Los pa­dres fun­da­do­res

Historias de la Historia del computo en Mexico - - LOS PADRES FUNDADORES -

Con­tar, compu­tar, es tan vie­jo como la hu­ma­ni­dad y qui­zás más; si es que los pri­ma­tes po­seen esa ca­pa­ci­dad. La cuen­ta se pier­de en los si­len­cios de la prehis­to­ria, esa épo­ca en la que los hom­bres no ha­bían in­ven­ta­do la es­cri­tu­ra y re­apa­re­ce des­pués en los tra­zos cu­nei­for­mes de los ba­bi­lo­nios.

El cómpu­to si­gue a tra­vés de los si­glos un ca­mino as­cen­den­te de abs­trac­ción; se vuel­ve li­te­ral, in­va­de los te­rre­nos de la ló­gi­ca, se ha­ce bi­na­rio y di­gi­tal. Ca­da ge­ne­ra­ción apor­ta al ba­ga­je de he­rra­mien­tas de cálcu­lo: Al­gu­na los lo­ga­rit­mos, otra los es­cri­be so­bre un re­gla des­li­zan­te y otra más crea un al­go­rit­mo pa­ra cal­cu­lar­los como su­mas in­fi­ni­tas de nú­me­ros.

Los hom­bres sue­ñan má­qui­nas que los li­be­ren de la ru­ti­na de las su­mas. Ima­gi­nan ar­mo­nías de en­gra­nes, que res­pe­tan las je­rar­quías de las po­ten­cias de diez. Im­pre­sio­nan­tes in­ge­nios, ro­mán­ti­cos re­cuer­dos de un mun­do me­cá­ni­co, que mar­cha­ba como un re­loj.

El si­glo XIX, con los avan­ces del elec­tro­mag­ne­tis­mo, pre­pa­ra el te­rreno pa­ra el sur­gi­mien­to de los nuevos apa­ra­tos de cal­cu­lar. Se in­ven­ta el re­le­va­dor, que per­mi­te a Kon­rad Zu­se, al si­glo si­guien­te cons­truir sus má­qui­nas, an­te­rio­res a los bul­bos.

El si­glo XX es de un desa­rro­llo ver­ti­gi­no­so pa­ra los apa­ra­tos de cálcu­lo: Se in­ven­ta el bul­bo, lue­go el tran­sis­tor, los cir­cui­tos im­pre­sos y los mi­cro­pro­ce­sa­do­res. La mi­nia­tu­ri­za­ción pa­re­ce no te­ner lí­mi­te y la ley de Moo­re va dan­do más y más po­der de cómpu­to por el mis­mo pre­cio.

Cues­ta tra­ba­jo, des­de es­te ini­cio del si­glo XXI, creer que ha­ce po­co más de me­dio si­glo no ha­bía en Mé­xi­co ni una so­la má­qui­na elec­tró­ni­ca de cálcu­lo. El 18 de Ju­nio de 1958 se echó a an­dar en la Uni­ver­si­dad Na­cio­nal Au­tó­no­ma de Mé­xi­co (UNAM), la pri­me­ra de ellas: una IBM 650, usa­da, que pro­ve­nía de la Uni­ver­si­dad de Ca­li­for­nia. Con ella se inau­gu­ró el primer cen­tro de cómpu­to de Mé­xi­co.

Es­te he­cho ini­ció una era en la vida del país. Otras dos im­por­tan­tes ins­ti­tu­cio­nes de en­se­ñan­za su­pe­rior, el Ins­ti­tu­to Po­li­téc­ni­co Na­cio­nal (IPN) y el Tec­no­ló­gi­co de Es­tu­dios Su­pe­rio­res de Mon­te­rrey (ITESM) crea­ron, po­cos años des­pués, sus pro­pios cen­tros de cómpu­to. En ca­da una de esas ins­ti­tu­cio­nes hu­bo un hom­bre al que el des­tino dis­tin­guió po­nién­do­lo al fren­te de los es­fuer­zos de su co­mu­ni­dad. En la UNAM fue Ser­gio Bel­trán, en el Po­li­téc­ni­co Mi­guel Án­gel Bar­be­re­na y en el Tec­no­ló­gi­co de Mon­te­rrey, Jo­sé Tre­vi­ño Ábre­go.

La for­tu­na nos per­mi­tió co­no­cer­los a los tres y pla­ti­car con ellos.

A Ser­gio Bel­trán lo co­no­ci­mos por 1996 cuan­do, de re­gre­so a la UNAM, es­ta­ba echan­do a an­dar un pos­gra­do en cómpu­to en la Fa­cul­tad de In­ge­nie­ría, se­guía sien­do un hom­bre lleno de chis­pa e in­te­li­gen­cia, que con­ta­gia­ba ga­nas de vi­vir. Pla­ti­ca­mos mu­chas ve­ces, fren­te a la gra­ba­do­ra y sin ella. Fren­te a bue­nos pla­tos y me­jo­res va­sos.

