Gus­ta­vo Nan­da­ya­pa

Río ver­de en­tre ma­rim­bas y tam­bo­res

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Gus­ta­vo Nan­da­ya­pa es un ba­te­ris­ta na­ci­do en Chia­pas y que ra­di­ca en la Ciu­dad de Mé­xi­co des­de prin­ci­pios del año 2000. Con una per­so­na­li­dad mu­si­cal úni­ca que le ha si­do da­da por su he­ren­cia y sus in­fluen­cias, se ha desa­rro­lla­do en va­rios es­ti­los, des­de el fol­clor has­ta el free jazz y la im­pro­vi­sa­ción li­bre. So­brino nie­to del fa­mo­so ma­rim­bis­ta Ze­fe­rino Nan­da­ya­pa, Gus­ta­vo cre­ció en el ta­ller de su abue­lo Ale­jan­drino Nan­da­ya­pa cons­truc­tor de ma­rim­bas. “Mis ini­cios fue­ron en Chia­pas y to­do se dio de ma­ne­ra na­tu­ral por­que cre­cí en una fa­mi­lia de mú­si­cos. Em­pe­cé to­man­do cla­ses con mi abue­lo, de za­pa­tea­dos, so­nes, fol­clor, del su­r­es­te y des­pués en­tré en una es­cue­la de mú­si­ca en Tuxtla a ni­vel in­fan­til y lue­go a ni­vel téc­ni­co por­que to­da­vía no era una li­cen­cia­tu­ra. Eso fue en­tre el 94 y 97. To­qué ma­rim­ba has­ta los 19 años. La ba­te­ría la em­pe­cé a to­car a los 14 o 15 años. Ya no es­tu­dio ma­rim­ba por­que no ten­go. Lle­gué al DF y en­tré a Fer­mat­ta. Es­tu­dié en esa es­cue­la co­mo año y me­dio y ahí co­no­cí a Ga­briel Puen­tes y Pe­dro

Ga­lin­do. Con ellos es­tu­dié y em­pe­cé a co­no­cer a mu­chos mú­si­cos. Te­nía 19 años en el 2001 y en el 2003 me fui a Ams­ter­dam a es­tu­diar en el Con­ser­va­to­rio la ca­rre­ra de jazz. Mi cu­ña­do es­tu­dió allá y nos ha­bló bien de esa es­cue­la y unos ami­gos, un ma­rim­bis­ta y un ba­jis­ta que­rían sa­lir de Mé­xi­co, así que me con­ven­cie­ron de man­dar mis pa­pe­les. Coin­ci­dió que hi­ci­mos una gi­ra con Na’rim­bo en Es­pa­ña y fui­mos a Ho­lan­da a ha­cer el exa­men y nos acep­ta­ron, a Ro­ber­to

Her­nán­dez So­to, a Hum­ber­to del Car­men Al­bo­res y a mí. Nos be­có el go­bierno de Chia­pas. Era más o me­nos ba­ra­to por­que me sa­lía ca­si igual es­tu­diar allá que pa­gar la co­le­gia­tu­ra en Fer­mat­ta. Y ya no me gus­ta­ba ir a es­ta úl­ti­ma por­que to­dos los maes­tros con los que yo que­ría es­tu­diar se es­ta­ban sa­lien­do. En Ho­lan­da es­tu­ve tres años y seis me­ses”.

¿Cuál fue tu ex­pe­rien­cia allá, que apren­dis­te?

“La on­da ex­pe­ri­men­tal la apren­dí en Ho­lan­da, aun­que la es­cue­la es muy tra­di­cio­nal. Por com­pa­ñe­ros em­pe­cé a

es­cu­char otras co­sas de im­pro­vi­sa­ción li­bre. Es­tu­ve en un gru­po de un ami­go co­lom­biano que se lla­ma San­tia­go

Bo­te­ro y él ve­nía del punk, rock y la im­pro­vi­sa­ción li­bre. Por me­dio de él fui co­no­cien­do mu­chos nom­bres co­mo Jim

Black y Han Ben­nink. En ge­ne­ral ahí co­no­cí mu­chos ar­tis­tas de jazz. Cuan­do lle­gué no te­nía tan­ta in­for­ma­ción de his­to­ria o dis­cos. Me sir­vió mu­cho pa­ra en­ten­der bien la par­te tra­di­cio­nal con más ba­ses y pa­ra dar­me cuen­ta de otro panorama que no sa­bía que exis­tía”.

