SU MA­JES­TAD

La rei­na Isa­bel II cum­pli­rá 90 años el 21 de abril, y na­die me­jor que el em­ba­ja­dor de Mé­xi­co en Reino Uni­do pa­ra ha­blar­nos de ella.

Quien - - QUIÉN FIGURA - POR DIEGOGÓMEZ PICKERING

En el pro­fun­do e hip­nó­ti­co azul de sus ojos se en­cie­rran mi­les de his­to­rias y se pue­de ver el mun­do. Es una mirada que son­ríe y atra­pa, que rei­na. La Aba­día de West­mins­ter lu­ce en to­do su es­plen­dor. Los som­bre­ros que cu­bren las ca­be­zas de to­das las da­mas y las som­bri­llas que acom­pa­ñan a ca­da caballero le dan un to­que de so­brie­dad. Los es­tan­dar­tes y los pen­do­nes apos­ta­dos a ca­da la­do de la tum­ba del sol­da­do des­co­no­ci­do le im­pri­men un ai­re ce­re­mo­nial. Y las cen­te­nas de ve­te­ra­nos de tan­tas gue­rras, en­fun­da­dos en sus uni­for­mes de ga­la y por­tan­do sen­das con­de­co­ra­cio­nes, sen­ta­dos a ca­da la­do de su lar­ga e im­po­nen­te na­ve central, de­la­tan el ca­rác­ter ri­tual de la oca­sión. La pro­ce­sión, en­ca­be­za­da por Su Ma­jes­tad, la rei­na Isa­bel II, y se­gui­da por el ar­zo­bis­po de Can­ter­bury, cie­rra el cua­dro con un ai­re in­mor­tal. Es 2015. La mo­nar­ca bri­tá­ni­ca aca­ba de cum­plir 89 años de edad y 63 rei­nan­do no só­lo In­gla­te­rra, sino una de­ce­na de paí­ses per­te­ne­cien­tes a la

Man­co­mu­ni­dad de Na­cio­nes, que van des­de Ca­na­dá has­ta las Is­las Sa­lo­món. Su tem­ple, su mirada y su in­com­pa­ra­ble don de gen­te, ha­blan de al­guien dis­tin­to a lo que cual­quier re­pu­bli­cano o mo­nár­qui­co, súb­di­to o ple­be­yo, pu­die­se ima­gi­nar pa­ra al­guien de su in­ves­ti­du­ra y li­na­je; in­clu­so pa­ra al­guien de su edad. Las cam­pa­nas si­tua­das en lo al­to de ca­da una de las dos ca­rac­te­rís­ti­cas to­rres de la Aba­día re­pi­can 70 ve­ces, una vez por ca­da año que ha pa­sa­do des­de el Día de la Vic­to­ria, aquel en el que los na­zis del Ter­cer Reich se rin­die­ron y la Gran Bre­ta­ña y los Alia­dos ga­na­ron la Se­gun­da Gran Gue­rra en Eu­ro­pa. Aque­lla pri­ma­ve­ra de 1945, Isa­bel II te­nía ya 19 años, y co­mo to­dos en Londres, sa­lió a las calles, aun­que en­cu­bier­ta, a fes­te­jar el que fue­ra el día más gran­de pa­ra su país. Hoy, sie­te dé­ca­das des­pués, una do­ce­na de pri­me­ros mi­nis­tros en su ha­ber y mu­chas gue­rras más tar­de, la rei­na se mues­tra tal vez tan vi­tal co­mo en­ton­ces. En­cu­bier­ta qui­zá aún del ojo avi­zor pe­ro igual de com­pro­me­ti­da con el país que tan di­li­gen­te­men­te se ha em­pe­ña­do en rei­nar. Na­ci­da en una In­gla­te­rra que veía salir el sol en los es­tre­chos del ar­chi­pié­la­go ma­la­yo y po­ner­se en las An­ti­llas me­no­res, Isa­bel II pa­só su niñez y ado­les­cen­cia en el cru­do pe­rio­do de las Gue­rras Mun­dia­les só­lo pa­ra ha­cer­se rei­na en los al­bo­res de la dé­ca­da de los 50, con me­dio im­pe­rio per­di­do y un mun­do por reha­cer. En sus es­pal­das lle­va el pe­so de los años pe­ro tam­bién el de un país y cua­tro na­cio­nes que a lo lar­go de su rei­na­do han cam­bia­do dra­má­ti­ca­men­te te­nien­do en ella y en el Par­la­men­to que la res­pal­da, prác­ti­ca­men­te el úni­co de­no­mi­na­dor co­mún. Sa­be me­jor que na­die que re­pre­sen­ta un ca­pí­tu­lo en la his­to­ria al que no le que­dan mu­chas más pá­gi­nas pe­ro se nie­ga a de­jar al­gu­na de es­tas en blan­co.

En el pro­fun­do e hip­nó­ti­co azul de sus ojos se en­cie­rran mi­les de his­to­rias... Es una mirada que rei­na.

*Die­go Gó­mez Pickering es in­ter­na­cio­na­lis­ta, pe­rio­dis­ta, es­cri­tor y Em­ba­ja­dor de Mé­xi­co an­te Reino Uni­do.

El em­ba­ja­dor pre­sen­tó a la rei­na Isa­bel II sus car­tas cre­den­cia­les en una au­dien­cia pri­va­da en 2014.

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