Se­cre­tos de la ciu­dad

Milenio Tamaulipas - - Al Frente -

Los 200 lu­ga­res del Cen­tro His­tó­ri­co reuni­dos en un li­bro y pues­tos ca­da uno de ellos en el bre­ve tex­to de una pla­ca ado­sa­da a la fa­cha­da de edi­fi­cios his­tó­ri­cos de Ciu­dad de Mé­xi­co pue­den leer­se co­mo men­sa­jes que vie­nen del más allá. Héc­tor de Mau­león y yo es­cri­bi­mos es­tos men­sa­jes. To­da me­mo­ria vie­ne de le­jos, de ese lu­gar don­de to­do, pa­ra bien y pa­ra mal, se ha cum­pli­do. No hay diá­lo­go con el pa­sa­do sin un to­que de ma­gia, sin ai­res fan­tas­ma­les. Es­ta es la fi­na ma­te­ria que ri­ge nues­tras re­la­cio­nes con el pa­sa­do. Me ex­pli­co con una bre­ve his­to­ria.

Lle­gué a la es­qui­na de las ca­lles de Ma­de­ro e Isa­bel la Ca­tó­li­ca una no­che fría de vien­tos cru­za­dos en el Cen­tro de Ciu­dad de Mé­xi­co. En ese lu­gar es­ta­ba el Gran Ca­fé la Con­cor­dia. Era el pun­to de reunión de la ge­ne­ra­ción de li­be­ra­les que tan­tos elo­gios pa­trios ha re­ci­bi­do con ple­nos me­re­ci­mien­tos. Co­rría el año de 1868, Ignacio Ramírez y Ma­nuel Payno to­ma­ban ca­fé en una de las me­sas de esa es­qui­na e in­tri­ga­ban con­tra sus enemi­gos po­lí­ti­cos y sus ri­va­les li­te­ra­rios. En la os­cu­ri­dad, las som­bras atra­ve­sa­ban las ca­lles en­fan­ga­das. La ciu­dad era un fra­ca­so.

Ma­nuel Gu­tié­rrez Ná­je­ra to­ma­ba ca­fé con co­ñac y es­cri­bía uno de los miles de ar­tícu­los que re­dac­tó en me­sas de ca­fé, ves­tí­bu­los de tea­tro y ga­bi­ne­tes um­bro­sos. Con fre­cuen­cia lo acom­pa­ña­ban Ama­do Ner­vo, Luis G. Ur­bi­na, Jo­sé Juan Ta­bla­da. Ha­bla­ban de la me­lan­co­lía, la en­fer­me­dad de fin de si­glo. Uno no sa­be nun­ca nada. Esos es­cri­to­res ig­no­ra­ban que eran la mar­ca fi­nal de una épo­ca y los úl­ti­mos que to­ma­rían ca­fé y ha­bla­rían del por­ve­nir de la ciu­dad y sus fra­ca­sos en ese lu­gar. El edi­fi­cio de la Con­cor­dia fue de­rrui­do en 1906, un va­ti­ci­nio de los du­ros tiem­pos de tem­pes­tad que se ave­ci­na­ban. Más li­bre y egoís­ta, no hay li­ber­tad sin egoís­mo, El Du­que aban­do­nó a sus ami­gos en el año de 1895. Mu­rió a los 35. En ese lu­gar se im­pon­drá una pla­ca.

Hace unos días ca­mi­né de nue­vo y de vie­jo por la ca­lle de mi in­fan­cia: el arro­llo de la ca­lle Ma­de­ro, an­tes Pla­te­ros y San Francisco. La ciu­dad bri­lla­ba en la pal­ma de la mano de mi pa­dre. Lo re­cuer­do bien, me di­jo: por es­ta ca­lle ca­mi­ná­ba­mos tu ma­má y yo rum­bo al Zó­ca­lo. Es­ta pla­ca so­lo la pue­do po­ner en mi me­mo­ria, y di­ce así: en es­te lu­gar, mi pa­dre me en­se­ñó los mis­te­rios de la ciu­dad y des­per­tó en mí la agi­ta­ción de una me­mo­ria ur­ba­na. Des­de en­ton­ces ca­mino por es­tas ca­lles pa­ra que ese mo­men­to no se pier­da nun­ca. Por cier­to, co­mo di­ría el clá­si­co: la me­mo­ria es el úni­co pa­raí­so del que no po­de­mos ser ex­pul­sa­dos.

35É&7,&$6 ,1'(&,%/(6 RA­FAEL PÉREZ GAY ra­fael.pe­rez­gay@mi­le­nio.com Twit­ter: @RPe­re­zGay

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