¿De dón­de te vie­ne el gus­to por el jazz?

“Em­pe­cé a es­cu­char jazz muy chi­co por­que mi tío Ja­vier

Nan­da­ya­pa, cuan­do vi­si­ta­ba la ca­sa des­pués de sus via­jes, le re­ga­la­ba cas­set­tes a mi pa­pá de Chick Co­rea, Keith

Ja­rrett. Ese fue mi pri­mer acer­ca­mien­to ha­cia el jazz y tam­bién por él y por Ja­vier Mo­reno em­pe­cé a ver al­gu­nos vi­deos de con­cier­tos, so­bre to­do de esos dos pia­nis­tas. Co­no­cí mu­cho rock pro­gre­si­vo por mi tío. Los pri­me­ros nom­bres fue­ron Bill Bru­ford, Da­ve Weckl, Jack

DeJoh­net­te, Vin­nie Co­laiu­ta. Co­mo to­ca­ba la ma­rim­ba a la par de la ba­te­ría vi­ne a un fes­ti­val de per­cu­sio­nes de la UNAM co­mo acom­pa­ñan­te en el ta­ller de mi abue­lo y pu­de en­trar a mu­chas cla­ses de ma­rim­ba, per­cu­sión y ba­te­ría y ahí co­no­cí a Tony Cár­de­nas ya An­to­nio Sán­chez. Al si­guien­te año re­gre­sé ya to­can­do con un en­sam­ble de ma­rim­bas de la es­cue­la Je­sús Mo­ra­les y ahí vol­ví a ver to­car a Tony y a An­to­nio y fue cuan­do de­ci­dí que que­ría de­di­car­me a eso. Po­co a po­co fui aban­do­nan­do la ma­rim­ba has­ta que mis pa­pás se re­sig­na­ron y ahí em­pe­cé mi ca­rre­ra co­mo ba­te­ris­ta”.

¿Eres cons­cien­te de esa mez­cla e in­fluen­cia que tie­nes de Chia­pas con la ma­rim­ba y tu fa­mi­lia, Ho­lan­da con el jazz tra­di­cio­nal y la im­pro­vi­sa­ción li­bre y la Ciu­dad de Mé­xi­co?

“Con el tiem­po sí. Ha­cien­do me­mo­ria me doy cuen­ta de la per­so­na­li­dad que me he ido for­jan­do y to­do lo que he pa­sa­do. He po­di­do to­car mu­chas co­sas dis­tin­tas. Cuan­do es­tu­ve en Ho­lan­da to­qué fol­clor co­lom­biano y me gus­tó mu­cho y co­no­cí otros mú­si­cos ex­pe­ri­men­ta­les por me­dio del fol­clor. To­da la mú­si­ca va de la mano. Ha­bía mu­chos es­ti­los del fol­clor co­lom­biano que se to­can co­mo la ma­rim­ba tra­di­cio­nal, que qui­zás en Chia­pas só­lo se co­no­cen co­mo za­pa­tea­dos y so­nes. No es­tá bien es­ta­ble­ci­do qué es, pe­ro en Co­lom­bia sí dis­tin­guen co­mo bu­lle­ren­gue o chan­dé. Y es­cu­cha­ba un dis­co que ha­bía gra­ba­do Jeff Ba­llard y yo no sa­bía que él ha­bía gra­ba­do mú­si­ca tra­di­cio­nal o Sa­tos­hi y que es tam­bién un im­pro­vi­sa­dor li­bre. Cuan­do ha­go ese ti­po de me­mo­rias o re­cuer­do al­go que tra­ba­jé con al­guien me voy con­cien­ti­zan­do de to­do eso que he lo­gra­do apren­der y que me ha he­cho una per­so­na­li­dad mu­si­cal. Por ejem­plo, cuan­do me lla­man pa­ra cier­tas co­sas es­pe­cí­fi­cas co­mo cuan­do to­qué con Saúl Her­nán­dez, jus­to bus­ca­ban al­guien que tu­vie­ra la mez­cla en­tre la mú­si­ca po­pu­lar, tra­di­cio­nal y al­go di­fe­ren­te. No ne­ce­sa­ria­men­te un ba­te­ris­ta de rock. Y ahí es cuan­do me doy cuen­ta de que to­do eso sí me sir­vió”.

