Rein­ser­ta

Rein­ser­ta na­ce de una preo­cu­pa­ción ge­nui­na y co­mún a to­dos los ha­bi­tan­tes de nues­tro país: nues­tra se­gu­ri­dad. A la ma­yo­ría nos preo­cu­pa lo que su­ce­de en las ca­lles, so­le­mos ol­vi­dar que el cri­men, la vio­len­cia y to­das las con­se­cuen­cias que traen con­si­go, t

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Es­te pro­yec­to sur­ge de la ne­ce­si­dad que en­cuen­tran Sas­kia Ni­ño de Ri­ve­ra, Mer­ce­des Castañeda, Fer­nan­da Do­ran­tes y Adán Pla­ta de ha­cer­nos res­pon­sa­bles co­mo so­cie­dad ci­vil de exi­gir­le al go­bierno cam­bios que im­pli­quen eli­mi­nar ci­fras ac­tua­les co­mo que el 75% de las ex­tor­sio­nes y el 50% de los se­cues­tros en Mé­xi­co ope­ran des­de la cár­cel. El pro­ble­ma es que, aun­que aten­ta con­tra nues­tra li­ber­tad y nues­tra in­te­gri­dad, co­mo ciu­da­da­nos he­mos de­ci­di­do vol­tear ha­cia el otro la­do e ig­no­rar lo que pa­sa en las cár­ce­les. Rein­ser­ta es una or­ga­ni­za­ción que ac­túa pa­ra re­ver­tir es­tas ci­fras.

Cuén­ta­nos un po­co so­bre Rein­ser­ta y lo que en­glo­ba el pro­yec­to.

El sis­te­ma pe­ni­ten­cia­rio es muy pro­ble­má­ti­co y por su­pues­to que es im­po­si­ble tra­tar con to­dos los pro­ble­mas que es­te en­fren­ta. La com­ple­ji­dad, la co­rrup­ción y la im­pu­ni­dad, se en­cuen­tran a mu­chos ni­ve­les y no hay una so­lu­ción di­rec­ta que abar­que to­do el sis­te­ma co­mo tal, en­ton­ces te­ne­mos que em­pe­zar por so­lu­cio­nar di­fe­ren­tes te­mas.

Rein­ser­ta tra­ba­ja con tres as­pec­tos: ado­les­cen­tes en con­flic­to con la ley, ni­ños y ma­más en pri­sión, ade­más de to­do el te­ma de gé­ne­ro en pri­sión y, por úl­ti­mo, cau­sas jus­tas, es de­cir, gen­te inocen­te en pri­sión y su de­fen­sa le­gí­ti­ma, ya que, por su vul­ne­ra­bi­li­dad y ma­yor­men­te por su edu­ca­ción, son abu­sa­das. Es­te úl­ti­mo fren­te es­tá ba­sa­do en The Ino­cen­ce Pro­ject lle­va­do a ca­bo en Es­ta­dos Uni­dos.

Pa­ra em­pe­zar, de­ci­di­mos ata­car es­tos tres fren­tes, sin per­der de vis­ta el cre­ci­mien­to, por­que Rein­ser­ta bus­ca una fun­da­ción que se que­de. El cre­ci­mien­to va con­for­me va­mos en­con­trán­do­nos con las pro­ble­má­ti­cas que ten­gan que ver con el sis­te­ma pe­ni­ten­cia­rio.

Há­bla­nos un po­co del te­ma de ma­dres e hi­jos en el sis­te­ma pe­ni­ten­cia­rio y los con­flic­tos de gé­ne­ro con los que us­te­des tra­ba­jan.

El 5% de la po­bla­ción pe­ni­ten­cia­ria son mu­je­res. Al mo­men­to de me­ter a una mu­jer en pri­sión, tam­bién te es­tás me­tien­do en el as­pec­to de la fa­mi­lia, es­tás de­jan­do ni­ños des­am­pa­ra­dos y en Mé­xi­co no exis­te pro­gra­ma al­guno que ten­ga que ver con las con­se­cuen­cias de es­ta si­tua­ción. No hay apo­yo pa­ra be­cas, o apo­yo pa­ra el cui­da­do de es­tos ni­ños, na­die vi­gi­la con quién se que­dan, no exis­te un re­gis­tro de dón­de es­tán los hi­jos de las mu­je­res que es­tán en la cár­cel. En­ton­ces, sin al­guien que los cui­de ¿có­mo rom­pe­mos con el pa­trón cri­mi­nal que he­re­dan es­tos ni­ños? A lo an­te­rior se su­ma el ca­so de los ni­ños que na­cen y pa­san los pri­me­ros años de su vi­da en la cár­cel. La edad de los ni­ños de la cár­cel va­ría por es­ta­do, y co­mo no es­ta­ba re­gu­la­da, ha­bía­mos de­tec­ta­do ni­ños de 14 y 15 años en el pe­nal de Aca­pul­co, por ejem­plo, uno de 9 en Oa­xa­ca. Ya lo­gra­mos que se ho­mo­lo­ga­ra y en no­viem­bre pa­só la ley que re­gu­la la ma­ter­ni­dad en pri­sión y la edad de los ni­ños en la cár­cel se­rá has­ta los 3 años, pe­ro en­tra en vi­gor has­ta no­viem­bre de 2017.

