Al­bar­das sin flo­re­te

Es­te poe­ma per­te­ne­ce a un li­bro en pre­pa­ra­ción y au­gu­ra un nor­te que se im­po­ne co­mo una ame­na­za

Milenio - Laberinto - - ANTESALA -

Con su par­si­mo­nia el oso ba­ja su se­da pa­tas arri­ba, jue­ga con los ár­bo­les de la sie­rra, ha­ce mue­lle al pa­sar en­tre las es­pi­ga­das al­bar­das, agi­ta los aso­la­dos hui­za­ches. Se me­ce en las cor­te­zas del mez­qui­te, ras­pa su or­fan­dad en tan­to tron­co tun­co. To­do ese ra­me­río de­sola­do que lo acom­pa­ña, yo lo veo que cons­te en el vi­deo. ¿Qué ba­ja de la sie­rra que no sea un oso jo­ven, ne­gro, afel­pa­do, el te­rror en do­ma y so­me­ti­do pa­ra al­can­zar el agua de los char­cos, en las llan­te­ras y sus mos­qui­te­rías, en el arra­bal de Sal­ti­llo? Res­pues­ta: Pan­cho Vi­lla (no, es bro­ma). Los lo­bos crían cuer­vos sin sa­car­se los ojos, es­pe­luz­nan, es­pe­ran­do el gri­to aho­ga­do del fe­rro­ca­rril en es­te ári­do nor­te de mi pro­ve­nien­cia al que ba­jo a be­ber co­mo los osos mi pro­pia vi­da, pi­lon­ci­llo de nuez rum­bo a los nor­tes.

(Sal­ti­llo)

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