MO­RAL PA­RA ES­PÍAS

FRAN­CO FÉ­LIX, LOLA ANCIRA, JO­NAT­HAN MINILA, LUI­SA IGLE­SIAS ARVIDE, ÉDGAR OMAR AVILÉS

Milenio - Laberinto - - PORTADA - Fran­co Fé­lix Fran­co Fé­lix (Her­mo­si­llo, 1981). Es au­tor de Kaf­ka en tra­je de ba­ño y Los gatos de Schrö­din­ger.

Soy un exi­lia­do. Me es­fu­mé del ar­chi­pié­la­go fi­li­pino. Me he lar­ga­do a Ru­sia. Mi es­po­sa si­gue en Ma­ni­la. En un ba­rrio muy po­bre. Tra­ba­ja pa­ra el go­bierno. Ella no es po­bre. Y yo tam­po­co soy po­bre. Por eso es­toy en Mos­cú be­bien­do Ior­da­nov. ¿Com­pren­des? Tam­po­co la he aban­do­na­do. Mi es­po­sa se lla­ma Ro­we­na y es es­pía. Co­mo yo. For­ma­mos par­te del pro­gra­ma Lim­pie­za Ci­vil An­ti­dro­gas de la Re­pú­bli­ca de Fi­li­pi­nas. Fui­mos en­tre­na­dos en el cam­po mi­li­tar Ca­pin­pin en Ta­nay. No­so­tros, Ro­we­na y yo, los más po­bres de Ma­ni­la, he­mos es­tre­cha­do la mano del pre­si­den­te Du­ter­te. Nues­tro pre­si­den­te es lo me­jor que le pu­do su­ce­der al país. Lue­go de Pac­quiao, quie­ro de­cir. El je­fe ma­yor di­jo ha­ce tiem­po: “Si co­no­cen a al­gún dro­ga­dic­to, no du­den en eli­mi­nar­lo. Má­ten­lo us­te­des mis­mos. Se­rá me­jor, por­que es éti­ca­men­te más com­pli­ca­do que los ma­ten sus pro­pios pa­dres. Má­ten­los aho­ra y de­jen que otros pa­dres ma­ten a sus hi­jos. Ma­ten a los dro­ga­dic­tos. Y ma­ten a los ca­pos. Ma­ten lo que es­tá mal. Na­die los apre­sa­rá”. Y así fue du­ran­te un tiem­po. Nos ma­ta­mos. Ma­ta­mos a los hi­jos del ve­cino. Y los ve­ci­nos que­rían des­pe­lle­jar a nues­tros hi­jos. Pe­ro los ma­ta­mos tam­bién y de­mos­tra­mos nues­tras ca­pa­ci­da­des pa­ra ani­qui­lar. Ro­we­na es bra­va y des­pia­da­da. No sé có­mo me he enamo­ra­do de ella. Tie­ne la san­gre fría. Pe­ro ama a sus hi­jos. Y me ama a mí. Y yo la amo. El ser­vi­cio se­cre­to iden­ti­fi­có nues­tras ha­bi­li­da­des con el plo­mo y el hie­rro y nos lle­vó al cam­po mi­li­tar de Ta­nay. Y fui­mos en­tre­na­dos. Y lue­go nos in­ser­ta­ron de nue­vo en el ba­rrio más jo­di­do de Ma­ni­la. Y en­ton­ces, ope­ra­mos. En me­nos de un año, eli­mi­na­mos a trein­ta es­qui­ne­ros y a sie­te ca­pos im­por­tan­tes. Ro­we­na me ha en­se­ña­do a sa­car­les los ojos. “De­ben ver, an­tes de mo­rir, en lo que se han con­ver­ti­do, Mar­ce­lo (me lla­mo Mar­ce­lo), de­ben ver con sus pro­pios ojos el pe­da­zo de mier­da en­san­gren­ta­da en el que se con­vir­tie­ron al fi­nal de sus as­que­ro­sas vi­das”. Co­no­ce la téc­ni­ca: no per­mi­tir que se se­pa­re el ner­vio óp­ti­co del ce­re­bro. He­mos lim­pia­do un sec­tor de Ma­ni­la. Lle­va­mos más­ca­ras.

