SA­BES QUE SÉ

Milenio - Laberinto - - LITERATURA - Jo­nat­han Minila (Ciu­dad de Mé­xi­co, 1980). Es au­tor del li­bro de re­la­tos Lo peor de la bue­na suer­te (2015). Jo­nat­han Minila

Yo hu­bie­ra he­cho lo mis­mo, lo sa­bes. En­tien­do que me ha­yas se­gui­do, que me ha­yas es­pe­ra­do dos ho­ras en la os­cu­ri­dad y que ha­yas sa­ca­do esa ar­ma don­de na­die po­día ver­nos. Aquel dis­pa­ro ya es­ta­ba es­cri­to. Lo es­tá. Te­nías que ha­cer­lo tú. El mu­ro gris y esa man­cha ro­ja. ¿Cuán­tas ve­ces no ha­bía vis­to una es­ce­na así? Cues­ta tres pe­sos en la ca­lle. En los de do­ce siem­pre hay un po­lí­ti­co al cen­tro, un ar­tis­ta, un ac­ci­den­te, una cri­sis fi­nan­cie­ra o al­go te­rri­ble (po­cas ve­ces lo con­tra­rio), ro­dea­do de pe­que­ñas le­tras ne­gras y ti­tu­la­res enor­mes que lo frag­men­tan to­do. ¿Qué di­fe­ren­cia hay en­tre eso y unas enor­mes te­tas jun­to a un ca­dá­ver? Tres pe­sos. Me da lo mis­mo. Ve­me aho­ra. ¿Quién iba a ima­gi­nar que ter­mi­na­ría igual? La bo­ca abier­ta con un hi­lo de san­gre, co­mo en las pe­lí­cu­las, y con las pier­nas em­pa­pa­das de orín. Me doy as­co. ¿Có­mo lo ti­tu­la­rías tú? Pon el nom­bre del cri­men aquí. Pien­sa en al­go in­ge­nio­so que lo re­su­ma to­do. Haz­los reír.

Na­die cree­ría es­to. Lo­gra­mos fin­gir tan bien que to­dos han res­pon­di­do que no. Im­po­si­ble que tu­vie­ra enemi­gos. A ve­ces to­ca­bas mi hom­bro, son­reías y me desea­bas buen día. Pe­ro ya lo sa­bías en­ton­ces. De eso pue­do es­tar se­gu­ro. Era yo. Nos co­no­cía­mos bas­tan­te bien. ¿Có­mo su­pu­se que te po­dría en­ga­ñar? Aun­que qui­zá siem­pre lo hi­ce por eso. Por­que sa­bía que lo sa­bías. Avan­zas­te una pie­za. En­ten­dis­te que so­lo al­guien tan cer­cano po­dría co­no­cer tu se­cre­to sin ha­cer al­go al res­pec­to. Tan te­rri­ble era. Na­die ha­bría po­di­do ca­llar al­go así. So­lo yo. ¿Y tú? No se lo hubieras con­fe­sa­do a na­die. ¿Por qué te ame­na­zan?, te pre­gun­ta­rían. En­ton­ces de­ci­dis­te ca­llar. Es­pe­cu­lar. Su­frir por ca­da ros­tro que en­con­tra­bas en la ca­lle. Por ca­da par de ojos que te ob­ser­va­ban más de un se­gun­do. Me das más as­co tú. Por na­da ha­bla­rías de es­to. Mal­di­to co­bar­de. Ni si­quie­ra a mí me con­tas­te so­bre las cartas que re­ci­bis­te y eso ya es de­ma­sia­do. Me ha­bría he­cho mu­cha gra­cia. Pe­ro pre­fe­ris­te la in­cer­ti­dum­bre. In­ves­ti­gar. ¿Me se­guis­te? ¿Hi­cis­te lo mis­mo con to­dos?