¿Có­mo es la vi­da pa­ra un ni­ño den­tro de un pe­nal?

Así co­mo co­no­ce­mos la cár­cel, es la reali­dad que vi­ve el ni­ño. Lo más pe­li­gro­so y lo más di­fí­cil que vi­ven los ni­ños en la cár­cel es la nor­ma­li­za­ción de la vio­len­cia. Ya el en­torno de una cár­cel es, por la na­tu­ra­le­za del en­cie­rro, vio­len­to, y lue­go sú­ma­le las con­ver­sa­cio­nes y las con­duc­tas a las que se van adap­tan­do. Ellos no co­no­cen otra reali­dad, las cua­tro pa­re­des de una cár­cel son ab­so­lu­ta­men­te to­do su mun­do. Des­pués de eso, se ven en­fren­ta­dos a un pro­ce­so de se­pa­ra­ción. ¿Có­mo le ex­pli­cas a un ni­ño de seis años, que es el ca­so de la Ciu­dad de Mé­xi­co, que él va a sa­lir de la cár­cel a un mun­do des­co­no­ci­do y nue­vo y que su ma­má no? ¿Có­mo le ex­pli­cas que su ma­má in­frin­gió la ley, que co­me­tió un de­li­to, que las­ti­mó a una so­cie­dad?

¿Qué ha­cen una vez que es­tos ni­ños sa­len de la cár­cel? ¿De quién de­pen­den?

La ma­yo­ría se van a ca­sas ho­gar, no tan­to por­que no ten­gan fa­mi­lia­res. Las mu­je­res en pri­sión, en ge­ne­ral, son aban­do­na­das. Hay un te­ma de ma­chis­mo ra­rí­si­mo en los pe­na­les de Mé­xi­co, don­de el 95% de las mu­je­res no re­ci­ben vi­si­tas. En­ton­ces mu­chas de ellas pien­san que si tie­nen una her­ma­na que ha­ce dos años que no las vi­si­ta ¿có­mo le van a dar a su hi­jo? Lo más se­gu­ro, si no las van a ver a ellas, es que no les lle­ven a sus hi­jos tam­po­co. En la ca­sa ho­gar se ase­gu­ran de que les van a lle­var a su hi­jo una vez al mes y si­guen te­nien­do la pa­tria po­tes­tad.

Có­mo ma­ne­jar la ma­ter­ni­dad en la cár­cel sin ha­cer­le da­ño a tu hi­jo, es to­do un te­ma que re­quie­re apren­di­za­je y cier­to ma­ne­jo de emo­cio­nes que, sien­do una mu­jer en pri­sión, la ma­yo­ría no lo tie­nen. Rein­ser­ta se ha de­di­ca­do a tra­ba­jar to­do el te­ma de gé­ne­ro y de ma­ter­ni­dad en pri­sión con los ni­ños en la cár­cel, ge­ne­ran­do po­lí­ti­cas pú­bli­cas, cam­bian­do las le­yes, y so­bre to­do, po­si­cio­nan­do el te­ma.

Es­to es al­go que di­go con mu­cho or­gu­llo: an­tes de Rein­ser­ta, es­tos ni­ños eran com­ple­ta­men­te in­vi­si­bles. No exis­tían en nin­gu­na ley, na­die sa­bía de ellos, na­die sa­bía si­quie­ra que ha­bía ni­ños.

Cuan­do crea­mos el pro­yec­to, no sa­bía­mos que ha­bía ni­ños en la cár­cel. Cuan­do en­tré a la cár­cel por primera vez y vi ni­ños, di­je: “¿Qué es es­to?” “Son los hi­jos de las in­ter­nas”. “¿Y ellos qué ha­cen aquí?” “Aquí vi­ven”. Cla­ro, tie­ne to­da la ló­gi­ca.

