Bruno New­man

CO­LEC­CIO­NIS­TA DE RE­CUER­DOS

Hotbook Magazine - - Índice - D. Co­li­ma 145, Ro­ma Nor­te T. 5533 9637 www.el­mo­do.mx

Apa­sio­na­do au­tor, fo­tó­gra­fo y co­lec­cio­nis­ta, Bruno New­man se ini­ció en el mundo del co­lec­cio­nis­mo, se­gún re­cuer­da, a los 13 años. Fun­da­dor de Zi­mat Con­sul­to­res, se de­di­có to­da la vi­da a co­mu­ni­car. Ac­tual­men­te, su aten­ción se en­cuen­tra to­tal­men­te pues­ta en su co­lec­ción per­so­nal de ob­je­tos y en las ex­po­si­cio­nes en el ma­yor de sus pro­yec­tos: el Mu­seo del Ob­je­to del Ob­je­to, el MO­DO.

New­man fue el pri­mer la­ti­noa­me­ri­cano en re­ci­bir el re­co­no­ci­mien­to de la In­ter­na­tio­nal As­so­cia­tion of Bu­si­ness Com­mu­ni­ca­tors y el pri­mer pre­si­den­te de la Aso­cia­ción Me­xi­ca­na de Co­mu­ni­ca­ción Or­ga­ni­za­cio­nal. A con­ti­nua­ción, nos cuen­ta un po­co sobre su tra­yec­to­ria y sobre las his­to­rias que se es­con­den de­trás de los ob­je­tos de su co­lec­ción.

Cuén­ta­nos un po­co sobre tu tra­yec­to­ria.

Es­tu­dié co­mu­ni­ca­ción, me he de­di­ca­do a ello to­da la vi­da, a di­fe­ren­cia de mu­chos de los ami­gos que es­tu­dia­ron con­mi­go.

Es­tu­ve en el sec­tor pú­bli­co pa­ra pro­bar, no me gus­tó. Es­tu­ve en una em­pre­sa tras­na­cio­nal gran­de, don­de apren­dí mu­chas co­sas; tam­bién en el sec­tor ser­vi­cios, en la Cá­ma­ra Ame­ri­ca­na de Co­mer­cio y des­pués de te­ner to­da es­ta ex­pe­rien­cia, en­ten­dí que na­die sa­bía lo que se pue­de ha­cer en ma­te­ria de co­mu­ni­ca­ción.

De­ci­dí, a los 36 años, abrir mi ne­go­cio. La idea era crear un gru­po de em­pre­sas en el cam­po de la co­mu­ni­ca­ción, no exis­tía na­da pa­re­ci­do y en­ton­ces me aso­cié con el di­rec­tor y due­ño de De­sign Center, que era, y des­de mi pun­to de vis­ta si­gue sien­do, la em­pre­sa lí­der de di­se­ño.

Con esa ba­se de clien­tes y con la idea de crear al­re­de­dor de eso una em­pre­sa, echa­mos a an­dar Zi­mat. Em­pe­za­mos so­lo tres per­so­nas, y cuan­do la ven­dí, ha­ce 3 años, ya éra­mos al­re­de­dor de 150. Se con­vir­tió en una em­pre­sa lí­der en el cam­po de la co­mu­ni­ca­ción, en­ten­dien­do es­to co­mo el di­se­ño e im­ple­men­ta­ción de es­tra­te­gias de co­mu­ni­ca­ción pa­ra una ins­ti­tu­ción, pa­ra una per­so­na o pa­ra un go­bierno.

Fue muy di­ver­ti­do y muy exi­to­so, ahí es­tu­ve mu­chos años. Ha­ce po­co, de­ci­dí que ya ha­bía de­di­ca­do me­dia vi­da a eso y que­ría ha­cer otras co­sas, ac­ti­vi­da­des que tie­nen que ver con ser­vi­cio a la co­mu­ni­dad y ahí es­toy aho­ra ha­cien­do co­sas que me gus­tan, igual que me gus­ta­ba aque­llo. En to­dos los lu­ga­res en los que he es­ta­do, lo que en­cuen­tro es una ne­ce­si­dad de co­mu­ni­car me­jor, en el mu­seo, en el proyecto que es­toy tra­ba­jan­do des­de ha­ce un año y me­dio, que se lla­ma Mé­xi­co Li­bre de Co­rrup­ción, en IBBY Mé­xi­co, una A.C. que fo­men­ta la lec­tu­ra en Mé­xi­co. El proyecto abar­ca ni­ños, maes­tros, vie­jos, cie­gos, sor­dos, au­tis­tas y tam­bién es­ta­mos tra­ba­jan­do con co­mu­ni­da­des in­dí­ge­nas. En to­das esas dis­tin­tas causas, ac­ti­vi­da­des y pro­yec­tos, la co­mu­ni­ca­ción es cla­ve.

