VICKY MA­DU­RO

Es­ta du­ra prue­ba la ha con­ver­ti­do en un me­jor ser hu­mano y le en­se­ñó a va­lo­rar lo real­men­te im­por­tan­te en la vi­da

Hola Panama - - Contenido - Tex­to: ELI­ZA­BETH CAN­TÚ MA­CÍAS Fo­to­gra­fía: RI­CAR­DO CANINO Pro­duc­ción y Sty­ling: AKILES MACHUCA CASTRELLÓN - ADS IMA­GES / @ADS_ IMA­GES Ma­keup: GA­BRIE­LA BY FUZION SALON Hair Sty­ling: PASHO BY FUZION SALON Ves­tua­rio: CHRISTIAN CIRIANO, SIL­VIA TCHERASSI Y TEMP

Emo­ti­va en­tre­vis­ta con la jo­ven lu­cha­do­ra

RI­SUE­ÑA, ALE­GRE, ca­ri­ño­sa y afe­rra­da a la vi­da. Así es Vic­to­ria Ma­du­ro, Vicky, una mu­jer agra­de­ci­da a Dios y a la vi­da. Con una son­ri­sa en su ros­tro, una her­mo­sa pa­ño­le­ta y un abra­zo de esos que te en­vuel­ven y que te dan de co­ra­zón, nos re­ci­bió en su ho­gar y com­par­tió por pri­me­ra vez su his­to­ria, ha­cien­do un lla­ma­do a au­to­exa­mi­nar­se y pres­tar­le aten­ción al cuer­po. Hoy, a sus 25 años, fue ca­paz de so­bre­po­ner­se a una du­ra ba­ta­lla y lo lo­gró te­nien­do siem­pre su fren­te en al­to y con Dios pre­sen­te en su vi­da. Hace un año fue al gi­ne­có­lo­go, por­que sen­tía al­go que aún hoy no es ca­paz de de­fi­nir con exac­ti­tud. Un hués­ped no desea­do, una ma­sa alo­ja­da en uno de sus se­nos. Pe­ro al es­tar tan so­lo en sus vein­tes y con los exá­me­nes re­co­men­da­dos pa­ra su edad per­fec­tos, los mé­di­cos no to­ma­ron las de­bi­das pre­cau­cio­nes y no le die­ron im­por­tan­cia a su de­li­ca­do es­ta­do de sa­lud. —¿Tie­nes an­te­ce­den­tes fa­mi­lia­res con es­ta con­di­ción? —Sí, mi pa­dre fa­lle­ció a los 36 años por un tu­mor en la ca­be­za. Des­de en­ton­ces soy cons­cien­te de que la edad no es un li­mi­tan­te pa­ra pa­de­cer un mal co­mo el que se anun­cia­ba, el mis­mo al que aquel mé­di­co con­si­de­ró co­mo una fal­sa alar­ma.

«Dios ha si­do mi fuer­za. Sa­bía que al fi­nal, to­do iba a sa­lir bien»

—Lue­go del acos­tum­bra­do ul­tra­so­ni­do, te ha­cen un pri­mer mal diag­nós­ti­co… —Tan­to mi ma­dre co­mo yo es­tá­ba­mos muy in­tran­qui­las. El ul­tra­so­ni­do se lo en­via­ron a la gi­ne­có­lo­ga, que tam­bién nos di­jo que se­gún el re­por­te mé­di­co no se ob­ser­va­ba al­go en la ma­ma iz­quier­da. —¿Nin­gún mé­di­co te re­co­men­dó rea­li­zar­te una ma­mo­gra­fía? —En ese tiempo te­nía 24 años y se di­ce que a esa edad no se de­be prac­ti­car un exa­men de ma­mo­gra­fía. Pe­ro lue­go de ese pri­mer mal diag­nós­ti­co se­guí in­quie­ta, me re­cos­ta­ba en la ca­ma y me pre­gun­ta­ba ¿Có­mo es es­to que no apa­re­ce?, sa­bía que te­nía una ma­sa. —¿Qué hi­cis­te lue­go? —Tra­té de se­guir mi vi­da nor­mal, pe­ro sen­tía unas co­rrien­tes de do­lor a lo in­terno y, co­mo se di­ce que es­te ti­po de cán­cer no due­le, me de­cía que no era cán­cer. No sa­bía qué ha­cer ni ha­cia dón­de ir, es­ta­ba to­tal-

