Oso de la Gue­rre­ro, el re­ven­de­dor más fa­mo­so de la CDMX

Em­pe­zó en el ne­go­cio des­de ni­ño y fue bau­ti­za­do con su mo­te en la Es­cue­la de Orien­ta­ción pa­ra Va­ro­nes de Tlal­pan

Publimetro Guadalajara - - NOTICIAS / VICE - PÁ­VEL GAONA

El Oso, un hom­bre cor­pu­len­to y con la mi­ra­da per­di­da en­tre los au­to­mó­vi­les de la ave­ni­da, me es­pe­ra sen­ta­do a la som­bra de un ár­bol. Es­ta­mos a unos pa­sos del me­tro El Ro­sa­rio, en la de­le­ga­ción Az­ca­pot­zal­co, en la Ciu­dad de Mé­xi­co, y el ca­lor arre­cia. Me sa­lu­da y me es­tre­cha las ma­nos. Lo pri­me­ro que no­to es que uno de sus ojos se en­cuen­tra apa­ga­do. Con un so­lo ojo útil y una voz ras­po­sa y ape­nas au­di­ble, es­te hom­bre de más de 60 años se las arre­gla pa­ra se­guir cham­bean­do en los even­tos más im­por­tan­tes de la Ciu­dad de Mé­xi­co. Es el re­ven­de­dor de bo­le­tos más fa­mo­so de la ciu­dad. A la som­bra de un te­cho de lá­mi­na, pla­ti­co con Mar­co Antonio Gon­zá­lez, co­mo ya po­cos re­cuer­dan que se lla­ma.

Pri­me­ro lo pri­me­ro, ¿de dón­de vie­ne es­te apo­do, quién te bau­ti­zó co­mo el Oso de la Gue­rre­ro?

— Cuan­do na­cí es­ta­ba muy gran­do­te, gor­do­te y muy ve­llu­do. Una tía, que en paz des­can­se, me pu­so el Oso. Así siem­pre me co­no­cie­ron en mi ca­sa. Des­de cha­vo fui muy bo­rra­cho y por eso fui a pa­rar a la Es­cue­la de Orien­ta­ción pa­ra Va­ro­nes de Tlal­pan, a la que vul­gar­men­te le di­cen La co­rrec­cio­nal. Ahí me apo­da­ron el Oso de la Gue­rre­ro, por­que te po­nían co­mo ape­lli­do el nom­bre de tu ba­rrio. Fu­lano de tal de Te­pi­to, por ejem­plo.

¿Có­mo ini­cias­te en la re­ven­ta de bo­le­tos?

— Em­pe­cé de muy cha­ma­co, to­da­vía era ni­ño. En aquel en­ton­ces ha­bía pro­mo­cio­nes en las que com­pra­bas ar­tícu­los co­mo ja­bo­nes o le­che y te da­ban cu­po­nes, y esos te los can­jea­ban por bo­le­tos en las ta­qui­llas. Iba al Palacio Chino, allá en el Cen­tro, y los cam­bia­ba. A la gen­te que es­ta­ba for­ma­da, pa­ra evi­tar­les las fi­las, se los ven­día al pre­cio. Más ade­lan­te ya los com­pra­ba, pe­ro apro­ve­cha­ba que siem­pre se ha­cía fi­la en las ta­qui­llas y les de­cía a las per­so­nas “no te for­mes, ten­go bo­le­tos, yo te vendo”, y ahí sí los ven­día un po­co más ca­ros, pa­ra ga­nar­les al­go.

Ya me con­tas­te có­mo le ha­cías en aquél en­ton­ces pa­ra con­se­guir­los. ¿Có­mo le ha­ces aho­ra?

— Pues hay dos ma­ne­ras: la pri­me­ra es ir a for­mar­me. Cuan­do son even­tos de mu­cha de­man­da, de plano hay que acam­par, me voy a dor­mir a la ta­qui­lla. Co­mo es­tá el lí­mi­te de ocho bo­le­tos por per­so­na, me lle­vo a mi es­po­sa y ahí es­ta­mos los dos. Si no dor­mi­mos ahí, lle­ga­mos muy tem­prano, de ma­dru­ga­da, y ya con eso la ar­ma­mos. Lue­go, cuan­do sé que son even­tos que son im­por­tan­tes y que el bo­le­to se va a ven­der bien, voy y le di­go a al­gu­na ve­ci­na que nos ayu­de. Tris­te­men­te en las ca­sas me­xi­ca­nas nun­ca so­bra el di­ne­ro, en­ton­ces la se­ño­ra se lle­va su bue­na co­mi­sión por ir y for­mar­se con no­so­tros y así ya tie­ne di­ne­ro pa­ra com­ple­tar lo del gas­to.

¿El lí­mi­te de bo­le­tos siem­pre es el mis­mo?

— Por lo ge­ne­ral sí. A ve­ces, cuan­do el even­to es muy de­man­da­do, só­lo de­jan com­prar seis por per­so­na y en­ton­ces le di­go a al­gún ami­go. En el fut­bol, por ejem­plo, el lí­mi­te de bo­le­tos que pue­des com­prar por per­so­na es de cin­co.