Aho­ra es­ta­mos ha­cien­do una nue­va di­vi­sión de IBBY, que se lla­ma­rá Co­mu­ni­cac­ción pa­ra dar ta­lle­res de co­mu­ni­ca­ción, por­que en Mé­xi­co na­die es­tu­dia co­mu­ni­ca­ción co­mo una he­rra­mien­ta pa­ra vi­vir me­jor en la vi­da.

No quie­ro de­cir que es­tas per­so­nas va­yan a ser co­mu­ni­có­lo­gos, so­lo que ten­drán las com­pe­ten­cias ne­ce­sa­rias pa­ra co­mu­ni­car­se. La gas­tro­no­mía, la mer­ca­do­tec­nia, la fo­to­gra­fía, pa­san por la lec­tu­ra y la co­mu­ni­ca­ción. Si eres lec­tor, vas a ser me­jor mer­ca­dó­lo­go, fo­tó­gra­fo, etc.

¿Có­mo em­pe­zas­te a co­lec­cio­nar?

Me voy a re­mon­tar a Freud, lue­go a mi ma­má y eso te ex­pli­ca­rá to­do. Freud di­ce –y yo me ata­co de ri­sa– que cuan­do eres be­bé y vas al ba­ño, si tu ma­má te re­ga­ña por “el co­chi­ne­ro”, por de­jar el pa­ñal su­cio, por­que hue­le feo y to­do eso, des­de ese mo­men­to, el ni­ño co­mien­za a re­te­ner. Y ese es el ori­gen de los co­lec­cio­nis­tas.

Re­tie­nes ob­je­tos, re­tie­nes obras de ar­te, re­tie­nes li­bros, re­tie­nes co­sas en la vi­da. Esa es la ex­pli­ca­ción Freu­dia­na, por eso he pen­sa­do que mi ma­má se­gu­ra­men­te me re­ga­ña­ba mu­cho. (Ri­sas).

Tie­ne que ver un po­co con tus gus­tos. Yo tu­ve una fi­gu­ra ma­ter­na fuer­te y tu­ve una re­la­ción muy pa­dre con mi ma­má. Era una se­ño­ra a la que no ha­bían de­ja­do es­tu­diar una ca­rre­ra por­que no se usa­ba en ese tiem­po, en­ton­ces la úni­ca ca­rre­ra que pu­do es­tu­diar fue la de Contador Pri­va­do, que es lo mis­mo que asis­ten­te eje­cu­ti­va, pe­ro con algo de números. Ella que­ría es­tu­diar co­mo su pa­pá, Le­yes, y pues no: “Las mu­cha­chas de­cen­tes no van a la uni­ver­si­dad, eso es pa­ra va­ro­nes”.

En­ton­ces ella se lo pro­pu­so y con­si­guió ser au­to­di­dac­ta. Sa­bía mu­cho de mú­si­ca clá­si­ca y po­pu­lar; sa­bía mu­cho de li­te­ra­tu­ra, de pin­tu­ra, de ar­te, y te­nía un gus­to especial por los ob­je­tos y las co­sas. De ahí lo apren­dí. De he­cho, a los cua­tro her­ma­nos nos gus­tan las antigüedades, aun­que nin­guno es­tá tan en­fer­mo co­mo yo; creo que a mí me re­ga­ñó más mi ma­má que a mis her­ma­nos. (Ri­sas).

