Gra­das

Es­tos frag­men­tos son par­te de su más ce­le­bra­do poe­ma que, en pa­la­bras de Jo­sé de la Co­li­na, “abar­ca la ma­yor can­ti­dad de ho­ri­zon­te”

Milenio - Laberinto - - ANTESALA -

Agui­jo­nes, abe­jas, las es­tre­llas ca­lla­da­men­te, Ca­cho­rro. Si­len­cio. Can­tan. To­do can­ta. ¿El mal? Es­tá en el mun­do y no es el mun­do y la muer­te y la muer­te y la muer­te ¿y la muer­te de la muer­te? El al­ma vi­va de las al­gas sa­be que la muer­te no es muer­te. […] He en­tra­do en tu Tem­plo de tie­rra-oro, tie­rra-bra­sa en­cen­di­da. En los mu­ros las ve­las de Aque­llos hom­bres vi­ven aún, lim­pias y blan­cas. ¿Dón­de es­tás? No hay lu­gar ni es­pa­cio ni tiem­po don­de es­tés Tú: no hay círcu­los ni cla­ras es­fe­ras. Es­cu­che­mos, ojos mor­ta­les, en el si­len­cio, con­cen­tra­dos, vi­vos, aten­tos en el Si­len­cio. Ha­cia tu mar pe­ne­tran len­tas bar­cas, pe­ne­tran len­ta­men­te nues­tras bar­cas. Tra­duc­ción de An­drés Sán­chez Ro­bay­na Vuel­ta, 42, ma­yo de 1980

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