Sue­ños

Milenio León - - Al Frente - RA­FAEL PÉ­REZ GAY ra­fael.pe­rez­gay@mi­le­nio.com Twit­ter: @RPe­re­zGay

Sue­ño a mis muer­tos con ex­tra­ña fre­cuen­cia. Di­cen los que sa­ben que así son los due­los, un tra­ba­jo len­to de amor y desamor. En esos es­ce­na­rios oní­ri­cos in­cre­po a mi pa­dre de una for­ma gro­se­ra. Me lla­ma la aten­ción que lo con­fron­te así por asun­tos que en la vi­da de la vi­gi­lia le per­do­né des­de ha­ce mu­chos años cuan­do pac­té con él una paz del al­ma que nos lle­vó a pa­sar bue­nos tiem­pos. Aho­ra me preo­cu­pan es­tos sue­ños: ¿y si nun­ca le per­do­né sus pe­ca­dos ca­pi­ta­les? ¿Si me en­ga­ñé to­do es­te tiem­po con un ve­lo de se­re­ni­dad inexis­ten­te? Des­pier­to en la os­cu­ri­dad, más so­lo que nun­ca, y re­pa­so el sue­ño y pien­so que he si­do in­jus­to con mi pa­dre. Tal vez esa sea la fun­ción de los sue­ños, re­ve­lar nues­tra fra­gi­li­dad e ilu­mi­nar nues­tras men­ti­ras.

Apre­cio la li­te­ra­tu­ra de J.B. Pon­ta­lis, el psi­coa­na­lis­ta, fi­ló­so­fo y es­cri­tor fran­cés que na­ció en 1924 y es­cri­bió con La­plan­che el cé­le­bre

Dic­cio­na­rio del Psi­coa­ná­li­sis. En­tre los libros de Pon­ta­lis, me gus­tan en es­pe­cial los de­di­ca­dos a sus sue­ños. Uno de ellos se lla­ma El que duer­me des­pier­to (An­drea Hidalgo, 2007). Me pre­gun­to si mis sue­ños son eso, mo­men­tos de luz y som­bra que bus­can una ver­dad inexis­ten­te. Qui­zá nun­ca es­ta­ré re­pues­to de mis pér­di­das. Pro­ba­ble­men­te na­die se re­po­ne de sus au­sen­cias.

En mi sue­ño re­cu­rren­te siem­pre es do­min­go. Le re­cla­mo a mi pa­dre que aban­do­ne la casa a eso de las seis de la tar­de. Siem­pre su­pe que se li­be­ra­ba del yu­go de los do­min­gos en otro lu­gar y con otra fa­mi­lia mien­tras no­so­tros que­dá­ba­mos pre­sos an­te la te­le­vi­sión. Es­to no es muy gra­ve, to­dos he­mos si­do una vez maes­tros del egoís­mo, pe­ro en el sue­ño no per­dono, lo arrin­cono, le di­go co­sas ho­rri­bles. En sue­ños soy inexo­ra­ble.

En mi vi­da adul­ta so­lo agre­dí a mi pa­dre una vez, un día en que le gri­tó a mi ma­dre ma­ja­de­rías que no pu­de so­por­tar. Él era vie­jo y yo jo­ven, lo arrin­co­né, lo obli­gué a re­ti­rar­se. La co­sa ita­lia­na se nos da­ba muy bien. Lo vi sen­tar­se vie­jo y ven­ci­do an­te la de­fen­sa de mi ma­dre. Mi papá era un nu­do de emo­cio­nes sin rum­bo. Esa es­ce­na se re­pi­te con variantes en mi sue­ño.

Leí una hi­pó­te­sis in­tere­san­te. En los sue­ños to­dos los per­so­na­jes so­mos no­so­tros y na­die más. Si es­to fue­ra cier­to, el hom­bre al que agre­do con gro­se­ría no es mi pa­dre, soy yo. ¿Por qué lo ha­go? ¿Me de­bo al­go?

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