Qué gran ri­que­za hay en es­cu­char fol­clor y las can­cio­nes tra­di­cio­na­les de to­do el mun­do. De ahí vie­ne to­do.

“Cuan­do era ado­les­cen­te es­tu­ve tan cer­ca que no lo va­lo­ra­ba tan­to, pe­ro des­pués cuan­do ha­bla­ban de mú­si­cos huas­te­cos y ja­ro­chos, yo ya los te­nía asi­mi­la­dos. Sí lle­gué a en­lo­que­cer con eso que me gus­ta­ba mu­cho. Mi pa­pá es­cu­cha­ba so­bre to­do ja­ro­cho y to­da la mú­si­ca po­pu­lar en Chia­pas es con ma­rim­ba. Es par­te de mi iden­ti­dad”.

Con to­do ese ba­ga­je y ex­pe­rien­cia, ¿qué opi­nión tie­nes de la edu­ca­ción mu­si­cal?

“No sé si yo sea un buen ejem­plo pa­ra ha­blar de eso. En las es­cue­las no he sen­ti­do que sea lo que más me ha de­ja­do. Es im­por­tan­te te­ner un maes­tro, una guía. Hay mu­chos mú­si­cos au­to­di­dac­tas muy bue­nos. En mi ca­so sen­tí que era muy im­por­tan­te te­ner cier­tas ba­ses, cier­tas guías y al­guien que te es­té re­vi­san­do. Te­ner una opi­nión apar­te de la tu­ya. No he de­ci­di­do es­tar del to­do cum­plien­do con lo que la es­cue­la te pi­de. Creo que en Mé­xi­co ha cam­bia­do. Creo que ha me­jo­ra­do bas­tan­te. Cuan­do lle­gué sen­tía que ha­bía un hue­co en­tre los mú­si­cos que to­ca­ban y los es­tu­dian­tes. En Ho­lan­da to­ca­bas con los maes­tros y así apren­días. Creo que en Mé­xi­co ha cre­ci­do el ni­vel de edu­ca­ción en el jazz y la mú­si­ca en ge­ne­ral, so­bre to­do en pro­vin­cia”.

¿Qué im­por­tan­cia ha te­ni­do la Ciu­dad de Mé­xi­co en tu desa­rro­llo?

“Es sú­per cla­ve. Siem­pre qui­se vi­vir en la Ciu­dad de Mé­xi­co. Cuan­do em­pe­cé a to­car ma­rim­ba siem­pre qui­se to­car en la Na­cio­nal de Mú­si­ca. Mis tíos, los de la Ma­rim­ba

Nan­da­ya­pa, que siem­pre vi­vie­ron acá es­ta­ban en el me­dio de la mú­si­ca clá­si­ca y yo los veía to­car cuan­do ve­nía de va­ca­cio­nes. Y pa­ra mí el D.F. era el pa­raí­so por­que to­do es­ta­ba aquí. Tal vez se ha ido des­cen­tra­li­zan­do un po­qui­to por la co­sa de las es­cue­las que ha cre­ci­do en otros es­ta­dos y otros con­ser­va­to­rios, pe­ro yo des­de ni­ño siem­pre tu­ve la idea de vi­vir aquí, de es­tu­diar y to­car con la gen­te de aquí. To­da mi ca­rre­ra co­mo ba­te­ris­ta la he he­cho aquí”.