¿Cuál fue el pri­mer even­to pa­ra el que re­ven­dis­te?

— Fue el Ho­li­day On Ice, en la Are­na Mé­xi­co. Mi ma­má nos lle­va­ba a esos shows cuan­do éra­mos chi­qui­tos, tam­bién al Cir­co Atay­de. Me lle­va­ban a la ópe­ra, pe­ro no me gus­ta­ba, ¡me abu­rría mu­cho! Quién iba a de­cir que años des­pués, mi pri­me­ra re­ven­ta de un es­pec­tácu­lo se­ría pre­ci­sa­men­te pa­ra el show del Ho­li­day On Ice, en la co­lo­nia Doc­to­res.

No te gus­ta la ópe­ra, ¿qué mú­si­ca pre­fie­res?

— ¡Yo soy 100% roc­kan­ro­le­ro! Me acuer­do que de cha­vo iba a las tar­dea­das que se ha­cían en las ve­cin­da­des en la Gue­rre­ro o en Te­pi­to. No eran tar­dea­das de so­ni­de­ros co­mo las de aho­ra, era pu­ro rock. Por eso le aga­rré ca­ri­ño al gé­ne­ro.

¿Pre­fie­res re­ven­der en even­tos de rock?

— ¡Sí! Me acuer­do de cuan­do fui a ver a Rod Ste­wart en Que­ré­ta­ro. Tam­bién me fui a ver a Bon Jovi, pe­ro no me gus­tó. Uno que siem­pre voy a re­cor­dar es cuan­do vi a Queen en Pue­bla. Es­ta úl­ti­ma vez que vi­nie­ron los Ro­lling Sto­nes, el lu­nes los vi has­ta aba­jo en ge­ne­ral, y el jue­ves tam­bién los vi, pe­ro ya sen­ta­do, des­de las gra­das. Los años no pa­san en bal­de.

¡En­ton­ces te la has ro­la­do por to­do el país!

— Así es, más que oso, me gus­ta an­dar de pa­ta de pe­rro. En es­te país son dos per­so­nas las que via­jan más: los que tie­nen más la­na y no se preo­cu­pan por eso, o los que so­mos muy pobres y co­mo no te­ne­mos na­da qué per­der, nos va­mos a cual­quier la­do con unos pe­sos y la ben­di­ción de Dios. Yo soy un po­bre que ha ju­ga­do al mi­llo­na­rio.

¿Qué di­ce tu fa­mi­lia de que te de­di­ques a es­to?

— Mi ma­má cuan­do me sa­có de la co­rrec­cio­nal la pri­me­ra vez que me lle­va­ron por re­ven­der, me ofre­ció que­dar­me con un lo­cal en un mer­ca­do. Pe­ro me sen­tía en­car­ce­la­do, só­lo era sa­lir­me de una cár­cel pa­ra en­trar a otra. A mí me gus­ta ser li­bre y de es­te ofi­cio le he da­do sus­ten­to y una ca­rre­ra a mis dos hi­jas.

¿Se gana bien?

— Es­to es una ru­le­ta ru­sa. Co­mo pue­des ga­nar mu­cho, co­mo pue­des perderlo to­do. Una vez en un even­to en To­lu­ca per­dí apro­xi­ma­da­men­te 300 mil pe­sos. Lo mis­mo me pa­só con Ra­diohead en el Fo­ro Sol, más o me­nos la mis­ma can­ti­dad. ¿De dón­de va a te­ner uno pa­ra per­der to­do ese di­ne­ro?

¿Te con­si­de­ras de­lin­cuen­te?

— No. A ver, cuan­do vas al sú­per, ¿le pa­gas al due­ño de la va­ca por la le­che? Por su­pues­to que no. Ahí ya ha ha­bi­do una ca­de­na de re­ven­ta, que ter­mi­na has­ta que tú, co­mo con­su­mi­dor, la com­pras. Eso pa­sa con to­do: con los co­ches, la fru­ta, to­do. Lo que yo ha­go es lo mis­mo que ha­ce un su­per­mer­ca­do, que es fa­ci­li­tar­te el pro­duc­to. Aho­ra hay al­go que sí es de­li­to, que es ven­der bo­le­tos fal­sos. Yo mis­mo he si­do víc­ti­ma de eso. Por eso cuan­do lle­gan bo­le­tos fal­sos a mis ma­nos, los rom­po y no con­tri­bu­yo con eso. Y ni mo­do: es di­ne­ro que yo pier­do, por­que yo con­fío en la gen­te cuan­do me ven­de.

“Aun­que me gus­ta mu­cho ir a con­cier­tos con los bo­le­tos que me que­dan, ya ca­da vez es más ca­ro ir. ¡Una pin­che cer­ve­za a más de 100 pe­sos! Cuan­do yo era jo­ven dá­ba­mos por­ta­zo y me­tía­mos el mo­chi­lón car­ga­do de che­las” El Oso de la Gue­rre­ro

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