Es du­ro ser par­te del pro­gra­ma. Es cier­to que te­ne­mos en­tre­na­mien­to es­pe­cial, pe­ro tam­bién so­mos hu­ma­nos. Nos do­mi­na la pa­sión. Y Ro­we­na y yo nos ama­mos. La amo a pe­sar de que es una bes­tia he­la­da. Y he­mos desa­rro­lla­do un amor va­lien­te y per­ver­so. Por­que la ex­pe­rien­cia, lle­na de vio­len­cia y vo­lun­tad y po­der, mo­ti­vó una evo­lu­ción inau­di­ta en nues­tro ca­ri­ño. No fue su­fi­cien­te des­apa­re­cer y man­ci­llar. Fui­mos ex­ten­dien­do los lí­mi­tes y, en el ejer­ci­cio psi­co­ló­gi­co por des­cu­brir­los, desa­rro­lla­mos una nue­va ten­sión: fo­llar jun­to a los cuer­pos ase­si­na­dos. Nos re­vol­ca­mos en­tre las tri­pas. Y eso hi­ci­mos. Du­ran­te va­rios me­ses. Y en­ton­ces, lle­ga­mos de nue­vo a ese otro lí­mi­te. Yo lo hi­ce: aca­ri­cia­ba a Ro­we­na so­bre un va­go sin ca­be­za que ven­día sha­bú cer­ca de una es­cue­la. Y en la mis­te­rio­sa paz que le si­gue al or­gas­mo, una par­te os­cu­ra de mí se fun­dió en un so­lo im­pul­so y be­sé el se­xo de mi mu­jer, al mis­mo tiem­po que fro­ta­ba la car­ne abier­ta del ca­dá­ver con­ti­guo. Y lo co­mí, lle­van­do pe­da­ci­tos a mi bo­ca, mien­tras co­mía el se­xo de Ro­we­na. Y ella, re­ini­cian­do la ex­ci­ta­ción, to­mó tro­zos más gran­des de las en­tra­ñas y los co­lo­có so­bre su vien­tre pa­ra que yo la de­vo­ra­ra. Y el ac­to ca­ní­bal me en­cen­dió de nue­vo. Arran­qué mi más­ca­ra y me em­pal­mé co­mo nun­ca. Lo si­guien­te: fo­llar el cuer­po de­ca­pi­ta­do. Pen­sa­ba me­ter mi pe­ne en la trá­quea abier­ta. Mi men­te lo te­nía cla­ro. Y ella ge­mía y el tron­co per­fo­ra­do del ven­de­dor de sha­bú me echa­ba el ojo des­de el va­cío. Es­ta­ba a pun­to de arras­trar­lo ha­cia mí cuan­do se abrie­ron las puer­tas del cló­set y sa­lió un hom­bre con un ges­to de pá­ni­co pu­ro y echó el es­tó­ma­go ha­cia afue­ra. Es­tu­vo es­con­di­do to­do ese tiem­po en el que Ro­we­na y yo ha­cía­mos el amor jun­to al cuer­po mu­ti­la­do de su ami­go. Y so­lo sa­lió has­ta ese mo­men­to en el que iba a pe­ne­trar la trá­quea pal­pi­tan­te. Y vo­mi­tó. Y hu­yó a to­da ve­lo­ci­dad por la ven­ta­na de la ha­bi­ta­ción. No sin an­tes ver­me el ros­tro. El ros­tro del hom­bre que co­me co­ño y car­ne de sus víc­ti­mas a la vez. El ros­tro del hom­bre que ase­si­nó al ven­de­dor de sha­bú. El ros­tro del ca­ní­bal de Ma­ni­la. Por eso tu­ve que ve­nir aquí, a Ru­sia. Me han con­ge­la­do un tiem­po. Así que, mien­tras Ro­we­na aplas­ta crá­neos por nues­tros hi­jos, por la pa­tria, yo es­toy aquí, be­bien­do vod­ka, ca­gán­do­me de frío y mas­tur­bán­do­me con los poe­mas de Ri­zal. Tris­te es el exi­lio.

Y ella, re­ini­cian­do la ex­ci­ta­ción, to­mó tro­zos más gran­des de las en­tra­ñas y los co­lo­có so­bre su vien­tre pa­ra que yo la de­vo­ra­ra

FO­TOS: SUTTERSTOCK

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