­dan la ciudad de­fen­dién­do­se de pi­ra­tas) y varios mo­nu­men­tos y es­cul­tu­ras co­mo “La No­via del mar”, una jo­ven cam­pe­cha­na que se enamo­ró de un pi­ra­ta que la aban­do­nó. Ella lo si­gue es­pe­ran­do mirando siem­pre al mar.

En las no­ches siem­pre hay mú­si­ca que es­cu­char en la Pla­za de la In­de­pen­den­cia fren­te a la ca­te­dral de la Conchita. La ciudad se pue­de re­co­rrer en las ma­ña­nas y las tar­des, las ho­ras del me­dio­día la gen­te se re­co­ge del sol. Es una ciudad que guar­da el amor y el res­pe­to de aque­llos que la ha­bi­tan y lo han he­cho por ge­ne­ra­cio­nes.

SA­BO­RES TÍ­PI­COS

Hay que re­co­rrer la Cui­dad de Cam­pe­che a tra­vés de su co­mi­da y es­tar bien aten­tos a días y ho­ras, ya que el cam­pe­chano si­gue un es­tric­to ré­gi­men ali­men­ti­cio. Es muy co­mún que los cam­pe­cha­nos desa­yu­nen una tran­ca: tor­ta de le­chón tos­ta­do, pe­ro, aten­ción, des­pués de las 10 de la ma­ña­na ya no se en­cuen­tran. Tam­bién la cos­tum­bre es que los lu­nes se co­ma fri­jol con puer­co; los do­min­gos, pu­che­ro (cal­do de car­ne de res con ver­du­ras); los jue­ves, bis­tec de ca­zue­la; los vier­nes, pes­ca­do fres­co. El sá­ba­do en la no­che se co­me el cho­co­lo­mo (gui­so de car­nes y ri­ño­nes).

Las ce­na­du­rías, co­mo la más fa­mo­sa, la San Fran­cis­co abren a las 7 de la tar­de ni un mi­nu­to an­tes. Im­pres­cin­di­ble or­de­nar el pa­vo cla­ve­tea­do, que só­lo se pue­de pe­dir por las no­ches, y el agua de piña con cha­ya. En el par­que San Mar­tín es­tá la ce­na­du­ría más an­ti­gua: la Conchita Cue­vas, que an­tes fue due­ña de la San Fran­cis­co. Son es­tas cos­tum­bres las que mar­can el rit­mo de la ciudad.

Otros pla­ti­llos im­per­di­bles son el re­lleno ne­gro —el co­lor lo ad­quie­re de la que­ma de chi­les y tor­ti­llas, to­do es­to se con­vier­te en una pas­ta que se di­lu­ye pa­ra ha­cer el cal­do— se sir­ve con car­ne de pa­vo o po­llo, el re­lleno es car­ne mo­li­da de cer­do con hue­vo, ade­más, el Pan de Ca­zón que con­sis­te en una pe­que­ña to­rre de tor­ti­llas y ca­zón ba­ña­da en sal­sa de ji­to­ma­te.

EL MAR Y LOS AL­RE­DE­DO­RES

La ciudad mi­ra al mar. Aun­que la pes­ca no es bue­na, o no lo fue pa­ra no­so­tros, el pa­seo en lan­cha de un día es in­creí­ble. Las aguas son po­co pro­fun­das, la na­tu­ra­le­za, los pai­sa­jes van de in­trin­ca­dos man­gla­res que ape­nas de­jan pa­sar la luz del sol a sor­pre­sas co­mo es­pec­ta­cu­la­res ojos de agua con to­das las to­na­li­da­des del ver­de al azul.

Hay que pa­sar uno o dos días re­co­rrien­do los al­re­de­do­res. Se en­cuen­tra He­cel­cha­kan don­de se ha­ce la me­jor co­chi­ni­ta pi­bil; Bé­cal don­de las mu­je­res te­jen som­bre­ros de ji­pi (una pal­ma que mi­de en­tre 1 y 2 me­tros de al­tu­ra) en cue­vas (por la hu­me­dad). El Mo­nas­te­rio Ca­sa Be­ta­nia, don­de se ha­cen exor­cis­mos, ca­mino a la Ha­cien­da Ua­ya­mon (aho­ra ho­tel) y las rui­nas ar­queo­ló­gi­cas de Edz­ná.

“La sal del mar en nues­tras ve­nas / va a bor­bo­to­nes; / te­ne­mos san­gre de si­re­nas / y de tri­to­nes” Ru­bén Da­río

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