¿Có­mo em­pe­zó la idea de ha­cer un pro­yec­to so­lis­ta?

“Eso lo em­pe­cé a tra­ba­jar aquí en es­te cuar­to de es­tu­dio. Vie­ne de ad­mi­rar y es­cu­char mu­chos mú­si­cos de im­pro­vi­sa­ción li­bre. Y no só­lo ba­te­ris­tas sino ins­tru­men­tis­tas, pia­nis­tas, sa­xo­fo­nis­tas, ba­jis­tas tam­bién. Em­pe­cé a ex­plo­rar un po­co más y ha­cer pie­zas im­pro­vi­sa­das y me es­tu­ve gra­ban­do mu­cho tiem­po. Em­pe­cé a su­bir pri­me­ro a la red esas que lla­mé Mi­nia­tu­ras ex­pe­ri­men­ta­les que es­tán en sound­cloud con mi nom­bre. Em­pe­cé a ha­cer pe­que­ñas prue­bas y las es­cu­ché. La gra­ba­ción no era la me­jor ca­li­dad, pe­ro tam­po­co bus­ca­ba la su­per­pro­duc­ción. Que­ría un so­ni­do más ca­se­ro, más cru­do. Lle­gué a jun­tar un par que me gus­ta­ron mu­cho y a par­tir de ahí em­pe­cé a to­car más ho­ras y a te­ner más se­sio­nes yo so­lo, a es­cu­char­me, a em­pe­zar a su­bir más y no que­dar­me yo to­do pa­ra ver qué pien­sa la gen­te de es­to. En Mé­xi­co no es tan co­mún to­da­vía. Sí hay gen­te que lo lle­va ha­cien­do un tiem­po, pe­ro no son mu­chos. No hay tan­tos so­lis­tas y de ba­te­ría só­lo es­tá Mi­lo Ta­mez que es muy bueno y que creo que es el me­jor de acá, y aho­ra hay más gen­te que lo ha­ce co­mo

Gi­brán An­dra­de o Ga­briel Lau­ber. Pe­ro em­pe­zó por la cu­rio­si­dad de en­fren­tar­me a mí y ver­me al es­pe­jo to­dos los días y pre­gun­tar­me qué me voy a de­cir y qué pue­do apor­tar a mí, a mi ins­tru­men­to so­lo en un cuar­to y si pue­de sa­lir de aquí o no. Em­pe­zó a fun­cio­nar bas­tan­te bien. To­da­vía lo tra­to de man­te­ner. Quie­ro sa­car un dis­co de to­das es­tas Mi­nia­tu­ras. Lo pre­sen­té en el Jaz­zor­ca. El pri­me­ro fue el más ru­do por­que yo te­nía un plan y a la me­ra ho­ra se me ol­vi­dó to­do y em­pe­cé a im­pro­vi­sar. Ese día lle­gó mu­cha gen­te. El pú­bli­co era muy co­no­ce­dor. Es­ta­ba ner­vio­so de to­car so­lo y an­te gen­te que es­ta­ba muy me­ti­da en el Noi­se y en la im­pro li­bre y creo que es­tu­vo muy bien. Lue­go hi­ce otra y en Chia­pas he he­cho va­rias pre­sen­ta­cio­nes so­lo”. Con el ca­rác­ter del sur, que es de mu­cho tem­ple y dul­zu­ra, ale­gre, pe­ro in­tro­ver­ti­do, Gus­ta­vo Nan­da­ya­pa, flu­ye co­mo río en­tre tam­bo­res y rit­mos que vie­nen de sus an­te­pa­sa­dos y en­tre nue­vos so­ni­dos que él in­ven­ta y des­cu­bre en la im­pro­vi­sa­ción. Es un mú­si­co que ha sa­bi­do asi­mi­lar su tra­di­ción y su tiem­po pre­sen­te en la ma­ne­ra de to­car la ba­te­ría.

Fo­to­gra­fía: Os­car Bui­trón

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