Lo más im­por­tan­te de es­te pro­yec­to es rom­per los pa­tro­nes que men­cio­na­mos arri­ba. Nor­mal­men­te, la mu­jer en pri­sión, va de la mano con un hom­bre. No co­noz­co a la mu­jer lí­der de ban­da de se­cues­tra­do­res. Siem­pre van de la mano con al­guien, nor­mal­men­te es el aman­te, el es­po­so, el her­mano. En Mé­xi­co exis­te un fac­tor es­pe­cial que son fa­mi­lias cri­mi­nó­ge­nas. En­ton­ces ¿có­mo rom­pe­mos pa­tro­nes cri­mi­nó­ge­nos? ¿Có­mo le da­mos opor­tu­ni­da­des a es­tos ni­ños, le­jos de po­si­cio­nar­los den­tro de un nú­cleo fa­mi­liar, so­cial o cul­tu­ral cri­mi­nal? Esa es una par­te im­por­tan­te pa­ra fre­nar la in­se­gu­ri­dad en Mé­xi­co.

¿Hay di­fe­ren­cias en la si­tua­ción de hom­bres y mu­je­res en la cár­cel?

En Mé­xi­co, el fe­nó­meno de la mu­jer cri­mi­nal es re­la­ti­va­men­te nue­vo. En los úl­ti­mos diez años ha cre­ci­do 136% y hoy, si­guen sien­do so­lo el 5% de la po­bla­ción pe­ni­ten­cia­ria. O sea, el 95% de la gen­te que es­tá en la cár­cel son hom­bres, lo que ge­ne­ra que en Mé­xi­co no ha­ya cul­tu­ra de gé­ne­ro en las cár­ce­les. El 80% de los es­ta­dos tie­nen pe­na­les mix­tos. Co­mo no pue­den es­tar jun­tos hom­bres y mu­je­res, en­ton­ces en un re­clu­so­rio con cua­tro dor­mi­to­rios, se­gre­gan uno, po­nen al­gu­na ba­rre­ra fí­si­ca co­mo va­ri­llas y ahí po­nen a las mu­je­res.

Esa es una de las gran­des lu­chas de Rein­ser­ta. Hay que te­ner re­clu­so­rios de mu­je­res por­que no es lo mis­mo una mu­jer en pri­sión que un hom­bre en pri­sión. La mu­jer en pri­sión ne­ce­si­ta un área de lac­tan­cia, dor­mi­to­rios de ma­ter­ni­dad. Hay to­do un con­tex­to que tie­ne la mu­jer que no tie­ne el hom­bre. Hoy por hoy, los re­clu­so­rios es­tán he­chos pa­ra hom­bres.

Sin con­si­de­rar la par­te de la ma­ter­ni­dad ¿cuá­les se­rían los re­que­ri­mien­tos pa­ra las mu­je­res?

En el área mé­di­ca ne­ce­si­tas un área de gi­ne­co­lo­gía. El pre­su­pues­to pe­ni­ten­cia­rio tie­ne que in­cluir to­da la par­te mé­di­ca de una mu­jer, así co­mo el hom­bre de­be te­ner un uró­lo­go. Los de­por­tes que pue­dan lle­gar a prac­ti­car, el tra­ba­jo que pue­den rea­li­zar, los in­tere­ses que ten­gan den­tro de los cin­co ejes de ac­ción del ar­tícu­lo 18 que son el tra­ba­jo, la edu­ca­ción, la sa­lud, cul­tu­ra y de­por­te. Aquí tienes mu­je­res que es­tán en un re­clu­so­rio de hom­bre, en un rin­cón. To­das las áreas ver­des, áreas la­bo­ra­les y edu­ca­ti­vas, es­tán en el área de los hom­bres y ellas no las tie­nen.

¿Y a ni­vel ju­rí­di­co?

Hay gran fal­ta de ca­pa­ci­ta­ción en los mi­nis­te­rios pú­bli­cos, con los jue­ces, con los se­cre­ta­rios, no sa­bes la can­ti­dad de ca­sos que ten­go don­de ella va por el mis­mo de­li­to que su es­po­so, su her­mano o su pa­pá y ella trae una sen­ten­cia más lar­ga. En los ca­sos don­de ocu­rre con más fre­cuen­cia, es en el de ho­mi­ci­dio de pa­ren­tes­co, cuan­do ma­tan a sus hi­jos, por­que el juez juz­ga a la mu­jer por no ser la ma­má que de­bió ha­ber si­do. Por­que “era su obli­ga­ción co­mo madre cui­dar del ni­ño, no del hom­bre”. In­clu­so nos ha to­ca­do ver có­mo los hom­bres son quie­nes ma­tan, quie­nes fí­si­ca­men­te rea­li­zan la ac­ción y les dan sen­ten­cias más al­tas a ellas.

