“La fe­li­ci­dad está en ti”... Di­cen, y di­cen mu­cho

¿En qué con­sis­te la fe­li­ci­dad? Mu­chos di­cen te­ner la res­pues­ta, pe­ro po­cos pa­re­cen en­con­trar­la ver­da­de­ra­men­te.

GQ (México) - - VOCES - Por Odin Du­pey­ron

Hay mu­chas teo­rías so­bre la fe­li­ci­dad. Al­gu­nos di­cen que es una de­ci­sión, que la fe­li­ci­dad es una for­ma de ver la vi­da, que es el ca­mino, no la me­ta; o nos di­cen que la fe­li­ci­dad está he­cha de ins­tan­tes. Otros más osa­dos afir­man con­tun­den­te­men­te que la fe­li­ci­dad es nues­tra ra­zón de ser: “Ve­ni­mos a ser fe­li­ces”, ase­gu­ran, co­mo si tu­vie­ran un ac­ce­so, pa­ra to­dos los de­más ines­cru­ta­ble, a la mis­mí­si­ma ra­zón de la exis­ten­cia. A mí, que “ven­ga­mos a ser fe­li­ces” ya co­mien­za a pa­re­cer­me de­ma­sia­do obli­ga­to­rio; y eso de la fe­li­ci­dad co­mo fin úl­ti­mo de la vi­da… Lo sien­to po­co fér­til.

Si bien la fe­li­ci­dad es un sen­ti­mien­to ma­ra­vi­llo­so, ya está so­bre­va­lo­ra­do, por­que no es ni el más ins­pi­ra­dor, ni el que más arro­ja al hom­bre a gran­des cosas. Los gran­des lo­gros de la hu­ma­ni­dad no se die­ron des­de la fe­li­ci­dad. El co­ra­je, el do­lor, el amor, la an­sie­dad, el mie­do, la in­sa­tis­fac­ción y has­ta el abu­rri­mien­to nos in­ci­tan mu­cho más a cosas ex­tra­or­di­na­rias. Pe­ro me pa­re­ce que la fe­li­ci­dad o la bús­que­da de és­ta (que sí es dig­na de per­se­guir­se), ade­más de ser muy per­so­nal, de­pen­de de mu­chas cosas.

Lo pri­me­ro que ha­bría que acla­rar es que la fe­li­ci­dad no es es­tar con­ten­to. Es­tar con­ten­to y ser fe­liz son dos cosas com­ple­ta­men­te di­fe­ren­tes. El es­ta­do de ex­ci­ta­ción que pro­du­ce es­tar con­ten­to es in­sos­te­ni­ble por lar­gos pe­río­dos de tiem­po, y si lo fue­ra, se­gu­ro se­ría ago­ta­dor. La fe­li­ci­dad tie­ne que ver más con el pla­cer de la sa­tis­fac­ción. Y a ca­da quién le sa­tis­fa­cen di­fe­ren­tes cosas. Ca­da quién de­be­ría te­ner la po­si­bi­li­dad de, al me­nos, in­ten­tar al­can­zar aque­llo que le sa­tis­fa­ga. Pe­ro pa­ra po­der sa­ber qué es lo que te sa­tis­fa­ce, ne­ce­si­tas sa­ber quién eres; así sa­brás qué es lo que real­men­te te ha­ce fe­liz. Es muy útil de­jar de per­se­guir la fe­li­ci­dad de otros pa­ra bus­car la tu­ya.

El au­to­co­no­ci­mien­to te da au­to­no­mía y esa au­to­no­mía te da li­ber­tad, la li­ber­tad de ser, de ac­tuar, de ir, de an­dar, de ele­gir por y pa­ra ti. Pe­ro ser, ir, an­dar, ac­tuar y ele­gir por y pa­ra ti no es fá­cil, se ne­ce­si­tan hue­vos (los ova­rios tam­bién son hue­vos, en el ca­so de las mu­je­res) pa­ra atre­ver­te a ser tú; así que me pa­re­ce que la fe­li­ci­dad tie­ne mu­cho de co­ra­je.