Un día que fui a la La­gu­ni­lla, re­cién ca­sa­do, te­nía 25 años y ya te­nía una hi­ja –me ca­sé de 23, eso ha­bla muy mal de mí, pe­ro así se usa­ba; aho­ra son más in­te­li­gen­tes–. (Ri­sas). Ese día com­pré tres ob­je­tos: un per­fu­me, un tal­co y unos ja­bo­nes de la mar­ca Pom­pei, he­chos en Pa­rís en 1906 y los pu­se en mi sa­la, los tres ob­je­tos en con­jun­ti­to, to­dos con el mis­mo di­se­ño; me pa­re­ció que es­ta­ban bo­ni­tos. En­ton­ces em­pe­zó a lle­gar gen­te a mi ca­sa y me de­cían “Oye, qué pa­dre es­tán es­tas co­sas. ¿Qué son?” Pues son unos per­fu­mes que com­pré en la La­gu­ni­lla por $15.

Yo pen­sé que a mí me gus­ta­ban, pe­ro no que le lla­ma­rían tan­to la aten­ción a los de­más.

La si­guien­te vez que fui a la La­gu­ni­lla, com­pré al­gu­na otra co­si­ta. Com­pra­ba co­sas que te­nían que ver con mi ca­rre­ra, que siem­pre me gus­tó. Em­pe­cé a com­prar ti­po­gra­fía, ti­pos an­ti­guos de ma­de­ra, pe­que­ñas pren­si­tas, anun­cios, ob­je­tos pro­mo­cio­na­les, em­pa­ques –ten­go más de 30,000–. Pe­ro un día vi un apa­ra­to de te­le­vi­sión, que fue el pri­me­ro en lle­gar a Mé­xi­co, y lo com­pré. A par­tir de ahí, me fui ex­pan­dien­do.

Un día vi que ha­bía un lo­te de vi­drio de Pue­bla. “La fá­bri­ca se que­mó y es­to es lo po­co que pu­di­mos res­ca­tar”, me con­ta­ron. Yo lo qui­se to­do. Em­pe­cé a com­prar co­sas por in­só­li­tas. Mu­chas me lla­ma­ban la aten­ción por­que tie­nen un sen­ti­do del hu­mor in­vo­lun­ta­rio, otras que ca­si se ha­bían aca­ba­do, otras ra­ras.

Me cam­bié a una ca­sa más gran­de y pu­se un cuar­ti­to con vi­gas vie­jas y no sé qué, muy “ar­tis­ta” yo (ri­sas), y em­pe­cé a ex­hi­bir ahí los ob­je­tos que co­lec­cio­na­ba. De re­pen­te ya no ca­bían y pu­se vi­tri­nas en la ofi­ci­na, lue­go ya no cu­pie­ron ahí tam­po­co y aca­bé con ca­jas y ca­jas. Lue­go ren­té un de­par­ta­men­to aquí en la Ro­ma, ya te­nía ca­jas y ca­jas de co­sas. Y un día, Ma­ría Alós una cha­va me­xi­ca­na, ar­tis­ta, que ha­bía es­ta­do tra­ba­jan­do en la Biblioteca de Nue­va York res­tau­rán­do­la y cla­si­fi­can­do co­sas, a quien le con­té de es­to, me di­jo: “Dé­ja­me ver tu co­lec­ción, dé­ja­me ayu­dar­te a cla­si­fi­car­la”. Ella em­pe­zó a tra­ba­jar y me di­jo que pu­sie­ra un mu­seo y yo le de­cía que es­ta­ba lo­ca. Pe­ro lue­go al­guien más me lo di­jo y yo ya no sa­bía si de­bía ha­cer­lo. La pa­la­bra mu­seo me pa­re­cía una naf­ta­li­na o una so­lem­ni­dad; mu­seo sue­na a vie­jo.

Lue­go me em­pe­za­ron a fas­ti­diar mis ami­gos. Gon­za­lo me de­cía: “tie­nes que ha­cer un mu­seo, y le po­nes El Brun­nen­heim”; otra ami­ga me de­cía que se lla­ma­ra “La ca­sa de las co­sas”, y yo so­lo de­cía: “No voy a te­ner un mu­seo”.