¿Ha­bría al­gu­na ma­ne­ra de es­tan­da­ri­zar es­tos ca­sos?

Es un te­ma de gé­ne­ro. Por ejem­plo, Ale­jan­dra, de­nun­ció cin­co ve­ces a su ma­ri­do por vio­la­ción y mal­tra­to, y cuan­do él tra­tó de vio­lar a su hi­ja, ella lo ma­tó. Le die­ron la pe­na má­xi­ma. Lo de­nun­ció cin­co ve­ces y no hi­cie­ron na­da, cuan­do iba con mar­cas, y lue­go cuan­do lo ma­tó, le me­tie­ron la má­xi­ma por ho­mi­ci­dio.

Por el mo­men­to, es­te ti­po de ca­sos no­so­tros no los cu­bri­mos, pe­ro sí nos gus­ta­ría em­pe­zar a tra­ba­jar to­do el con­cep­to de ca­pa­ci­ta­ción, por­que hay una cla­ra vio­la­ción de de­re­chos hu­ma­nos. Los jue­ces son los pri­me­ros en ser ma­chis­tas. En­ton­ces, fal­ta la con­cien­cia de que no es na­da más un te­ma ju­rí­di­co o mo­ral, cuan­do vas a juz­gar a una per­so­na, si es­tás me­tien­do a la cár­cel a una mu­jer que tie­ne cua­tro hi­jos y la es­tás me­tien­do por ro­bo sim­ple y le quie­res cla­var 12 años. Es­pé­ra­te. Hay que va­lo­rar y to­mar en con­si­de­ra­ción va­rios fac­to­res: tienes me­di­das al­ter­nas a la pe­na, tienes mu­chí­si­mas co­sas que pue­des usar, co­mo el bra­za­le­te, el arres­to do­mi­ci­lia­rio, ser­vi­cio a la co­mu­ni­dad, pa­gar fian­zas, me­di­das que no de­ja­rán cua­tro ni­ños en una si­tua­ción vul­ne­ra­ble.

En las cár­ce­les de Mé­xi­co ya te­ne­mos un 400% de so­bre­po­bla­ción don­de no so­lo no les ge­ne­ra con­di­cio­nes de vi­da dig­na, sino to­do lo con­tra­rio.

La post-re­clu­sión es otro te­ma, pe­ro es du­rí­si­ma. Mu­cha gen­te que pa­sa más de 5, 7, 8 años en la cár­cel, pre­fie­re que­dar­se ea­llí que sa­lir, por­que no hay he­rra­mien­tas, la ciu­dad no los acep­ta, y sa­les tan da­ña­do, que es más fá­cil que­dar­te. En Mé­xi­co hay 40% de rein­ci­den­cia re­gis­tra­da, y eso es so­lo la re­gis­tra­da. Es un círcu­lo vi­cio­so que co­mo ciu­da­da­nos te­ne­mos que en­ten­der que no nos sa­ca del pro­ble­ma de la in­se­gu­ri­dad.

Cuén­ta­nos so­bre los ado­les­cen­tes en con­flic­to con la ley.

Los ado­les­cen­tes son un te­ma com­pli­ca­dí­si­mo por­que, hoy por hoy, en Mé­xi­co el cri­men or­ga­ni­za­do bus­ca aga­rrar ni­ños de 7 u 8 años y en­tre­nar­los. Tienes ni­ños de esa edad que ya se de­di­can a ma­tar, a se­cues­trar y los ve­mos co­mo de­lin­cuen­tes. Ado­les­cen­tes de 13, 14, 15 años, con los que no te­ne­mos la em­pa­tía so­cial que se ne­ce­si­ta pa­ra no ver­los co­mo de­lin­cuen­tes y, en lu­gar de eso, pen­sar qué to­ma pa­ra que un ni­ño de sie­te años, aga­rre una pis­to­la y ma­te a al­guien. ¿En qué en­torno se en­cuen­tra? ¿Có­mo nos res­pon­sa­bi­li­za­mos co­mo so­cie­dad pa­ra que por lo me­nos no ten­ga­mos ni­ñez den­tro de la de­lin­cuen­cia en nues­tro país?