Tam­bién sue­le de­cir­se que la fe­li­ci­dad son mo­men­tos que hay que apro­ve­char cuan­do lle­guen y, cuan­do se van, so­por­tar el do­lor. Aun­que es­toy de acuer­do en que hay ins­tan­tes de enor­me sa­tis­fac­ción (ra­zón por la cual se sien­te fe­li­ci­dad), la vi­da no de­be­ría re­du­cir­se úni­ca­men­te a mo­men­tos in­ter­mi­ten­tes en­tre do­lo­res y ale­grías. La fe­li­ci­dad de­be­ría ser una cons­tan­te, aun en me­dio de los do­lo­res más pro­fun­dos de la vi­da.

Creo que la ver­da­de­ra fe­li­ci­dad es una sa­tis­fac­ción pro­fun­da de tu vi­da (por có­mo vi­ves), y si vi­ves bien, esa fe­li­ci­dad se ha­ce más in­ten­sa y sa­tis­fac­to­ria to­da­vía con los años (la fe­li­ci­dad por có­mo has vi­vi­do). El asun­to es que esa pro­fun­da sa­tis­fac­ción por có­mo lle­vas tu vi­da re­quie­re bue­nas de­ci­sio­nes (no siem­pre, pe­ro en su ma­yo­ría), ele­gir sa­bia­men­te y con el ma­yor dis­cer­ni­mien­to po­si­ble, in­clu­so, a ve­ces, con do­lor. No, la fe­li­ci­dad no es un mo­men­to o una so­la elec­ción, la fe­li­ci­dad se cons­tru­ye a tra­vés de una se­rie de bue­nas y ati­na­das de­ci­sio­nes que vas to­man­do a lo lar­go de la vi­da (no siem­pre, pe­ro en su ma­yo­ría).

Con­clu­yo, con mi ex­pe­rien­cia, que la fe­li­ci­dad no es fá­cil, no es gra­tis, no es un “agre­ga­do” de la vi­da. A la ver­da­de­ra fe­li­ci­dad te la ga­nas, la cons­tru­yes, la fa­bri­cas con esa mez­cla de au­to­co­no­ci­mien­to, au­to­no­mía, co­ra­je, sa­bi­du­ría y do­lor.

Así que, de­fi­ni­ti­va­men­te, la fe­li­ci­dad está en ti... Sí, es­toy de acuer­do con los gran­des fi­ló­so­fos: la fra­se es cier­ta y cla­ra, só­lo agre­ga­ría (con mi ex­pe­rien­cia y en mi es­ti­lo): La fe­li­ci­dad está en ti… si apren­des a co­no­cer­te y le chin­gas; si eli­ges sa­bia- men­te una pa­re­ja, un tra­ba­jo y a tus ami­gos; si te ha­ces res­pon­sa­ble de tus erro­res y le chin­gas; si no te me­tes chin­ga­de­ras y cui­das tu cuer­po; si no te jun­tas con gen­te es­tú­pi­da o des­equi­li­bra­da y le chin­gas; si pien­sas an­tes de ac­tuar y no vi­ves a lo pen­de­jo; si asu­mes la reali­dad aun­que no te gus­te y le chin­gas; si le en­tras con he­roís­mo a la jo­da inevi­ta­ble de la vi­da y le chin­gas; si apren­des cuán­do sol­tar y no te afe­rras, si no tra­tas de evi­tar lo inevi­ta­ble; si no an­das con ma­ma­das y te po­nes en tus ma­nos y no en las de los de­más, y le chin­gas; si res­pe­tas la li­ber­tad de los de­más y le chin­gas, y le chin­gas, y le chin­gas… La fe­li­ci­dad sí es­ta en ti… ¡si le chin­gas!

Es escritor, pro­duc­tor, ac­tor y di­rec­tor de tea­tro. Des­de ha­ce on­ce años ha con­quis­ta­do los es­ce­na­rios de Mé­xi­co con sus mo­nó­lo­gos ¡A vi­vir! y Vein­ti­dós, Vein­ti­dós. Sus dos li­bros: Y co­lo­rín co­lo­ra­do es­te cuen­to aún no se ha aca­ba­do y ¿Nos to­ma­mos un ca­fé? son un éxi­to en ven­tas.

La fe­li­ci­dad no es só­lo un mo­men­to, sino al­go que cons­tru­yes a lo lar­go de tu vi­da.

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