EX­PER­TO

Publimetro Ciudad de Mexico - - ESPECIAL / HALLOWEEN Y DÍA DE MUERTOS - NI­CO­LE ANGEMI Asis­ten­te de pa­to­lo­gía RI­CHARD PECKETT

¿Cuán­do co­men­zó tu pa­sión por lo ma­ca­bro?

– Mi abue­lo era ca­za­dor por lo que subía a las mon­ta­ñas ca­da año y me traía un crá­neo. De cier­ta for­ma se in­ten­si­fi­có a par­tir de ahí has­ta lle­gar a mi tra­ba­jo.

Los ca­dá­ve­res ha­cen que mu­chas per­so­nas se sien­tan mal fí­si­ca­men­te. ¿Te die­ron ar­ca­das la pri­me­ra vez que asis­tis­te a una au­top­sia?

– No, nun­ca. Cuan­do fui a mi pri­me­ra au­top­sia mi reac­ción ini­cial fue só­lo mi­rar el cuer­po y de­cir­me a mí mis­ma: ‘Es­ta per­so­na es­tá muer­ta.’ No es­ta­ba preo­cu­pa­da por la san­gre y esas co­sas. Lo más ex­tra­ño fue que un gru­po de per­so­nas es­ta­ba ahí en la ha­bi­ta­ción y a na­die le pa­re­ció afec­tar. Yo só­lo te­nía 19 o 20, así que tu­ve que ac­tuar co­mo que to­do es­ta­ba bien.

¿Y el olor de la car­ne po­dri­da no te afec­ta en ab­so­lu­to?

– El olor no me mo­les­ta en ab­so­lu­to, por­que es muy or­gá­ni­co, por lo que hue­le a car­ne o flo­res po­dri­das. Y só­lo pienso si al­go es­tá muer­to, se su­po­ne que de­be ser as­que­ro­so. Es ju­go­so y hue­le mal y hay ca­ca y bac­te­rias y eso es lo que ha­ce que hue­la. La úni­ca vez en que real­men­te me sien­to un po­co ma­rea­da es cuan­do abro un es­tó­ma­go. Los con­te­ni­dos son bá­si­ca­men­te vó­mi­to y pa­re­ce vó­mi­to y hue­le a vó­mi­to y, a ve­ces se ob­tie­ne una res­pues­ta vis­ce­ral.

¿Hay en­fer­me­da­des o in­fec­cio­nes que son par­ti­cu­lar­men­te pe­ne­tran­tes?

– Los olo­res de la gan­gre­na y la des­com­po­si­ción pue­den que­dar atra­pa­dos en el pelo. Pe­ro soy mu­cho más sen­si­ble a los olo­res inor­gá­ni­cos. Hi­ce que mi ma­ri­do re­em­pla­za­ra el ja­bón en nues­tra ca­sa por­que no po­día aguan­tar mis ma­nos con es­te olor a per­fu­me ex­tra­ño. Y no me gus­tan los am­bien­ta­do­res o la co­lo­nia.

¿Hay par­tes del cuer­po que ten­gan ten­den­cia a sa­lir en un cho­rro?

– To­do el tiem­po [ri­sas]. Que me lle­gue un cho­rro es la na­tu­ra­le­za de mi tra­ba­jo. En la ma­yo­ría pa­sa con un quis­te o si tie­nes un ova­rio gi­gan­te o cual­quier ti­po de es­truc­tu­ra dis­ten­di­da con lí­qui­do. Es una for­ma de ar­te abrir­lo sin que te lle­gue un cho­rro. La en­fer­me­dad re­nal po­li­quís­ti­ca pro­du­ce quis­tes que arro­jan cho­rros por to­das par­tes y es por eso que usas len­tes de pro­tec­ción.

Al pa­re­cer, tie­nes una fas­ci­na­ción con los cálcu­los bi­lia­res …

– Oh, sí, es­toy ob­se­sio­na­da con los cálcu­los bi­lia­res. La ve­sí­cu­la bi­liar es un sa­co marrón cla­ro o ver­de que no se pa­re­ce a na­da y no sa­bes lo que va a estar en su in­te­rior. Así que es al­go así co­mo esos vi­deos que mis hi­jos ven don­de abren esos hue­vos con ju­gue­tes en su in­te­rior. Es lo mis­mo ca­da vez que abres una ve­sí­cu­la bi­liar: a ve­ces hay ba­su­ra ne­gra en el in­te­rior y, a ve­ces hay unas pie­dras her­mo­sas que po­drían estar en una pie­za de jo­ye­ría.

¿Pu­les los cálcu­los bi­lia­res?

– No son ver­da­de­ras pie­dras, así que creo que si los po­nes en una pu­li­do­ra de ro­ca se des­mo­ro­na­rían.

Cuan­do la gen­te va a tu ca­sa, ¿cuál es el ob­je­to que re­ci­be la ma­yor aten­ción?

– Ten­go una co­lec­ción muy gran­de de DIU (dis­po­si­ti­vo in­tra­ute­ri­no, el dis­po­si­ti­vo de con­trol de la na­ta­li­dad). Ten­go co­mo un mi­llón de ellos. Pe­ro a los ni­ños pe­que­ños real­men­te les gus­ta el ar­ma­di­llo di­se­ca­do.

Gunt­her von Ha­gens - tam­bién co­no­ci­do co­mo Doc­tor Muer­te pre­ser­va ca­dá­ve­res y los mues­tra en ex­po­si­cio­nes. ¿Te gus­ta­ría ser pues­ta en el pro­gra­ma?

– No me im­por­ta lo que ha­gan con­mi­go cuan­do mue­ra. Ten­go es­ta fi­lo­so­fía que no de­pen­de de ti sino que le to­ca a tu fa­mi­lia. Es lo que tu fa­mi­lia ne­ce­si­ta pa­ra po­der cu­rar­se.

Es ca­si Ha­llo­ween y pa­re­ces ser el ti­po de per­so­na que po­dría tener al­go muy es­pe­cial pla­nea­do…

– Du­ran­te un par de días, voy a ser la an­fi­trio­na en un even­to en una tien­da de ra­re­zas en Phi­la­delp­hia que se lla­ma­rá Lo me­jor de la se­ño­ri­ta

Angemi y es, bá­si­ca­men­te, to­das las fotos de las co­sas que no pue­do pu­bli­car en Ins­ta­gram. Hay una fies­ta de dis­fra­ces tam­bién. Y pa­ra Ha­llo­ween lle­va­ré a mis hi­jos a pe­dir dul­ces y se­ré par­te del ju­ra­do del con­cur­so de la ciu­dad de Mer­chant­vi­lle pa­ra ver quién ha crea­do la ca­sa más te­mi­ble.

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