Y aun así no hay pro­gra­mas. El go­bierno en Mé­xi­co no tie­ne una so­la po­lí­ti­ca pú­bli­ca y no tie­ne un so­lo pro­gra­ma pa­ra ayu­dar a los ni­ños a sa­lir del cri­men or­ga­ni­za­do. Hay más de 30 mil ni­ños me­ti­dos en el cri­men or­ga­ni­za­do y ni si­quie­ra el go­bierno tie­ne las he­rra­mien­tas pa­ra sa­car­los.

A esa edad no en­tran a las cár­ce­les ¿qué pa­sa con ellos si son aprehen­di­dos?

En Mé­xi­co son co­mu­ni­da­des de tra­ta­mien­to pa­ra ado­les­cen­tes en con­flic­to con la ley, pe­ro es­tos es­pa­cios de­be­rían de ser, al igual que las cár­ce­les, es­pa­cios de opor­tu­ni­dad don­de es­tás res­guar­dan­do la vi­da de una per­so­na que se ha vis­to vul­ne­ra­ble a lo lar­go de su his­to­ria y que da­ña­ron a la so­cie­dad. Cla­ro que es un castigo, pe­ro de­be­ría ser una for­ma de de­cir: ¿Có­mo usa­mos es­tos es­pa­cios de re­clu­sión co­mo es­pa­cios de opor­tu­ni­dad pa­ra que es­tos ni­ños se in­te­gren a la so­cie­dad de una for­ma po­si­ti­va?

¿Cuán­to tiem­po pa­san es­tos ni­ños en los cen­tros y qué su­ce­de con ellos des­pués?

La pe­na má­xi­ma en Mé­xi­co es de 5 años. Sin im­por­tar el de­li­to que co­me­tis­te co­mo me­nor de edad, no vas a te­ner una sen­ten­cia ma­yor a 5 años. En­ton­ces, re­gre­sa­mos a lo mis­mo, nos con­vie­ne co­mo so­cie­dad que esos ni­ños ten­gan pro­gra­mas y que ten­gan to­da la es­truc­tu­ra que se ne­ce­si­ta pa­ra re­in­ser­tar­se a la so­cie­dad.

En Rein­ser­ta te­ne­mos una ca­sa de me­dio ca­mino pa­ra ado­les­cen­tes en con­flic­to con la ley. El fin es dar­les he­rra­mien­tas a es­tos ni­ños aden­tro de las co­mu­ni­da­des y los acom­pa­ña­mos en su sa­li­da pa­ra que pue­dan ser par­te de es­ta so­cie­dad y no se­guir da­ñan­do. Hay que plan­tear­nos qué po­de­mos ha­cer pa­ra lo­grar es­to, en vez de de­cir lo que le es­cu­cho a mu­cha gen­te, “No, ni ma­dres, que se pu­dran en la cár­cel”. El da­ño que hi­cie­ron, ya se hi­zo, no que­re­mos que se si­ga ha­cien­do y esa creo que es una de las ba­ses prin­ci­pa­les de Rein­ser­ta, que no se re­pi­tan esos pa­tro­nes.

¿Qué me­di­das han im­ple­men­ta­do us­te­des pa­ra los ado­les­cen­tes?

No­so­tros tra­ba­ja­mos úni­ca­men­te con ado­les­cen­tes que han co­me­ti­do de­li­tos gra­ves. El de­li­to gra­ve, au­to­má­ti­ca­men­te te lle­va a la re­clu­sión, a las co­mu­ni­da­des de tra­ta­mien­to, con los no gra­ves ha­ces tu me­di­da en ex­ter­na­ción, lo cual, lo úni­co que quie­re de­cir es que el juez te tie­ne un ojo en­ci­ma y bá­si­ca­men­te tienes que cum­plir las me­di­das dic­ta­das, co­mo ir tres ve­ces a la se­ma­na a la psi­có­lo­ga o en­se­ñar­le al juez tus ca­li­fi­ca­cio­nes.

El de­li­to gra­ve es aquel que im­pli­ca a una ter­ce­ra per­so­na que se ve afec­ta­da. En­ton­ces, ro­bo a mano ar­ma­da o que ha­ya ge­ne­ra­do al­gu­na cues­tión psi­co­ló­gi­ca, co­mo se­cues­tro u ho­mi­ci­dio. Por ejem­plo, de los 15 cha­vos que te­ne­mos en la ca­sa aho­ri­ta, to­dos son si­ca­rios o se­cues­tra­do­res, si no los in­ter­vie­nes, van a se­guir de­lin­quien­do, has­ta que los vuel­van a aga­rrar pa­ra lle­vár­se­los a la cár­cel gran­de.