Soy un im­bé­cil. De­bí con­for­mar­me con la pri­me­ra vez. Pe­ro no lo hi­ce por el di­ne­ro. Lo sa­bes. Me gus­ta­ba ver­te su­frir. Ba­jas­te de pe­so y au­men­tas­te tu do­sis de an­ti­de­pre­si­vos. No sir­ven de na­da, co­mo tam­po­co sir­vió de na­da que bo­rra­ras to­das las imá­ge­nes. Cer­do per­ver­ti­do. Me­re­cías más. Qui­zá que al­guien te de­nun­cia­ra, pe­ro eso ha­bría si­do de­ma­sia­do bueno pa­ra ti. Por eso hi­ce es­to. Me me­tí a tu men­te. Te des­qui­cié. En­lo­que­cis­te. Em­pe­zas­te a sos­pe­char de to­dos. De­jas­te de sa­lir y de son­reír. ¿Có­mo pu­dis­te ha­cer­lo du­ran­te tan­to tiem­po? El de­mo­nio es­tá ocul­to de­trás de un sa­lu­do ama­ble. Hi­ce lo mis­mo. ¿Pe­ro quién soy en­ton­ces? Aho­ra es­to. Un gui­ña­po ro­dea­do de san­gre. Que no res­pi­ra. Que ob­ser­va fi­ja­men­te esas bo­tas que te re­ga­lé en Na­vi­dad. Ha­ce dos me­ses. Ahí tam­bién me dis­te un abra­zo. Ya es­tá­ba­mos con­de­na­dos en­ton­ces. Sé lo que ha­ces, sig­ni­fi­ca­ba eso. Te es­toy ob­ser­van­do. De­bí de­te­ner­me en­ton­ces. De­bí ima­gi­nar que tú tam­bién es­ta­bas de­trás de mí.

Sí, yo hu­bie­ra he­cho lo mis­mo. Cual­quie­ra, qui­zá. El mie­do, la in­cer­ti­dum­bre. Alé­ja­te cuan­to quie­ras. Lle­ga a ca­sa em­pa­pa­do en su­dor y da­te un ba­ño. Na­da de eso po­drá bo­rrar el odio que te ten­go. Soy un ca­dá­ver que son­ríe. Ob­sér­va­me bien. No im­por­ta que me ha­gan ce­ni­za ma­ña­na, que me de­vo­ren las hor­mi­gas, o que me llo­ren. Se­gui­ré son­rien­do. Por­que es­to no se de­ten­drá. ¿Creís­te des­cu­brir lo su­fi­cien­te? ¿Creís­te ave­ri­guar lo su­fi­cien­te? Sí, soy yo, di­je.

Lo sé, res­pon­dis­te, y dis­pa­ras­te des­pués. Pe­ro yo lo ha­bía he­cho an­tes. To­do son más­ca­ras. Un día des­cu­bri­rás que tú mis­mo eres quien te ha es­ta­do si­guien­do. No te ex­tra­ñe en­con­trar mi ros­tro fren­te al es­pe­jo cual­quier día de es­tos.

No es­tás dor­mi­do. Per­ci­bes mi si­lue­ta en la os­cu­ri­dad. ¿Có­mo es po­si­ble?, te pre­gun­tas. Pe­ro sa­bes que es­tás per­di­do. Tam­bién te dis­pa­ras­te a ti. Esa man­cha ro­ja eres tú. El mu­ro tu des­tino. Aho­ra te pue­do se­guir por siem­pre. Ob­ser­var­te ca­da mo­men­to. Por­que yo no duer­mo. ¿Es­cu­chas mi voz? ¿Es­tá en tu ca­be­za? Me es­toy rien­do de ti. Es­to no lo pue­des bo­rrar, ¿cier­to? A mí no me pue­des bo­rrar. Es­pe­ra­ré aquí has­ta que ama­nez­ca. No ten­go pri­sa. Te acom­pa­ña­ré a la puer­ta pa­ra ver tu ros­tro cuan­do re­ci­bas una carta más. Quie­ro que la leas con cal­ma: Sa­bes que sé. So­lo eso. No im­por­ta que la rom­pas. Haz­lo. Haz­lo mil ve­ces. Mu­chas otras lle­ga­rán. ¿A quién ma­ta­rás aho­ra?

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