Un vo­la­do por Mé­xi­co

Milenio Puebla - La Aficion Puebla - - OPINION - • Car­los Gue­rre­ro car­los­gue­rre­ro­ga­lle­gos@gmail.com • Twit­ter@CARLOSLGUERRERO

Lan­zo una pie­dra a ori­llas del Río Mos­co­va. No se hun­de ni se pier­de a la vis­ta co­mo aquel tris­te fi­nal de Ti­ta­nic. La ro­ca re­bo­ta y agrie­ta el hie­lo que por es­tos días ya apa­re­ce co­mo una ca­pa pro­tec­to­ra de quien baña a la ca­pi­tal ru­sa.

Es de­ma­sia­do el frío. Al me­nos para no­so­tros. Los -7 gra­dos cen­tí­gra­dos y la sen­sa­ción tér­mi­ca de -10, nos obli­gan a pen­sar dos ve­ces si va­le la pe­na re­ti­rar­se los guan­tes para sa­car del bol­si­llo el te­lé­fono y to­mar una fo­to­gra­fía. El vien­to cor­ta los de­dos cuan­do ape­nas el ob­je­ti­vo se en­fo­ca a dis­tan­cia.

Es­toy a unos cuan­tos pa­sos del ho­tel se­de don­de miem­bros de la FIFA se reúnen para el sorteo don­de co­no­ce­re­mos el des­tino de 32 se­lec­cio­nes na­cio­na­les. Co­mien­zan a arri­bar es­tre­llas in­ter­na­cio­na­les y ex cam­peo­nes del mun­do. Tam­bién di­ri­gen­tes de dis­tin­tas fe­de­ra­cio­nes y di­rec­to­res téc­ni­cos. Eso sí, ya sin el bri­llo, la ex­tra­va­gan­cia, el gla­mour y el des­pil­fa­rro de an­ta­ño.

Atrás han que­da­do las ele­gan­tes li­mo­si­nas y los au­tos es­col­tas que so­lo ha­cían más os­ten­to­sa -y sos­pe­cho­sa- a la or­ga­ni­za­ción que aho­ra co­man­da Gian­ni In­fan­tino. Y se­rá jus­to en el co­ra­zón de Mos­cú, el Krem­lin, en la Pla­za Ro­ja, don­de Mé­xi­co agen­da­rá su 2018. En­tre nie­ve, ár­bo­les na­vi­de­ños, es­fe­ras, co­lo­ri­do y una gi­gan­tes­ca pis­ta de hie­lo en la tie­rra de los me­jo­res pa­ti­na­do­res y bai­la­ri­nes del mun­do, Juan Car­los Oso­rio son­rei­rá de emo­ción o bien de ner­vio­sis­mo, cuan­do se­pa su pe­lo­tón y el hi­po­té­ti­co –mal­di­to- cru­ce.

Ru­sia es­tá más que lis­ta. El país. A su se­lec­ción el pro­pio ru­so no le au­gu­ra na­da. Todo es cues­tión de que en unos me­ses el frío se re­ti­re un buen ra­to, que la tem­pe­ra­tu­ra suba, que el hie­lo se con­vier­ta en cés­ped y la pie­dra que lan­cé, en mo­ne­da de la suer­te. Qué me­jor, que en sus ca­ras, ten­ga un águi­la y un sol.

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