Tra­ba­ja­mos aden­tro de las co­mu­ni­da­des de tra­ta­mien­to, y los que sa­len vie­nen, en be­ne­fi­cio, que quie­re de­cir que el juez ve di­rec­ta­men­te con Rein­ser­ta si los de­ja sa­lir an­tes, pe­ro tie­ne que es­tar aquí con no­so­tros que so­mos quie­nes le va­mos re­por­tan­do al juez si ha ve­ni­do a to­das sus ta­reas –ya que a va­rios de los ni­ños los te­ne­mos be­ca­dos en el Tec de Mon­te­rrey –, si no con­su­me dro­gas, si es­tá tra­ba­jan­do, si es­tá yen­do a sus te­ra­pias, etc. Ellos es­tán aquí de 9 de la ma­ña­na a 4 de la tar­de en ta­lle­res y te­ra­pias.

Uno de los ejes más im­por­tan­tes de Rein­ser­ta es la jus­ti­cia res­tau­ra­ti­va, uno de los gran­des pro­ble­mas que te­ne­mos con ellos. Des­de una edad muy cor­ta, han per­di­do el sen­ti­do de em­pa­tía. To­dos tie­nen his­to­rias muy fuer­tes que han he­cho que se va­yan vol­vien­do co­mo pe­que­ñas ro­cas.

En­ton­ces por me­dio de la jus­ti­cia res­tau­ra­ti­va tra­ba­ja­mos mu­cho el “vuel­vo yo a po­ner­me en un con­tex­to so­cial don­de per­te­nez­co y don­de mis ac­cio­nes ge­ne­ran con­se­cuen­cias, bue­nas o ma­las, pe­ro ge­ne­ran con­se­cuen­cias”. Hay que en­ten­der que son ni­ños y ni­ñas en­ton­ces tie­nen to­da una vi­da por de­lan­te y es­tá en no­so­tros ge­ne­rar las con­di­cio­nes pa­ra que no se vuel­van los pró­xi­mos lí­de­res de ban­das cri­mi­na­les en nues­tro país.

Por úl­ti­mo, cuen­ta­nos de las cau­sas jus­tas.

Cau­sas jus­tas es un pro­gra­ma chi­qui­to de Rein­ser­ta don­de te­ne­mos un gru­po de abo­ga­dos que son de los me­jo­res pe­na­lis­tas en Mé­xi­co y nos ayu­dan a de­tec­tar ca­sos de ino­cen­cia en pri­sión. Gen­te que por su edu­ca­ción, por su vul­ne­ra­bi­li­dad y de­más, han si­do pues­tos co­mo per­so­nas que co­me­tie­ron un cri­men y no es cier­to. No­so­tros lle­va­mos la de­fen­sa le­gí­ti­ma de esas per­so­nas.

¿Nos pue­des con­tar al­gún ca­so es­pe­cí­fi­co?

He­mos sa­ca­do a va­rias per­so­nas. El pri­mer ca­so que tu­vi­mos, fue una cha­va que acu­sa­ron del ho­mi­ci­dio de su ve­cino y la úni­ca prue­ba que te­nían con­tra ella, era una pe­lí­cu­la de Kill Bill que en­con­tra­ron en su de­par­ta­men­to. El juez de­ter­mi­nó que era una mu­jer vio­len­ta por­que te­nía la pe­lí­cu­la de Kill Bill y le echa­ron 27 años en la cár­cel. La úni­ca “prue­ba”.

Nos to­có de­fen­der tam­bién a un cha­vo con re­tra­so men­tal, de 25 años, que te­nía la men­ta­li­dad de un ni­ño de 4. Lo acu­sa­ban de al­ma­ce­na­mien­to de por­no­gra­fía in­fan­til. Eso es un de­li­to in­te­lec­tual. El cha­vo cris­tiano, con fa­mi­lia cris­tia­na. El ni­ño ba­ja­ba fotos y la úni­ca fo­to que te­nía era de una cha­va que “po­día te­ner 17 años”. Cuan­do el juez le pre­gun­ta, “¿Tú sa­bes que lo que es­ta­bas ha­cien­do es­ta­ba mal?” Él di­ce que sí. En­ton­ces él, co­mo cual­quier ni­ño de 25 años, hor­mo­nal, ba­ja­ba cual­quier fo­to de In­ter­net y lo me­tie­ron a la cár­cel por te­ner­la en su compu­tado­ra. Con él nos aven­ta­mos un año pe­lean­do. Él no en­ten­día el con­cep­to de la cár­cel, creía que es­ta­ba en un hos­pi­tal.

