LE­GA­DO MÁ­GI­CO

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Es co­no­ci­da la anéc­do­ta his­tó­ri­ca en la cor­te del Rey Fer­nan­do VI en Es­pa­ña. Pie­rre Jaquet-Droz via­jó en 1758 pa­ra pre­sen­tar sus ma­ra­vi­llo­sos au­tó­ma­tas. Nu­me­ro­sos cor­te­sa­nos al­bo­ro­ta­ron pa­la­cio to­tal­men­te asus­ta­dos e in­cré­du­los. El re­lo­je­ro estuvo a pun­to de ser acu­sa­do de he­te­ro­do­xo an­te la San­ta In­qui­si­ción. Aque­llo fue só­lo el co­mien­zo de la ex­tra­or­di­na­ria ca­rre­ra del maes­tro. Pie­rre Jaquet-Droz se hi­zo ri­co y fa­mo­so. El Rey mos­tró su gus­to per­so­nal por un re­loj con un pas­tor que to­ca­ba la flau­ta, y un pe­rro que cui­da­ba una ca­nas­ta de man­za­nas. El lla­ma­do “Shep­herd´s Clock” se con­ser­va en Es­pa­ña en uno de sus museos rea­les. Pie­rre Jaquet–Droz cre­ció en el Can­tón de Neu­châ­tel, muy cer­ca del Lac des Bre­nets. To­do el esplendor de la na­tu­ra­le­za que se plas­ma y per­du­ra en las crea­cio­nes de la mar­ca ac­tual­men­te. En 1738, es­ta­ble­ció su pri­mer ta­ller en La Chaux-de-Fonds. Y en 1766 co­men­za­ría con sus pro­yec­tos más cer­te­ros pa­ra la crea­ción de au­tó­ma­tas. Jun­to a su hijo Hen­riLouis Jaquet-Droz (ma­te­má­ti­co, fí­si­co, di­bu­jan­te y mú­si­co), sus so­bre­sa­lien­tes y com­ple­jas crea­cio­nes me­cá­ni­cas pro­vo­ca­ron el asom­bro en su tiem­po. Pie­rre y Hen­ri-Louis fa­lle­cie­ron en 1790 y 1791, res­pec­ti­va­men­te. Un des­tino cer­te­ro con só­lo un año de di­fe­ren­cia. La re­vo­lu­ción fran­ce­sa y las pos­te­rio­res gue­rras na­po­leó­ni­cas su­pu­sie­ron el fin de una ca­sa fa­mi­liar que no en­con­tró su­ce­so­res. Des­de ha­ce 17 años, Mon­tres Jaquet Droz per­te­ne­ce a Swatch Group, que ha lo­gra­do re­vi­vir su es­pí­ri­tu y res­ta­ble­cer el pres­ti­gio con to­tal fi­de­li­dad a sus va­lo­res y raí­ces. Des­pués de un re­co­rri­do cen­te­na­rio de gran­des crea­cio­nes, la mar­ca lle­ga a Mé­xi­co de la mano de Thiël Bu­ti­ke en Ma­saryk. En to­tal, la fir­ma pro­du­ce 3,000 pie­zas ca­da año. El cul­to al co­lec­cio­nis­mo en­cuen­tra nue­vas crea­cio­nes más que jus­ti­fi­ca­das.

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