men­te con­fun­di­da. Me con­cen­tré en el tra­ba­jo y de­jé de pres­tar aten­ción. —In­creí­ble­men­te pa­sa un año lue­go de ese fal­so diag­nós­ti­co. ¿Qué ocu­rre pa­ra que de­ci­das ir nue­va­men­te a re­vi­sar­te? —Dios, que es in­men­sa­men­te po­de­ro­so, me en­vió una se­ñal. En di­ciem­bre del 2016 tu­ve un im­por­tan­te ac­ci­den­te de au­to. Lue­go de al­gu­nos días, en ple­nas na­vi­da­des, no me sen­tía del to­do bien, por lo que de­ci­dí ir

al mé­di­co pa­ra una re­vi­sión y es­te, de ru­ti­na, me re­vi­só los se­nos y pal­pó la ma­sa. In­me­dia­ta­men­te, a me­dia­dos de enero de es­te año, me rea­li­za­ron una biop­sia. Ya te­nía un año de ha­ber ini­cia­do la in­da­ga­ción y me de­cían que no te­nía na­da, pe­ro de pron­to me do­lía. Real­men­te se­guía con­fun­di­da y sin sa­ber qué ha­cer. —Una chi­ca de 25 años en la clí­ni­ca de un ci­ru­jano on­có­lo­go, que di­fí­cil de­bió ser —Nun­ca pen­sé es­tar sen­ta­da allí. El doc­tor ex­tra­jo las mues­tras y lue­go de una se­ma­na, la más ho­rri­ble de mi vi­da, le die­ron a mi ma­má los re­sul­ta­dos. En ese mo­men­to me di­je­ron que te­nía que em­pe­zar qui­mio­te­ra­pia, lo que hi­ce en fe­bre­ro pa­sa­do. Sin que­rer­lo, ya me es­ta­ba pre­pa­ran­do pa­ra ese mo­men­to y me re­pe­tía “Dios, se­rá lo que tú quie­ras, me va a cam­biar la vi­da, pe­ro ten­go que ver más allá”. —Tu fa­mi­lia y tu no­vio te apo­ya­ron en to­do mo­men­to —Así es, me sen­tía co­mo en una pe­lí­cu­la, por­que ha­bla­mos de un cán­cer que te­nía en mi cuer­po, con el que vi­vía sin pres­tar­le aten­ción y con exá­me­nes ru­ti­na­rios per­fec­tos. El tu­mor era agre­si­vo, pe­ro yo me di­je “voy a sa­lir ade­lan­te, no me voy a de­rrum­bar, no me voy a de­pri­mir, por­que si ha­go lo con­tra­rio no me ayu­do”. Sa­bía que al fi­nal to­do iba a sa­lir bien. —Eres ad­mi­ra­ble, a pe­sar de to­do siem­pre man­tu­vis­te el áni­mo y la fe en Dios. —Dios ha si­do mi fuer­za. En me­dio de to­do, mi ma­má y yo es­ta­mos con­ten­tas, ya que so­lo lo ten­go en el seno y es­toy ba­ta­llan­do con to­do pa­ra que es­to sal­ga de mi cuer­po, sea co­mo sea. —¿Có­mo fue tu pro­ce­so de qui­mio? —Es lo peor que he vi­vi­do, pe­ro las en­fer­me­ras ven en mí a una jo­ven que es­tá de­ter­mi­na­da a sa­lir ade­lan­te. En ver­dad, no sa­bía lo di­fí­cil que es, es­tás pe­lean­do por tu vi­da y

«Es lo peor que he vi­vi­do, pe­ro las en­fer­me­ras ven en mí a una jo­ven que es­tá de­ter­mi­na­da a sa­lir ade­lan­te. En ver­dad, no sa­bía lo di­fí­cil que es, es­tás pe­lean­do por tu vi­da y to­do cam­bia»

«He en­tra­do en un pro­ce­so re­fle­xi­vo. La re­la­ción con mi fa­mi­lia y mis amis­ta­des es más pro­fun­da. Me sien­to otra per­so­na, ten­go ga­nas de de­cir mu­chas co­sas y me he de­ci­di­do a com­par­tir,

po­co a po­co, mi pro­ce­so»

to­do cam­bia. Lue­go de las se­sio­nes de qui­mio­te­ra­pia es­toy en un tra­ta­mien­to por tres me­ses, ca­da se­ma­na. —A tus 25 años eres una per­so­na muy ma­du­ra —He en­tra­do en un pro­ce­so re­fle­xi­vo. La re­la­ción con mi fa­mi­lia y mis amis­ta­des es más pro­fun­da. Me sien­to otra per­so­na, ten­go ga­nas de de­cir mu­chas co­sas y me he de­ci­di­do a com­par­tir, po­co a po­co, mi pro­ce­so. Aún me tie­nen que ope­rar y ha­cer ra­dio­te­ra­pia, pe­ro lo más di­fí­cil ya ha pa­sa­do. Dios siem­pre ha es­ta­do con­mi­go. —Sin du­da es preo­cu­pan­te que otras jó­ve­nes pa­sen por la mis­ma si­tua­ción