El Mi­nis­te­rio Pú­bli­co y no­so­tros en­tre­ga­mos los es­tu­dios psi­co­ló­gi­cos que de­ter­mi­na­ban que era im­po­si­ble que el ni­ño hu­bie­ra co­me­ti­do el de­li­to in­te­lec­tual por el que lo acu­sa­ban, no te­nía la ca­pa­ci­dad pa­ra ha­cer­lo. Has­ta el di­rec­tor del pe­nal le man­dó cartas al juez, pe­ro la res­pues­ta era “se es­tá ha­cien­do, es­tá ac­tuan­do”.

MU­CHA GEN­TE QUE PA­SA MÁS DE 5, 7, 8 AÑOS EN LA CÁR­CEL, PRE­FIE­RE QUE­DAR­SE EN LA CÁR­CEL QUE SA­LIR, POR­QUE NO HAY HE­RRA­MIEN­TAS, LA CIU­DAD NO LOS ACEP­TA

¿Có­mo caen es­tas per­so­nas?

En Mé­xi­co tienes que el 97% de los de­li­tos no se de­nun­cian. Del 3% de los de­li­tos que sí se de­nun­cian, la mi­tad son ar­chi­va­dos. Y en­ci­ma de eso, los ju­di­cia­les re­ci­ben bo­nos por me­ter a la gen­te a la cár­cel. En­ton­ces, cuan­do tie­nen un ca­so que no van a re­sol­ver por la ra­zón que tú quie­ras, por­que no pue­den, por­que no hay las he­rra­mien­tas o por co­rrup­ción, sí se lle­gan a ir con­tra la gen­te inocen­te y cla­var­les muer­ti­tos. Lo cual me lle­va al pun­to más im­por­tan­te de Cau­sas Jus­tas. Por ca­da inocen­te en la cár­cel, hay una per­so­na cul­pa­ble en la ca­lle.

¿Có­mo man­tie­nen una lí­nea en don­de, le­jos de odiar o que te dé re­pul­sión, en­tien­das que es una per­so­na que ne­ce­si­ta ayu­da, que es­tá da­ña­da?

Al fi­nal de es un te­ma de pro­yec­ción. Lo fre­ga­do que es­tá el sis­te­ma pe­ni­ten­cia­rio hoy, es una con­se­cuen­cia pro­yec­ti­va de la ciu­da­da­nía. ¿Por qué? Tú ves que aga­rran a una ban­da de se­cues­tra­do­res y lo pri­me­ro que di­ces es “qué bueno, que se pu­dran en la cár­cel, me va­le ma­dres”. Pe­ro por­que yo es­toy har­ta de vi­vir en un país don­de se­cues­tran a ti­ro por via­je. Es­toy can­sa­da de sa­ber que se­cues­tra­ron a un ami­go o a mi fa­mi­lia, es­toy can­sa­da de vi­vir con mie­do.

En­ton­ces he­mos crea­do cen­tros de ven­gan­za. Al fi­nal, si yo aho­ri­ta te trai­go a uno de mis cha­vos y te di­go que ma­tó a 20 ti­pos, lo vas a odiar, por­que tú es­tás can­sa­da de vi­vir en un país don­de hay esas no­ti­cias y dia­rio hay al­guien ase­si­na­do. En­ton­ces es un te­ma pro­yec­ti­vo, com­ple­ta­men­te na­tu­ral tu enojo.

Sin em­bar­go, a Rein­ser­ta nos lle­ga gen­te que pue­de tra­ba­jar con es­ta po­bla­ción y hay que te­ner siem­pre en cuen­ta que, al fi­nal, la ma­yo­ría de es­tos cha­vos son víc­ti­mas. Mer­ce­des y yo nos he­mos me­ti­do mu­cho a tra­ba­jar con si­ca­rios, yo con mu­je­res si­ca­rias y ella con si­ca­rios, y aho­ri­ta que­re­mos es­cri­bir un li­bro del te­ma. Al­go que he­mos vis­to es el en­tre­na­mien­to, que es el mis­mo en­tre­na­mien­to que les dan a los mi­li­ta­res. ¿Có­mo ha­go pa­ra que no ten­gas em­pa­tía? Te mal­tra­to. A las mu­je­res si­ca­rias les en­se­ñan a ma­tar a la gen­te, pe­ro an­tes les en­se­ñan a ma­tar a un pe­rro con el que pri­me­ro las en­ca­ri­ña­ron; vol­ver­te una pie­dra es un me­ca­nis­mo de de­fen­sa.

