Mi crea­ti­vi­dad cre­ce en pro­vo­ca­ción: Le­za­ma

“Mi obra tra­ta de de­cir­le al­go a la gen­te: ve las co­sas que no te atre­ves”, afir­ma el crea­dor plás­ti­co, quien for­ma par­te de la Co­lec­ción MI­LE­NIO Ar­te

Milenio Tamaulipas - - Cultura - Ve­ró­ni­ca Díaz/Mé­xi­co

Guar­dó las ce­ni­zas de su pa­dre du­ran­te 10 años, pe­ro fi­nal­men­te las de­po­si­tó en un apantle de San Ra­fael Tlal­ma­nal­co, un lu­gar que su pa­dre amó pro­fun­da­men­te y don­de le­van­tó una ca­sa que mi­ra­ba a los vol­ca­nes. Es­te via­je fue pa­ra Da­niel Le­za­ma el re­torno a un pa­sa­do lleno de imá­ge­nes de aque­llas ca­mi­na­tas jun­to a su pa­dre por el Iz­tac­cíhuatl. Re­cu­pe­rar esos re­cuer­dos es su si­guien­te pro­yec­to.

Bus­ca tras­la­dar de su me­mo­ria a su ima­gi­na­rio a los obre­ros de una com­pa­ñía fic­ti­cia, co­mo la de Luz y Fuer­za del Cen­tro, que él co­no­ció du­ran­te la cons­truc­ción de la ter­mo­eléc­tri­ca en San Ra­fael Tlal­ma­nal­co. En esa épo­ca em­pren­día, en com­pa­ñía de su pa­dre, lar­gas ca­mi­na­tas y ex­te­nuan­tes ex­cur­sio­nes por las fal­das del Iz­tac­cíhuatl.

“Por pri­me­ra vez ten­go de ma­ne­ra pre­via una idea muy cla­ra de un pro­ce­so crea­ti­vo que em­pe­cé en 2015 al tra­ba­jar mo­no­ti­pos y fon­dos blan­cos que me abrie­ron nue­vas po­si­bi­li­da­des crea­ti­vas. Ade­más la ex­pe­rien­cia de vol­ver al vol­cán me lle­vó a mis raí­ces, y re­co­no­cer lo que vi­ví a los 7 u 8 años de edad al su­bir el Iz­tac­cíhuatl has­ta ca­si 4 mil me­tros. “Vi­ví esa re­gión a ni­vel car­nal y de una for­ma muy fuer­te en el sen­ti­do de vi­vir la na­tu­ra­le­za; sin elec­tri­ci­dad, por ejem­plo. Fue muy es­pe­cial to­do ello. Y to­do eso ha es­ta­do dan­do vuel­tas en mi ca­be­za y en mi co­ra­zón du­ran­te mu­cho tiem­po, y re­to­man­do un po­co a es­ta com­pa­ñía de San Ra­fael que cons­tru­yó una ter­mo­eléc­tri­ca e hi­zo un sis­te­ma de acue­duc­tos o apantles que ba­jan el agua de des­hie­lo. Y esa com­pa­ñía ima­gi­na­ria que va a ope­rar en mi ca­be­za y en mis pin­tu­ras se­rá un plan­tel de per­so­na­jes a los que fi­nal­men­te les voy a dar un em­pleo”, ex­pli­ca el crea­dor plás­ti­co a MI­LE­NIO.