A Mi­guel Án­gel Bar­be­re­na lo co­no­ci­mos cuan­do em­pe­za­mos a in­tere­sar­nos en es­cri­bir unas no­tas so­bre la his­to­ria del cómpu­to en Mé­xi­co. Al­guien se lo co­men­tó y él gen­til­men­te nos lla­mó pa­ra in­vi­tar­nos a pla­ti­car y mos­trar­nos do­cu­men­tos his­tó­ri­cos. Con­ver­sa­mos con él dos ve­ces: una, la oca­sión en que nos in­vi­tó a una reunión con per­so­na­jes de la his­to­ria del cómpu­to del IPN y otra, con mo­ti­vo de la me­sa re­don­da que or­ga­ni­za­mos en la Di­rec­ción Ge­ne­ral de Ser­vi­cios de Cómpu­to Aca­dè­mi­co de la UNAM, ha­ce diez años, por el 40 aniver­sa­rio del cómpu­to en Mé­xi­co. En esa me­sa re­don­da, que nos to­có mo­de­rar, tam­bién par­ti­ci­pó el In­ge­nie­ro Ser­gio Bel­trán. De nin­gu­na de es­tas dos con­ver­sa­cio­nes, con Mi­guel Án­gel Bar­be­re­na, hay re­gis­tro, que­dan só­lo al­gu­nas fo­tos. La con­ver­sa­ción con él, que aquí se in­clu­ye, se ar­mó con ba­se en la pre­sen­ta­ción que hi­zo el In­ge­nie­ro Bar­be­re­na an­te los asis­ten­tes al Primer Con­gre­so La­ti­noa­me­ri­cano so­bre la Compu­tación Elec­tró­ni­ca en la En­se­ñan­za Pro­fe­sio­nal en 1964 y lle­va el ti­tu­lo que él le dio.

A Jo­sé Tre­vi­ño Ábre­go lo co­no­ci­mos en 2002 cuan­do di­ri­gien­do la aso­cia­ción ci­vil UNETE, crea­mos un Con­se­jo Ase­sor Tec­no­ló­gi­co y él fue el re­pre­sen­tan­te del Tec­no­ló­gi­co de Mon­te­rrey an­te

di­cho Con­se­jo. En esa épo­ca ha­bla­mos con él del pro­yec­to que te­nía­mos de es­cri­bir so­bre la his­to­ria del cómpu­to en Mé­xi­co y que­da­mos de con­ver­sar con más cal­ma. La plá­ti­ca nun­ca ocu­rrió, has­ta aho­ra en que lo lo­ca­li­za­mos pa­ra pe­dir­le nos ayu­da­ra a re­dac­tar la par­te del ini­cio del cómpu­to en el ITESM.

Ellos tres y el doc­tor Al­ber­to Ba­ra­jas son los pa­dres fun­da­do­res del cómpu­to en Mé­xi­co, de ellos ha­bla es­te primer ca­pí­tu­lo del li­bro “Las his­to­rias de la His­to­ria del cómpu­to en Mé­xi­co”.

En es­te ca­pí­tu­lo se in­clu­yen cin­co his­to­rias, una pa­ra ca­da uno de los ini­cios de los tres cen­tros pri­mi­ge­nios y un par más pro­ve­nien­tes de tes­ti­mo­nios de per­so­nas que vi­vie­ron los ini­cios de los cen­tros de cómpu­to en la UNAM y el IPN.

Un co­men­ta­rio es­pe­cial me­re­ce el doc­tor Ba­ra­jas. Él era el Coor­di­na­dor de la Investigación Cien­tí­fi­ca de la UNAM, en el mo­men­to de la lle­ga­da de la pri­me­ra compu­tado­ra y fue pie­za clave, jun­to con el rec­tor Na­bor Ca­rri­llo pa­ra que Ser­gio Bel­trán pu­die­ra traer la IBM 650 a Mé­xi­co. Es uno de los ases de la ter­cia a la que se re­fie­re el tí­tu­lo de la en­tre­vis­ta a Ser­gio Bel­trán.

Al­ber­to Ba­ra­jas, con su ca­be­llo blan­co, que evo­ca­ba a Eins­tein y le da­ba un ai­re de se­ño­río, fue un maes­tro -en el sen­ti­do más am­plio de la pa­la­bra- muy que­ri­do y ad­mi­ra­do en la Fa­cul­tad de Cien­cias de la UNAM.

En 1998, cua­ren­ta años des­pués de la lle­ga­da de la pri­me­ra compu­tado­ra, tra­ta­mos de en­tre­vis­tar­lo, pa­ra co­no­cer su pun­to de vis­ta. Era to­da­vía un hom­bre muy ac­ti­vo. Lo en­con­tra­mos en la ca­fe­te­ría de los pro­fe­so­res en la Fa­cul­tad de Cien­cias y le pe­di­mos que nos pla­ti­ca­ra su his­to­ria. Nos mi­ró con can­san­cio y no qui­so re­pe­tir lo que ha­bía di­cho, ya mu­chas ve­ces.

Me pa­re­ció de­sen­can­ta­do y tris­te, por la au­sen­cia de sus ami­gos de to­da la vida. He­mos de ha­ber pues­to ca­ra de de­cep­ción por sus pri­me­ras fra­ses, pues des­pués de la ne­ga­ti­va y la tris­te­za, son­rió ge­ne­ro­so y lan­zó una fra­se de sa­tis­fac­ción.

Es­ta son las lí­neas que es­cri­bi­mos tan pron­to pu­di­mos te­ner pa-

pel y lá­piz. Es una ver­sión li­te­ral de lo que nos con­tes­tó, tan­to como la pu­di­mos re­te­ner:

“…Aho­ra es­toy en mi año sa­bá­ti­co, ten­go la ca­be­za en otras co­sas. Ade­más ya se me han ol­vi­da­do, ten­go una idea ge­ne­ral de có­mo fue­ron...

Es­tas co­sas ya las he di­cho. Se per­die­ron y si las vuel­vo a de­cir se van a vol­ver a per­der.

Ima­gí­ne­se que me mo­rí. Ya mis ami­gos se mu­rie­ron to­dos, ya se mu­rió Na­bor.

Pe­ro me da mu­cho gus­to, me da mu­cho gus­to ver como ha fruc­ti­fi­ca­do to­do es­to, la se­mi­lla que pu­si­mos en 1958 y es que Mé­xi­co ha cre­ci­do como una sel­va. Ver tan­ta gen­te in­te­li­gen­te ha­cien­do tan­tas co­sas...”

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