Y un día que es­ta­ba le­yen­do un li­bro, –qui­sie­ra te­ner cla­ro qué li­bro era, por­que es par­te de la his­to­ria, he tra­ta­do de re­cor­dar­lo mu­chas ve­ces, pe­ro ya no me da–, en al­gún la­do se me atra­ve­só la fra­se “el ob­je­to de los ob­je­tos…” Se me hi­zo muy in­tere­san­te por­que a mí no de­ja de ma­ra­vi­llar­me que, por ejem­plo, en es­te polvo Pom­pei, hay pri­me­ro un señor que fa­bri­ca­ba pol­vos y le di­jo a un di­se­ña­dor “haz­me unos em­pa­ques que es­tén bo­ni­tos” y ese cua­te lo ima­gi­nó, lo di­bu­jó, lue­go lo pre­sen­tó y se lo com­pra­ron. Lo em­pe­za­ron a pro­du­cir, lue­go lo ven­die­ron y hu­bo una se­ño­ra que lo com­pró, se pol­vea­ba y lue­go cuan­do se aca­bó, lo ti­ró a la ba­su­ra. Al­guien lo res­ca­tó de la ba­su­ra y por al­gu­na ra­zón ex­tra­ña, lle­gó a las ma­nos de al­guien que lo ofre­ce a la ven­ta en un mer­ca­do de pul­gas o en la La­gu­ni­lla y lue­go lle­gué yo, al­guien que lo com­pra.

O sea, son un mon­tón de ma­nos por las que pa­só y lo que es to­da­vía más in­só­li­to e ines­pe­ra­do: ese ob­je­to aca­ba sus días en un mu­seo, cuan­do más bien es­ta­ba des­ti­na­do a ser un bien pe­re­ce­de­ro.

Es­te con­cep­to del ob­je­to del ob­je­to me cau­ti­vó. Es­to se pres­ta pa­ra ha­blar de his­to­ria, de la so­cie­dad en la que se da, en ese mo­men­to me em­pe­zó a gus­tar la idea de ha­cer un mu­seo del ob­je­to del ob­je­to.

Ya pa­ra en­ton­ces te­nía cla­si­fi­ca­das mis co­sas. En San Ra­fael es­tá el archivo con 165 mil ob­je­tos ya cla­si­fi­ca­dos y fal­ta un mon­tón.

¿Y qué in­clu­ye esa cla­si­fi­ca­ción?

In­clu­ye mar­ca, fe­cha o fe­cha apro­xi­ma­da, des­crip­ción fí­si­ca del ob­je­to, fo­to des­de dis­tin­tos án­gu­los, to­do en una fi­cha.

Y de­pen­dien­do de esas des­crip­cio­nes, lo pue­des en­con­trar fá­cil­men­te con di­fe­ren­tes ca­rac­te­rís­ti­cas. Es de­cir, es­te em­pa­que de polvo, se en­cuen­tra co­mo em­pa­que, pe­ro tam­bién co­mo neo­clá­si­co y co­mo cos­mé­ti­co. En­ton­ces, al bus­car, pue­des de­cir “yo quie­ro saber qué cos­mé­ti­cos tie­nen co­lor anaran­ja­do, o ro­sa, o li­la en su di­se­ño” y en­con­tra­rás una lis­ta en­te­ra.

¿Qué ti­po de ex­po­si­cio­nes de han rea­li­za­do en el mu­seo?

Hi­ci­mos por ejem­plo una ex­po­si­ción muy fa­mo­sa “Las re­la­cio­nes ro­tas” o “Bro­ken Re­la­tions­hips”, la vi por pri­me­ra vez en Za­greb. Es­tá­ba­mos en el ba­rrio vie­jo de la ciu­dad y en­tra­mos al Bro­ken Re­la­tions­hips Mu­seum, un mu­seo de ob­je­tos que sim­bo­li­zan el rom­pi­mien­to de una re­la­ción y es­ta ex­po­si­ción es la se­gun­da con más éxi­to que he­mos te­ni­do. Ha­bía un es­pe­jo retrovisor de un co­che, un ves­ti­do de bo­das que­ma­do, ca­da ob­je­to con una his­to­ria que no se te ol­vi­da ja­más. Po­nía­mos ho­jas de pa­pel y ca­da quien es­cri­bía la his­to­ria de sus re­la­cio­nes ro­tas. La ex­po­si­ción ya se ha­bía he­cho en Pa­rís, en Río de Ja­nei­ro, en Za­greb, en Lon­dres; la ha­bían he­cho en to­dos la­dos. Nos di­je­ron que íba­mos a re­ci­bir 100, 150 ob­je­tos más o me­nos. Los pri­me­ros dos días re­ci­bi­mos 250, y fue­ron dos mil y pi­co fi­nal­men­te; ahí ten­go guar­da­dos to­dos los ca­sos. Aho­ra va­mos a ha­cer una del fut­bol en Mé­xi­co.