A mis cha­vos, por ejem­plo, si les quie­res ha­blar de sus víc­ti­mas, no te de­jan. En el te­ma de jus­ti­cia res­tau­ra­ti­va, ese es uno de sus ob­je­ti­vos prin­ci­pa­les. Por­que les to­cas esa par­te y se mue­ren, se caen en pe­da­zos de pen­sar y de ra­cio­na­li­zar el da­ño que hi­cie­ron. Pe­ro es lo que tie­nen que ha­cer.

Te voy a po­ner un ejem­plo: el otro día en el cen­tro de cómpu­to, es­ta­ba Mer­ce­des con uno de los ni­ños, que es­ta­ba llo­ran­do. Le di­jo: “Es que ma­ta­ron a mi va­le­si­to” y es­ta­ba vien­do una fo­to en Fa­ce­book con el lis­tón ne­gro. En ese mo­men­to, Mer­ce­des se acer­có y co­men­zó a pla­ti­car con él so­bre co­mo se sen­tía lo que lle­go a una pla­ti­ca su­per in­tere­san­te, en don­de él por primera vez em­pe­zó a acep­tar que lo que ha­bía he­cho él, ha­bía da­ña­do a al­guien. Des­pués de eso em­pe­zó a tra­ba­jar y me­ter­se en pro­gra­mas so­cia­les y ver co­mo po­día apo­yar. Por­que esos son los mo­men­tos que ellos tie­nen pa­ra lo­grar po­si­cio­nar­se en esa si­tua­ción. Eso es em­pa­tía so­cial. Lo pri­me­ro que un ni­ño o una per­so­na ha­ce cuan­do co­me­te de­li­tos, es de­jar de te­ner eso, pe­ro co­mo siem­pre les de­ci­mos, de­jar de ser par­te de un pro­ble­ma es ser par­te de la so­lu­ción.

¿Có­mo pue­de ayu­dar la gen­te con el tra­ba­jo de Rein­ser­ta?

Lo que ha­ría es in­vi­tar­los a que nos es­cri­ban a con­tac­to@rein­ser­ta.org. Por­que hay to­do ti­po de gen­te que nos pue­de ayu­dar de di­fe­ren­te ma­ne­ra. De­fi­ni­ti­va­men­te, Rein­ser­ta vi­ve de do­na­cio­nes eco­nó­mi­cas, pe­ro tam­bién ne­ce­si­ta­mos ma­nos.

Dos o tres ve­ces al año que nos lle­va­mos a los ni­ños de las cár­ce­les, de tres di­fe­ren­tes re­clu­so­rios, a la Gran­ja de las Amé­ri­cas, al Pa­pa­lo­te y al ci­ne. Hoy se fue­ron a Cancún. Nor­mal­men­te, nos lle­va­mos co­mo 90 y me lle­vo una vo­lun­ta­ria por ni­ño y la re­gla es: te vas con no­so­tros, te pre­sen­tas con la ma­má, le re­ci­bes al ni­ño y le re­gre­sas al ni­ño al fi­nal del día.

Nues­tros ado­les­cen­tes ne­ce­si­tan be­cas pa­ra se­guir es­tu­dian­do. El Tec de Mon­te­rrey be­ca una par­te y no­so­tros te­ne­mos que be­car la otra, en­ton­ces ne­ce­si­ta­mos ayu­da con eso tam­bién. Ne­ce­si­ta­mos uten­si­lios es­co­la­res, le­che, pa­ña­les o pro­duc­tos de hi­gie­ne bá­si­ca de ni­ños.

¿Qué le ha­ce fal­ta a Rein­ser­ta, en otras áreas, pa­ra que se ge­ne­re un re­sul­ta­do in­te­gral?

Se­guir su­man­do gen­te y que en­tien­dan la im­por­tan­cia que tie­ne el vol­tear a ver las cár­ce­les con los ojos que me­re­cen ser vis­tas, pa­ra nues­tro bien. De ca­da 10 per­so­nas a las que les pi­da una do­na­ción, 9 me van a de­cir que no, so­lo por el he­cho de que tra­ba­jo con cár­ce­les. Me di­cen: “No lo me­re­cen”. Qui­zás no lo me­rez­can, pe­ro no­so­tros sí me­re­ce­mos vi­vir en un Mé­xi­co me­jor, nues­tros hi­jos sí me­re­cen vi­vir en un Mé­xi­co se­gu­ro y el no apos­tar por es­ta gen­te, es de­jar de­lin­cuen­tes en la ca­lle.

¿Es­tás 100% se­gu­ra de que la gen­te pue­de reha­bi­li­tar­se?

Sí, el 99% de la gen­te pue­de reha­bi­li­tar­se y con eso ten­dre­mos 99% me­nos víc­ti­mas.

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