—Así es y, so­bre to­do, que los mé­di­cos in­sis­tan en po­ner una edad de­ter­mi­na­da pa­ra el cán­cer de seno. Qué va a pa­sar con esas otras jó­ve­nes que lo pa­de­cen. Mien­tras yo es­toy aquí y lo pue­do con­tar, otras per­so­nas a lo me­jor no lo po­drán ha­cer. —¿Có­mo te sien­tes a ni­vel emo­cio­nal? —Es­toy muy agra­de­ci­da a las per­so­nas, al mun­do, al apo­yo re­ci­bi­do y por sa­ber lo fuer­te que uno pue­de ser, de bus­car lo bueno en lo que ha su­ce­di­do. Me le­van­to ca­da día con vi­da y con mi fa­mi­lia. La re­la­ción con mi no­vio se ha he­cho mu­cho más fuer­te. —Es­ta ba­ta­lla que es­tás ga­nan­do, ¿te ha cam­bia­do? —Cla­ro que sí. Aho­ra soy más sen­ti­men­tal, apren­dí que no de­be­mos ser du­ros con las de­más per­so­nas. Es­to a pe­sar de que hu­bo días en que me hun­dí, por­que du­ran­te la qui­mio­te­ra­pia te quie­bras en pe­da­ci­tos, pe­ro aho­ra ya es­toy ter­mi­nan­do. —Irra­dias fe­li­ci­dad y mu­chas ga­nas de se­guir ade­lan­te Me sien­to feliz, por­que an­tes no sa­bía lo que te­nía, aho­ra ya sé de qué se tra­ta. Apren­dí mu­cho du­ran­te es­te pro­ce­so y aún me fal­ta mu­cho por apren­der. No se tra­ta de te­ner mie­do, sino que hay que exa­mi­nar­se y pres­tar aten­ción a nues­tro cuer­po. —Po­der com­par­tir tu ex­pe­rien­cia es tam­bién sa­na­dor —Qui­sie­ra ha­cer al­go por las mu­je­res que pa­san por lo mis­mo. No por va­ni­dad, sino por­que cuan­do nos ve­mos en el es­pe­jo no nos re­co­no­ce­mos. Al prin­ci­pio vi­ví co­mo un fa­llo el ha­ber lle­ga­do has­ta don­de es­tu­ve sin dar­me cuen­ta, pe­ro es un ca­mino que no cam­bio por na­da. Hoy me quie­ro más que an­tes. —Te va a ir muy bien con el blog que quie­res ha­cer. —Una vez me re­cu­pe­re voy a em­pe­zar a com­par­tir, por­que sé que pue­do ayu­dar a mu­chas per­so­nas. Pa­ra mí es muy im­por­tan­te com­par­tir mi tes­ti­mo­nio y que las per­so­nas que tie­nen du­das pre­gun­ten, por­que es­te un pro­ce­so que no se pue­de pa­sar so­lo. Aho­ra quie­ro vi­vir la vi­da al má­xi­mo.

«Es­toy muy agra­de­ci­da a las per­so­nas, al mun­do, al apo­yo re­ci­bi­do y por sa­ber lo fuer­te que uno pue­de ser, de bus­car lo bueno en lo que ha su­ce­di­do. Me le­van­to ca­da día con vi­da y con mi fa­mi­lia»

Hoy, a sus 25 años, fue ca­paz de so­bre­po­ner­se a una du­ra ba­ta­lla y lo lo­gró te­nien­do siem­pre su fren­te en al­to y con Dios pre­sen­te en su vi­da.

Ri­sue­ña, ale­gre, ca­ri­ño­sa y afe­rra­da a la vi­da. Así es Vic­to­ria Ma­du­ro, Vicky, una mu­jer agra­de­ci­da a Dios y a la vi­da. Con una son­ri­sa en su ros­tro, una her­mo­sa pa­ño­le­ta y un abra­zo de esos que te en­vuel­ven y que te dan de co­ra­zón, nos re­ci­bió en su ho­gar y com­par­tió por pri­me­ra vez su his­to­ria, ha­cien­do un lla­ma­do

a au­to­exa­mi­nar­se y pres­tar­le aten­ción al cuer­po.

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