LOUR­DES STEP­HEN

su vi­da es un sue­ño he­cho reali­dad

Hola Nicaragua - - Contenido - Tex­to: JUAN SO­TO Fo­tos: GIO AL­MA Es­ti­lis­mo: CLAU­DIA TORRES-RON­DÓN Pe­lu­que­ría y ma­qui­lla­je: FRANZ MU­ÑOZ

LA PE­RIO­DIS­TA DO­MI­NI­CA­NA NOS MUES­TRA SU FA­CE­TA MÁS PRECIADA: LA DE MA­DRE

«Ten­go el tiem­po de es­tar con mi hi­jo, y eso va­le oro. To­do el mun­do te lo di­ce, que cuan­do ellos na­cen el tiem­po se va vo­lan­do»

Han pa­sa­do al­gu­nos me­ses des­de que la pe­rio­dis­ta y pre­sen­ta­do­ra do­mi­ni­ca­na Lour­des Step­hen, pa­ra sor­pre­sa de los mi­les de te­le­vi­den­tes que la veían en la pan­ta­lla chi­ca, sa­lió de la te­le­vi­sión lue­go de quin­ce años en la ca­de­na Uni­vi­sión.

Pa­ra co­no­cer un po­co más de su nue­va vi­da, entramos en ex­clu­si­va a su ho­gar en la ciu­dad de Mia­mi, y co­no­ci­mos a su hi­jo Mi­chael Víctor, un ni­ño in­quie­to, cu­rio­so, ama­ble y muy in­te­li­gen­te. Ya fue­se en es­mo­quin o en ro­pa ca­sual, dis­fru­tó ca­da una de las fo­tos en las que le to­có ser la es­tre­lla. Y ella, se de­rri­tió de la emoción du­ran­te to­da la se­sión.

—¿Có­mo te has sen­ti­do du­ran­te es­tos me­ses?

—Yo es­toy muy fe­liz, la ver­dad. Es­toy muy con­ten­ta. Ten­go el tiem­po de es­tar con mi hi­jo, y eso va­le oro. To­do el mun­do te lo di­ce, que cuan­do ellos na­cen el tiem­po se va vo­lan­do, que hay que dis­fru­tar ca­da mo­men­to que es­tás con ellos, y es cier­to. Gra­cias a Dios, ya es un gi­gan­ti­to.

—¿Te to­mó por sor­pre­sa el fin de tu re­la­ción con Uni­vi­sión?

—No. No te­nía que to­mar­me por sor­pre­sa… to­do tie­ne su ci­clo. Hay mo­men­tos pa­ra abrir co­sas y hay mo­men­tos pa­ra ce­rrar­las. Al­gu­nas son más di­fí­ci­les que otras, pe­ro al fin y al ca­bo, tú te das cuen­ta de que es un pa­so ha­cia un cam­bio, y los cam­bios son bue­nos, son po­si­ti­vos y más cuan­do uno tie­ne fe y sa­be que cual­quier co­sa que uno de­ci­da o que te su­ce­da es par­te de un plan di­vino.

—¿Có­mo po­drías re­su­mir tu eta­pa la­bo­ral en la ca­de­na? Quin­ce años en po­cas pa­la­bras.

—Va­mos a ver có­mo lo pue­do re­su­mir. Han si­do ma­ra­vi­llo­sos. Fue una ex­pe­rien­cia muy linda tra­ba­jar en Uni­vi­sión. Co­no­cí a gen­te in­creí­ble, gen­te que me pu­so en una

si­tua­ción de te­ner que dar lo me­jor de mí, que exi­gía mu­cho de mí y que me mo­ti­va­ba a ser la me­jor. Gen­te que me en­se­ñó mu­cho, gen­te que me dio gran­des opor­tu­ni­da­des. Que me ayu­dó a cre­cer.

—Si ha­bla­mos de cam­bios im­por­tan­tes en tu vi­da, uno de ellos ocu­rrió el 12 de ma­yo del 2016, cuan­do na­ció tu hi­jo Mi­chael Víctor. Hoy eres ma­má a tiem­po com­ple­to, ¿có­mo se trans­for­mó tu vi­da?

—Ha si­do un cam­bio in­creí­ble, las prio­ri­da­des cam­bian. A ve­ces una pien­sa que cier­tas co­sas son lo más im­por­tan­te del mun­do y cuan­do te pa­sa es­to de ser ma­dre, te das cuen­ta de que real­men­te esas co­sas no eran tan im­por­tan­tes. Tam­bién te cam­bia la vi­da en otros sen­ti­dos. He apren­di­do a ser más pa­cien­te.

—Aho­ra que es­tás de­di­ca­da de lleno a Mi­chael Víctor, nos ima­gi­na­mos que te has en­fren­ta­do a co­sas nue­vas.

—De­fi­ni­ti­va­men­te, es otro es­ti­lo de vi­da, pe­ro me gus­ta. En un abrir y ce­rrar de ojos el tiem­po se va y por eso es­toy apro­ve­chan­do ca­da mo­men­to. Aho­ra lo lle­vo al mu­seo, dis­fru­ta­mos de un día de jue­gos. No era que an­tes no es­ta­ba con él, sí es­ta­ba, pe­ro aho­ra ten­go más tiem­po y es­toy en­fo­ca­da en de­di­cár­se­lo a él, a mi familia, a mi es­po­so. Y tam­bién un po­qui­to pa­ra mí, cla­ro. —¿Y qué has he­cho pa­ra ti?

