‘Es­tá da­ña­da, pe­ro no cae’

Reforma - - NACIONAL - JOR­GE RICARDO

Hu­yó de la Ciu­dad de Mé­xi­co tras el te­rre­mo­to de 1985 y aho­ra su vi­vien­da de cua­tro pi­sos, la más gran­de de El Es­pi­nal, en Oa­xa­ca, de­be­rá ser de­mo­li­da.

EL ES­PI­NAL, Oax.- Los he­ri­dos por el sis­mo cuen­tan y re­cuen­tan sus his­to­rias. Un ta­xis­ta di­ce que aque­lla no­che sin luz se le ca­yó la lla­ve y pa­só el tem­blor aden­tro de su ca­sa. Una ven­de­do­ra de gar­na­chas es­pan­ta las moscas con una bol­sa mien­tras re­la­ta que su ve­ci­na pro­te­gió a su bebé abra­zán­do­lo, pe­ro so­bre su hom­bro una vi­ga lo ma­tó de un gol­pe. Hay his­to­rias que son úni­cas, pe­ro hay his­to­rias que se re­pi­ten. La del in­ge­nie­ro Fernando Ló­pez es una de ellas.

En septiembre de 1985, se fue de la Ciu­dad de Mé­xi­co. Hu­yó del te­rre­mo­to. Ni si­quie­ra co­bró las cuen­tas de su em­pre­sa de vál­vu­las y co­ne­xio­nes. Echó al­gu­nas co­sas a su ca­mio­ne­ta y se ins­ta­ló aquí, en­tre Ju­chi­tán e Ix­tal­te­pec, las dos zo­nas más de­vas­ta­das por el sis­mo del 7 septiembre.

Aho­ra, acos­ta­do en una ha­ma­ca del al­ber­gue, di­ce que su fe­li­ci­dad du­ró 32 años.

“Es­ta­ba en­fer­mo del 85. Me es­ta­ba ali­vian­do y, aho­ra, me pe­ga es­te otro. Le di­go a mi pri­mo: ‘Yo ya es­toy muer­to’”.

Afue­ra, a sus es­pal­das, del otro la­do de la ca­lle, su es­po­sa y su hi­ja sa­can tu­bos y co­ne­xio­nes de la plan­ta ba­ja de su ca­sa ama­ri­lla, enor­me, de cua­tro pi­sos.

A tra­vés de los ven­ta­na­les de la vi­vien­da se ven las to­rres eó­li­cas, in­mó­vi­les por una fa­lla en la elec­tri­ci­dad. La pri­me­ra plan­ta es un re­gue­ro de tu­bos, ca­jas y co­ne­xio­nes, con pa­re­des lle­nas de cuar­tea­du­ras y va­ri­llas bo­ta­das de las tra­bes.

Tris­te, Fernando, de 65 años, se­ña­la que es co­mo si lo hu­bie­ran fu­si­la­do: “Has de cuen­ta que yo es­toy así, en una pa­red lleno de ti­ros”.

So­bre la al­moha­da de su ca­be­za se al­can­zan a ver los dos úl­ti­mos pi­sos de su ca­sa.

Pro­tec­ción Ci­vil de­ter­mi­nó la de­mo­li­ción. Pu­so cin­tas de plás­ti­co pa­ra im­pe­dir el pa­so. Sin em­bar­go, en el pri­mer pi­so aún se oye el zumbido de un re­fri­ge­ra­dor. Fun­cio­na, tie­ne co­mi­da aden­tro. Chi­les re­lle­nos, fri­jo­les, arroz, una san­día. A pe­sar de su mie­do, el in­ge­nie­ro pien­sa que la ca­sa pue­de sal­var­se.

“To­dos los días vie­nen. Ha­blan de de­mo­ler y des­truir. Son ellos, no­so­tros no. Por­que ahí es­tá la ca­sa, só­lo es­tá da­ña­da la plan­ta ba­ja. Que pre­sen­ten un es­tu­dio de que la pri­me­ra plan­ta ya no pue­de re­for­zar­se”, se­ña­la.

“O que ven­gan a ayu­dar­nos a sa­car las co­sas, o que nos di­gan si nos van a ayu­dar a cons­truir­la”, agre­ga su hi­ja, Ro­sa­lía Ló­pez.

“Aquí vie­ne el Go­bierno a sa­car fotos, di­ce que van a usar bom­bas, di­na­mi­ta, pól­vo­ra, pe­ro yo de ma­nos que ayu­den no he vis­to na­da”.

Por el pri­mer pi­so de la ca­sa ca­mi­na Vla­di­mir, un ami­go de la fa­mi­lia que lle­gó ha­ce dos días de la Ciu­dad de Mé­xi­co. “No se cae, la ca­sa no se cae, es­tá da­ña­da”, di­ce con una ca­ja de co­ne­xio­nes de po­li­eti­leno en el hom­bro.

“Yo ya brin­qué aquí y brin­qué allá. Si le me­tes 100 mil pe­sos pa­ra arre­glar­la, ni es la dé­ci­ma parte de lo que cos­tó to­do es­to”, di­ce, y vuel­ve a brin­car.

Hay di­plo­mas en las pa­re­des, ro­pa de niño re­ga­da por el pi­so, y la ha­ma­ca don­de dor­mía el due­ño el día del sis­mo, cuan­do le ca­yó el li­bre­ro y la te­le­vi­sión en­ci­ma. La ca­sa es la más gran­de del pue­blo, pe­ro por den­tro se pa­re­ce aho­ra a otras que que­da­ron igual, des­trui­das.

Acos­ta­do en una ha­ma­ca del al­ber­gue, Fernando ob­ser­va su ca­sa de cua­tro pi­sos. Cree que pue­de sal­var­la de la de­mo­li­ción.

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