¿Crees que un ob­je­to te per­mi­te en­ten­der la épo­ca a la que per­te­ne­cía?

Yo veo co­sas que vi de chi­co. Ge­ne­ra­cio­nes más jó­ve­nes no las co­no­cen y por eso, no sig­ni­fi­can na­da pa­ra ellos. Es­tos ob­je­tos te cuen­tan la his­to­ria. Va­mos a con­tar la his­to­ria del fút­bol que hi­cie­ron los in­gle­ses: vi­nie­ron a Mé­xi­co a las mi­nas, ju­ga­ban fút­bol en Hi­dal­go y de ahí sa­le el pri­mer equi­po que es el Pa­chu­ca y jue­gan con­tra los in­gle­ses, y lue­go en el Re­for­ma Club y lue­go la Li­ga Es­pa­ño­la… Y en 110 años de fút­bol soccer en Mé­xi­co, nun­ca se ha he­cho una ex­po­si­ción sobre el te­ma y mi­ra que es un país pam­bo­le­ro.

Nun­ca se ha­bía he­cho una del ero­tis­mo, pe­ro ahí te­ne­mos el pri­mer con­dón que exis­tió. Hi­ci­mos una de lu­cha li­bre, en to­do el mundo nos co­no­cen por las más­ca­ras de lu­cha­do­res, y ahí es­ta­ba la pri­me­ra más­ca­ra he­cha de piel, co­si­di­ta y to­do, sin ador­nos. To­das esas his­to­rias te dan la

opor­tu­ni­dad de co­no­cer co­sas que no has vi­vi­do y que son par­te de la vi­da de tu país, de tu so­cie­dad.

¿Quién es­co­ge los temas que se van a ha­cer en las ex­po­si­cio­nes?

Hay un con­se­jo de gen­te bien lo­ca, to­dos son cha­vos muy jó­ve­nes. Uno, es El Chá, que to­ca en Mo­de­rat­to; otra, es la di­rec­to­ra de la Ju­ven­tud del Dis­tri­to Fe­de­ral; son pu­ros cha­vos en sus 30, y Pau­li­na, mi hi­ja, Di­rec­to­ra del MO­DO, les da ideas y van sa­lien­do. Yo an­do siem­pre pro­po­nien­do tam­bién, por ejem­plo, 20 com­po­si­to­res de mú­si­ca po­pu­lar me­xi­ca­na des­de Ta­ta Na­cho has­ta Juan Ga­briel.

De to­do lo que has co­lec­cio­na­do en el tiem­po ¿hay al­gún ob­je­to que sea tu fa­vo­ri­to?

Un con­sen­ti­do es un ma­ta­mos­cas de lá­mi­na de Chi­na. Ese me cae muy bien por in­só­li­to, por ab­sur­do, por to­do.

Te­ne­mos una co­lec­ción que me en­can­ta pe­ro que no pue­do ha­cer cre­cer mu­cho por­que es de ob­je­tos que na­die sa­be pa­ra qué son. No es muy gran­de, yo creo que de­be te­ner 60 o 70 ob­je­tos.