Le­za­ma di­ce que po­drá uti­li­zar el lu­gar con­vir­tién­do­lo en el es­ce­na­rio de un pro­ce­so al­quí­mi­co, de en­cuen­tro y de amor, de trans­for­ma­ción de la reali­dad que desa­rro­lla­rá en una se­rie de cua­dros. In­di­vi­dua­li­dad pro­fun­da Le­za­ma (1968) es­tu­dió en la Academia de San Car­los; be­ca­rio del Fon­ca y del Co­na­cul­ta, en 2000 ga­nó la Bie­nal de Pin­tu­ra Ru­fino Ta­ma­yo. Ha ex­pues­to de ma­ne­ra co­lec­ti­va en la Bie­nal de Pe­kín, e in­di­vi­dual en Leip­zig. Su obra for­ma par­te de co­lec­cio­nes pú­bli­cas y pri­va­das en to­do el mun­do, co­mo son el Mu­seo del Ba­rrio, en Nue­va York; la Mur­der­me Co­llec­tion, en Lon­dres; el Mu­seo de Ar­te Mo­derno en Mé­xi­co, y de la Co­lec­ción MI­LE­NIO Ar­te.

Pe­ro hay co­lec­cio­nis­tas y ga­le­ris­tas que re­cha­zan su obra, co­mo Eu­ge­nio Ló­pez Alon­so, fun­da­dor de la Co­lec­ción Ju­mex, quien sim­ple­men­te di­jo que Le­za­ma ja­más for­ma­ría par­te de su acer­vo. ¿Es pro­vo­ca­dor por con­vic­ción o por obli­ga­ción?

Ni una ni otra. Soy au­to­pro­vo­ca­dor: lo que ha­go lo ha­go pa­ra mí, no pa­ra pro­vo­car. Mi ne­ce­si­dad crea­ti­va va cre­cien­do en tér­mi­nos de pro­vo­ca­ción y me pi­de co­sas más ex­tra­ñas, sor­pren­den­tes, com­ple­jas o de ór­de­nes que no se en­tien­den fá­cil­men­te. ¿Por qué el re­cha­zo a su obra? Se tra­ba­ja con la idea de que hay un ar­te co­rrec­to y no ne­ce­sa­ria­men­te se re­fie­re a lo se­xual o a cier­tas imá­ge­nes. Por ejem­plo, en el ca­so de Ju­mex no se de­be a que sea bueno o ma­lo lo que re­cha­zan, sino que se to­mó una de­ci­sión con­cep­tual de no po­ner cier­to ti­po de co­sas, y eso es muy po­bre. ¿Es la ca­bal­ga­ta in­ter­mi­na­ble de bue­nas con­cien­cias? Bue­nas con­cien­cias que quie­ren ha­cer co­sas de van­guar­dia, pe­ro con su pro­pia idea de lo que quie­re ver el pú­bli­co. Yo tra­ba­jo una in­di­vi­dua­li­dad pro­fun­da, con­tra­rio a la ca­da vez ma­yor y obli­ga­da ex­po­si­ción pú­bli­ca de las re­des, y le di­go a la gen­te con mi obra: “Ve las co­sas que no te atre­ves a ver, lo que no le en­se­ña­rías a na­die. Es lo que tú eres”. Eso es for­tí­si­mo. En las re­des cir­cu­la ge­ne­ro­sa­men­te su pie­za El manantial co­mo una es­pe­cie de sím­bo­lo de in­dig­na­ción pú­bli­ca…

No era por ahí. Mi idea es ha­blar del ori­gen, re­mon­tar­me a él y no ne­ce­sa­ria­men­te es crí­ti­co. Los per­so­na­jes es­tán bo­rra­chos; es una pe­que­ña or­gía, pe­ro es cuan­do se mez­clan las co­sas, cuan­do se ba­ten en el cal­de­ro de la his­to­ria. El pro­ble­ma de la lec­tu­ra de mi obra en los me­dios y a tra­vés de los 20 años que he pin­ta­do es que la gen­te —in­clu­so la es­pe­cia­li­za­da— no sue­le ver con el co­ra­zón sino con la ca­be­za, y és­ta tie­ne in­fluen­cia de lo que re­ci­bes to­dos los días y no te de­ja ver con li­ber­tad las co­sas.

MAR­TÍN SA­LAS

“El pro­ble­ma de la lec­tu­ra de mi obra es que no sue­le ver­se con el co­ra­zón, sino con la ca­be­za”, afir­ma.

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