El sa­bio dis­traí­do

Periódico AM Express Celaya - - CORREDOR INDUSTRIAL + VIVIR - Prof. Jor­ge Gor­di­llo

¡Sa­lu­dos aten­tos! Sue­le su­ce­der que un sa­bio sea dis­traí­do. Un cam­pe­sino (fi­ló­so­fo em­pí­ri­co) me dio es­te Pi­lón Fi­lo­só­fi­co: “Los des­cui­dos (dis­trac­cio­nes) cues­tan ca­ros”. Pe­ro, me­jor lea­mos el cuen­to. An­tes es­cri­bo que la au­to­ra es de Bra­sil y es muy fa­mo­sa, lle­va más de cua­ren­ta años de ca­rre­ra li­te­ra­ria y ha es­cri­to por lo me­nos cien li­bros que han si­do tra­du­ci­dos y pu­bli­ca­dos en otros idio­mas. La ilus­tra­do­ra tam­bién es de Bra­sil. Es­ta es la his­to­ria: “No era siem­pre el ca­so, pe­ro de vez en cuan­do su­ce­día. Su ma­má de­cía: -Pe­dro, ne­ce­si­to cam­biar el pa­ñal de tu her­mano, ¿pue­des ir al ba­ño y traer­me el tal­co que es­tá en el es­tan­te? Pe­dro iba, pe­ro lle­gan­do al ba­ño, ya se ha­bía ol­vi­da­do. Traía lo que es­tu­vie­ra en­fren­te. ¡Siem­pre una co­sa di­fe­ren­te! -Pe­dro hi­jo, te he pe­di­do el tal­co y has traí­do el ja­ra­be. En vez de es­tar per­fu­ma­do, el be­bé va a que­dar em­ba­dur­na­do. O su pa­pá de­cía: -Hi­jo, an­da ayú­da­me aquí, va­mos a or­de­nar un po­co. Yo lle­vo la me­sa y tú te en­car­gas del ca­jón, así no nos con­fun­di­mos. El pa­dre se iba. Pe­dro se que­da­ba, y tar­da­ba. Un ra­to des­pués, veían que no se ha­bía mo­vi­do del si­tio. Ahí se­guía, sen­ta­do, des­pis­ta­do, le­yen­do el pe­rió­di­co uti­li­za­do pa­ra fo­rrar el ca­jón. En la es­cue­la, de vez en cuan­do, ya se sa­be. Su maes­tra pre­gun­ta­ba: -Y tú, Pe­dro, ¿qué opinas? Él no po­día dar su opi­nión. Es­ta­ba per­di­do. Es­ta­ba dis­traí­do con sus co­sas. A al­gu­nos de sus com­pa­ñe­ros les ha­cía gra­cia. Aun­que Pe­dro ni se en­te­ra­ba. Te­nía ami­gos, le gus­ta­ba la es­cue­la. Era fe­liz. Un día, los ni­ños de­ci­die­ron sa­lir pa­ra ha­cer un pic­nic en un par­que gran­de. An­du­vie­ron en­tre los ár­bo­les, por la hier­ba, por un la­do y otro del ria­chue­lo. To­dos ellos, in­clui­do Pe­dro, co­rrien­do, rien­do, sal­tan­do. -¿Quién co­no­ce una fru­ta que em­pie­za con la le­tra C? Pe­ro Pe­dro de vez en cuan­do se que­da­ba atrás, o se ade­lan­ta­ba. O se pa­ra­ba. Se que­da­ba mi­ran­do ha­cia arri­ba. O ha­cia el sue­lo. Los ni­ños ju­ga­ban: -¿Y con la le­tra j? -¡Ja­món! -gri­tó Pe­dro. -Ji­ra­fa, jil­gue­ro, ja­guar -de­cían los de­más. -¡Aho­ra el jue­go es de nom­bres de ani­ma­les! Te has dis­traí­do y ni te has en­te­ra­do de que he­mos cam­bia­do. Si­guie­ron ju­gan­do y sal­tan­do. En­tre los ár­bo­les. Por en­ci­ma de la hier­ba. De un la­do al otro del ria­chue­lo. Co­rrien­do, rien­do, sal­tan­do. Al ra­to, se can­sa­ron. To­do el mun­do se sen­tó. Les dio ham­bre. To­do el mun­do co­mió. Les dio sed. To­do el mun­do be­bió. To­das las co­sas ape­ti­to­sas que te­nían en la ces­ta… - ¿Quie­res un tro­zo de pastel? -de­cía uno. -Me das un hue­vo co­ci­do? -pe­día otro. -Yo quie­ro más na­ran­ja­da… “Con la ba­rri­ga lle­na, los pies en la are­na”. Lo que que­ría de­cir que era el mo­men­to de vol­ver a ca­sa. ¿Pe­ro cuál era el ca­mino de vuel­ta? -Es pa­ra la de­re­cha -de­cían unos. -Es pa­ra la iz­quier­da -de­cían otros. Dis­cu­tían y dis­cu­tían. Pe­ro no se de­ci­dían. Has­ta que Pe­dro di­jo: -Yo sé por dón­de ir. Es pa­ra atrás… Unos que­rían ir. Otros que­rían reír. Has­ta que uno de­ci­dió pre­gun­tar: -¿Y có­mo lo sa­bes? -Es que me gus­ta mu­cho mi­rar mi pro­pia som­bra. Por la ma­ña­na es­tá a un la­do. Por la tar­de pa­sa pa­ra el otro la­do. -No­so­tros vi­ni­mos por la ma­ña­na y va­mos a vol­ver por la tar­de. Pa­ra que la for­ma de la som­bra sea co­rrec­ta, te­ne­mos que an­dar por ese ca­mino de ahí atrás. El gru­po de­ci­dió pro­bar. De vez en cuan­do, Pe­dro de­cía: -Des­pués de aquel ár­bol flo­ri­do, es ne­ce­sa­rio gi­rar un po­co pa­ra pa­sar cer­ca del hor­mi­gue­ro. O co­men­ta­ba: -Cuan­do Zé de­jó caer aquel pa­pel, me acor­dé de la his­to­ria de Juan y Ma­ría. De flor en flor, de ni­do en ni­do, los ni­ños fue­ron des­an­dan­do el ca­mino. En ca­da en­cru­ci­ja­da, Pe­dro de­ci­día: -Es por ahí. An­tes subimos, aho­ra ba­ja­mos. -El río era más an­cho don­de em­pe­zó el pa­seo. Lo que quie­re de­cir que te­ne­mos que ir ha­cia don­de el agua co­rre”. Nos lee­re­mos en la pró­xi­ma. El Pi­lón Fi­lo­só­fi­co: “Los re­fra­nes son cáp­su­las fi­lo­só­fi­cas”.

FI­CHA TECNICA

Tí­tu­lo: El Sa­bio Dis­traí­do

Au­tor: Ana Ma­ría Ma­cha­do

Edi­to­rial: Cas­ti­llo

Pre­cio: $141.00

Cap­tu­ris­ta: Ma­ría Jose Pan­to­ja He­rre­ra

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