Com­pré una in­vi­ta­ción al bau­ti­zo de una ni­ña en Pa­chu­ca, Hi­dal­go, de 1903, que ade­más trae una mo­ne­da de plata, con el águi­la re­pu­bli­ca­na que era el bo­lo que da­ba el pa­drino. En­ton­ces me tra­je­ron un mon­tón de ob­je­tos de Hi­dal­go, y en­tre ellas, veo una in­vi­ta­ción a unas pom­pas fú­ne­bres, o sea, a un en­tie­rro, de la mis­ma ni­ña de la in­vi­ta­ción al bau­ti­zo. Ha­bía muer­to al año tres me­ses de na­ci­da; ahí es­ta­ban su bau­ti­zo y su muer­te. Me pa­re­ció ex­tra­ñí­si­mo en­con­trar dos ob­je­tos de la mis­ma per­so­na; esas co­sas me fas­ci­nan. No me in­tere­sa na­da que no ten­ga mí­ni­mo 50 años de vie­jo. Aho­ri­ta ya es­toy com­pran­do co­sas de cuan­do yo era chi­co, an­tes no las hu­bie­ra com­pra­do nun­ca, pues esa co­lec­ción que em­pe­cé era de 1970.

¿Hay al­gún ob­je­to que sea es­pe­cial­men­te va­lio­so?

Aquí ten­go al­gu­nos que me caen bien, que no man­do al mu­seo. Es­tas da­mas chi­nas me caen bien por­que es­tán chi­qui­tas y bo­ni­tas. Yo ju­ga­ba con es­to cuan­do era chi­co y así era mi ca­ji­ta; no es va­lio­so, no es im­por­tan­te, pe­ro me cae bien.

Es­te es un ba­le­ro ja­po­nés. Los ja­po­ne­ses jue­gan así ¿ves? Es­te es el más gran­de, lue­go el chi­co y lue­go el más chi­co; ya que hi­cis­te es­te aho­ra vas por es­te. ¡Es­ta es la pri­me­ra vez que me sa­le! To­men una fo­to. (Ri­sas).

¿Qué hay sobre La Gu­ni­lla Edi­to­res y su re­la­ción con el MO­DO?

Es la editorial del mu­seo y el nom­bre es muy pro­pio pa­ra no­so­tros. He­mos he­cho yo creo que unos 15 li­bros, no es una ac­ti­vi­dad que nos ha ge­ne­ra­do in­gre­sos, so­lo sa­tis­fac­cio­nes.

Pe­ro uno al que le di al cla­vo, fue Ger­mán Dehe­sa, un es­cri­tor muy res­pe­ta­do con un gran sen­ti­do del hu­mor, que es­cri­bía dia­rio y era muy ami­go mío. Se ven­dió muy bien. Los de gra­fi­ti, en cam­bio, son muy bo­ni­tos y muy bue­nos, pe­ro se ven­die­ron po­co. Es­toy ha­cien­do un li­bro sobre frases y pa­la­bras que han caí­do en desuso, ten­go más de 1,500 apun­ta­das. Van cam­bian­do las co­sas, pe­ro hay ex­pre­sio­nes ma­ra­vi­llo­sas. Bus­co pa­la­bras que ten­gan algo de chis­pa, hay mu­chí­si­mas, ahí ten­go el li­bro en pro­ce­so, igual que un li­bro de ce­men­te­rios del mundo, ca­da uno de un país dis­tin­to. Ya lle­vo 20 años ha­cien­do es­to, la muer­te es un te­ma que me lla­ma la aten­ción.

¿Cuál es la más re­cien­te adi­ción a tu co­lec­ción?

Hoy fui a pa­gar­le a un señor por un tri­ci­clo y un mar­ti­llo nue­vo. Ade­más de es­ta fo­to de un fu­ne­ral.

¿Qué bus­cas trans­mi­tir a las per­so­nas que van al mu­seo?

Yo le en­con­tré una sa­li­da a mis cul­pas, com­par­tién­do­las con los de­más. O sea, que yo pu­die­ra te­ner, co­mo mu­chos co­lec­cio­nis­tas de ar­te, una co­lec­ción guar­da­da en anaque­les, en un de­par­ta­men­to era un po­co ab­sur­do, y si­go com­pran­do ¿pa­ra qué? El mu­seo es eso. La po­si­bi­li­dad pa­drí­si­ma de com­par­tir­lo to­do.

ES­TO SE PRES­TA PA­RA HA­BLAR DE HIS­TO­RIA, DE LA SO­CIE­DAD EN LA QUE SE DA, EN ESE MO­MEN­TO ME EM­PE­ZÓ A GUS­TAR LA IDEA DE HA­CER UN MU­SEO DEL OB­JE­TO DEL OB­JE­TO.

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