—Re­la­jar­me. Ten­go to­da una vi­da tra­ba­jan­do o es­tu­dian­do. Yo no ten­go no­ción de la úl­ti­ma vez que es­tu­ve li­bre. Yo tra­ba­jo des­de que ten­go 13 años y des­de en­ton­ces no ha­bía pa­ra­do. Y eso es­ta­ba bien por­que a mí me gus­ta lle­var la vi­da así, ha­cer al­go con mi tiem­po, ser pro­duc­ti­va. Pe­ro aho­ra es que me pue­do en­fo­car en mí. Y eso es al­go po­si­ti­vo, eso es al­go muy bueno. —¿Te gus­ta­ría te­ner otro hi­jo?

—A mí me en­can­ta­ría, pe­ro mi es­po­so no quie­re, por­que él ya tie­ne dos. Su hi­ja ma­yor ya se gra­dúa de doc­to­ra (Lo­ren Pu­cha­des, 26) y la se­gun­da (Emily Pu­cha­des, 20) ter­mi­na la uni­ver­si­dad pron­to, a los 19 años, ima­gí­na­te. Pa­ra él co­men­zar de nue­vo es un gran re­to. Pe­ro sí, a mí me gus­ta­ría. No se pue­de des­car­tar, por­que uno nun­ca sa­be, pe­ro yo se­ría fe­liz, y más aho­ra.

—Es­te año tam­bién ce­le­bras 10 años de ma­tri­mo­nio con el amor de tu vi­da. ¿Có­mo re­su­mes es­tas bo­das de alu­mi­nio?

—Pa­re­ce que he vi­vi­do to­da mi vi­da con él. He­mos com­par­ti­do mu­cho, he­mos te­ni­do al­tas y ba­jas, tam-

bién, co­mo en to­do ma­tri­mo­nio, yo su­pon­go.

Es in­tere­san­te có­mo fun­cio­na el ma­tri­mo­nio. No­so­tros te­ne­mos mu­chas co­sas en co­mún, pe­ro hay otras co­sas en las que pen­sa­mos to­tal­men­te di­fe­ren­te. Si usas es­tas si­tua­cio­nes co­rrec­ta­men­te y tie­nes una guía pa­ra cre­cer, no so­la­men­te co­mo es­po­sa o es­po­so sino co­mo ser hu­mano, y en mi ca­so co­mo cris­tia­na, las co­sas van a ir bien.

—¿Y có­mo se su­pera una si­tua­ción en la que las di­fe­ren­cias los en­fren­tan?

—Yo creo que to­do par­te del res­pe­to. El sim­ple he­cho de que es­tás ca­sa­da con una per­so­na no sig­ni­fi­ca que siem­pre van a pen­sar igual o que siem­pre van a te­ner la mis­ma pos­tu­ra en al­gu­na si­tua­ción. Sí so­mos una mis­ma car­ne, pe­ro el pen­sa­mien­to es di­fe­ren­te.

—Sa­be­mos que tu ma­má ya no está, pe­ro cuan­do ves a tu hi­jo, ¿pien­sas en ella?

—Tal vez hu­bie­se que­ri­do pe­dir­le al­gún con­se­jo. To­do el tiem­po. ¡La ex­tra­ño tan­to! Yo leí de to­do du­ran­te el embarazo, soy muy per­fec­cio­nis­ta, y lo que­ría saber y con­tro­lar to­do, pe­ro hay mo­men­tos en que en­tras en pá­ni­co. Son las dos de la ma­ña­na y el ni­ño comienza a llo­rar y no en­tien­des por qué. ¿Qué pa­só?, ¿le due­le al­go? ¿tie­ne ham­bre? ¿hay que cam­biar­le el pa­ñal? Tú no sa­bes y lo que quie­res es le­van­tar el te­lé­fono y ha­cer esa lla­ma­da: ¡Ma­mi!

Cla­ro que me ha­ce mu­cha fal­ta y mi abue­la tam­bién. Y más por­que mi abue­la, la ma­má de mi ma­má, fa­lle­ció ha­ce dos años. Se con­vir­tió co­mo en mi ma­dre.

—Mi ma­má siem­pre fue una mu­jer gue­rre­ra. Siem­pre le dio la ca­ra a to­do. Fue una per­so­na que no se de­ja­ba caer, por más fuer­te que fue­ra to­do. Ella era el pi­lar de nues­tra ca­sa. Era una per­so­na tan y tan in­te­li­gen­te, y era muy co­que­ta. Siem­pre es­ta­ba pre­cio­sa.

—¿Có­mo re­cuer­das a tu ma­má?

Es­ta es la pri­me­ra vez que Lour­des se to­ma un des­can­so des­pués de in­con­ta­bles años, y di­ce or­gu­llo­sa que la vi­da que lle­va con su es­po­so e hi­jo es «un sue­ño he­cho reali­dad» Con su hi­jo a su la­do, Lour­des nos mos­tró su in­creí­ble clo­set y que­dó muy cla­ra su pre­di­lec­ción por los za­pa­tos

Te­ner un hi­jo cam­bió la vi­da de la pe­rio­dis­ta do­mi­ni­ca­na, quien con­fe­só que ha apren­di­do, en­tre otras co­sas, a ser más pa­cien­te.

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