Ma­la no­che, sí

Milenio - Laberinto - - ESCENARIOS - BRAU­LIO PE­RAL­TA jua­na­mo­za@gmail.com

Una cha­pa­rri­ta de ojo ver­de atra­vie­sa la Fa­cul­tad de Cien­cias Po­lí­ti­cas y So­cia­les de la UNAM. To­dos la mi­ran. No es de gran­des pier­nas pe­ro sí de enor­me ros­tro: uno son­ríe con y por ella. La gra­cia la lle­vó a la cum­bre de la fa­ma y a que to­dos le lla­má­ra­mos la Ve­ro, co­mo si fue­ra nues­tra ami­ga de siem­pre.

Tú no. Tú la mi­ra­bas de le­jos y la ob­ser­va­bas en sus clases, aten­ta, edu­ca­da, es­tu­dian­te en­tre­ga­da. Iba un ci­clo de­lan­te de ti y que­ría ser es­pe­cia­lis­ta en Re­la­cio­nes In­ter­na­cio­na­les. Su te­sis, de 1979, de­cía: “cier­tas mi­no­rías re­pu­dian la te­le­vi­sión en sí mis­ma, mien­tras que otras la des­acre­di­tan; sin em­bar­go, mu­chos mi­llo­nes de per­so­nas la con­si­de­ran lo su­fi­cien­te­men­te in­tere­san­te, co­mu­ni­ca­ti­va, ins­truc­ti­va e in­for­ma­ti­va co­mo pa­ra si­tuar­se ca­da día fren­te a sus te­le­vi­so­res sin que na­die los obli­gue a ello” (Ge­rar­do Es­tra­da fue el si­no­dal de esa te­sis con la que se re­ci­bió en su ca­rre­ra, que nun­ca ejer­ció).

Por her­mo­sa y sim­pá­ti­ca, la te­le­vi­sión la ca­ta­pul­tó. Su fi­gu­ra si­gue vi­va, con 50 años de per­ma­nen­cia, a pe­sar de que la te­le­vi­sión —Te­le­vi­sa— ya ca­si no la con­tra­ta. Qui­sis­te ir a ver­la en el mu­si­cal ese de Betty Com­den y Adolph Green, Aplau­so. Los mu­si­ca­les sin pro­duc­ción, don­de el ves­tua­rio, la mú­si­ca y la es­ce­no­gra­fía ha­cen el es­pec­tácu­lo, re­sul­tan un fias­co. Eso pa­só con Pro­duc­cio­nes Fá­bre­gas: apos­ta­ron por ella pe­ro no por la obra. Apos­ta­ron por el pú­bli­co que va a aplau­dir­la —de pie— pe­ro no por el gé­ne­ro del tea­tro que exi­ge ri­gor y or­ques­ta de ni­vel. Los bai­la­ri­nes ha­cen co­rrec­to su tra­ba­jo pe­ro la po­bre­za de la pro­duc­ción de­ja que desear.

Ve­ró­ni­ca Cas­tro bri­lla por­que sus ojos ful­mi­nan, por­que lo­gra co­mu­ni­car su enor­me ca­ris­ma lleno de sim­pa­tía, por­que aun­que no can­ta di­ce con sor­na las co­sas y por eso to­do mun­do le aplau­de a la in­tér­pre­te de la te­le­no­ve­la Ro­sa sal­va­je, a la con­duc­to­ra de te­le­vi­sión de Ma­la no­che, no, a la que di­ri­gió el pri­mer pro­gra­ma de Big Brot­her. Un obra pa­ra una estrella, pe­ro con una pro­duc­ción de cuar­ta. O co­bró de­ma­sia­do y no al­can­zó pa­ra más, o los pro­duc­to­res son co­dos y apos­ta­ron por ella sin pen­sar en el mí­ni­mo del ar­te mu­si­cal.

No hay di­rec­ción, hay coor­di­na­ción. No hay di­rec­tor de or­ques­ta, hay apun­ta­dor de can­cio­nes (en par­te por el es­ca­so nú­me­ro de ins­tru­men­tos). Hay co­reo­gra­fía, sí, hay bai­la­ri­nes, sí, pe­ro el elen­co bri­lla con di­fi­cul­tad en me­dio de una es­ce­no­gra­fía acar­to­na­da, de es­ca­sa bri­llan­tez y po­ca mon­ta. Se no­ta más el car­tón que el sue­ño de in­ven­tar un es­ce­na­rio.

Pe­ro la Ve­ro sa­le li­bra­da, a pe­sar y en con­tra de ella. Es efec­ti­va­men­te una ale­gría ver­la ra­dian­te, su estrella en ple­na ma­du­rez. Su con­tra­par­te, Na­ta­lia So­sa —la tre­pa­do­ra, la de las nue­vas ge­ne­ra­cio­nes, la de triun­fo a las ma­las más que a las bue­nas—, no can­ta ni ac­túa mal a su la­do. Es la com­pe­ten­cia de la ac­triz con­tra el ca­ris­ma de la di­va. Pe­ro el tea­tro es más que dos. No hay for­ma. Ma­la no­che de tea­tro, sí.

Te que­das con Ve­ró­ni­ca Cas­tro, la es­tu­dian­te de la UNAM, y su son­ri­sa.

L

ES­PE­CIAL

Ve­ró­ni­ca Cas­tro en Aplau­so

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