ALLAH

Es­te es el nom­bre pro­pio que se re­fie­re al Ser sa­gra­do, en el que cree­mos los mu­sul­ma­nes y pa­ra el que obra­mos y de es­ta for­ma com­pla­cer­lo, sien­do cons­cien­tes de que nues­tras vi­das y nues­tro des­tino de­pen­den de Él.

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Es el pri­me­ro y más gran­dio­so de los nom­bres, glo­ri­fi­ca­do sea. ALLAH es el úni­co que po­see cua­li­da­des de ma­jes­tuo­si­dad, be­lle­za y per­fec­ción. El sol des­apa­re­ce. Las flo­res se mar­chi­tan, y la pri­ma­ve­ra cul­mi­na has­ta el oto­ño. La sa­lud ter­mi­na con la en­fer­me­dad. El fi­nal de la vi­da es la muer­te, los im­pe­rios flo­re­cen y lue­go des­apa­re­cen. Los con­ti­nen­tes son de­vo­ra­dos por el océano. Las es­tre­llas es­ta­llan en el es­pa­cio del uni­ver­so y des­apa­re­cen. El mundo ma­te­rial es un mundo de en­ga­ño.

Se dis­fra­za con men­ti­ras y su des­tino es la per­di­ción, co­mo pa­la­bras es­cri­tas en el agua o gra­ba­das so­bre la are­na, el vien­to dis­po­ne de ellas, pe­ro Dios no es así.

Dios es­tá con no­so­tros don­de­quie­ra que es­te­mos, muy cer­ca de no­so­tros pe­ro no lo ve­mos; al igual que uno no ve lo ne­gro de sus ojos y Él es­tá más cer­ca que la san­gre en nues­tros cuer­pos.

Es quien tie­ne el po­der de be­ne­fi­ciar­nos o per­ju­di­car­nos, es el que po­ne el ve­neno del es­cor­pión y la fra­gan­cia en la flor, es quien por su esen­cia pue­de ha­cer to­das las co­sas, es quien se ocu­pa de to­da la crea­ción y a to­do ser vi­vien­te le da la vi­da.

Las es­tre­llas en el fir­ma­men­to se ri­gen por las le­yes de Dios, y los ár­bo­les se le­van­tan por­que Él las ex­tien­de con Su luz.

No­so­tros nos er­gui­mos por Su vo­lun­tad, ve­mos, oí­mos, ha­bla­mos y sen­ti­mos, dis­fru­ta­mos de la vi­da con su anuen­cia, por me­dio de nues­tros cuer­pos con el que nos ha agra­cia­do.

¡Glo­ri­fi­ca­do sea Su Ma­jes­tuo­si­dad y Ge­ne­ro­si­dad!

Por me­dio de le­tras y pa­la­bras so­mos in­ca­pa­ces de ex­pli­car su ran­go ele­va­do, tam­po­co po­see­mos las ex­pre­sio­nes ade­cua­das pa­ra ha­cer una des­crip­ción del Supremo; del Al­tí­si­mo no hay na­da que se le ase­me­je, Él to­do lo oye y to­do lo ve.

Es quien po­see una gran­dio­sa Ma­jes­tad, quien me­re­ce la ala­ban­za y la glo­ri­fi­ca­ción de los hu­ma­nos, des­de que es men­cio­na­do en la his­to­ria has­ta que ya no exis­ta so­bre la faz de la Tie­rra; pe­ro se han ol­vi­da­do de Dios y no creen en Él, pe­ro ello no ha he­cho mer­mar su Ma­jes­tuo­si­dad, su po­der, y su orgullo.

Él, glo­ri­fi­ca­do sea es el más gran­dio­so en su esen­cia y po­see los su­bli­mes nom­bres y atri­bu­tos, pres­cin­de de to­do por Su gran­dio­si­dad y po­der.

Es quien po­see el Reino más gran­dio­so y la dig­ni­dad. Es­tá más allá de ser al­can­za­do por la ig­no­ran­cia de los ig­no­ran­tes, de las con­je­tu­ras, del des­vío de los des­ca­rria­dos, y de la ne­ga­ción de quien lo nie­gue.

Dios To­do­po­de­ro­so es quien di­ce: “¡Sier­vos míos! no po­dréis al­can­zar nin­gún da­ño con el que po­dáis per­ju­di­car­me, ni be­ne­fi­cio co­mo pa­ra be­ne­fi­ciar­me en al­go. ¡Sier­vos míos! Si el pri­me­ro has­ta el úl­ti­mo, hu­mano y genio, fue­se tan pia­do­so co­mo el del co­ra­zón más pia­do­so, ello no in­cre­men­ta­ría a mi reino en na­da”.

¡Sier­vos míos! Si el pri­me­ro has­ta el úl­ti­mo de los hu­ma­nos y ge­nios, fue­sen tan co­rrup­tos co­mo el de co­ra­zón más co­rrup­to, ello no mer­ma­ría mi reino en ab­so­lu­to.

¡Sier­vos míos! Son vues­tras obras las que ten­go en cuen­ta y lue­go os re­com­pen­sa­ré o cas­ti­ga­ré por ellas, quien vea que es­tas son bue­nas que ala­be a Dios, y quien en­cuen­tre lo con­tra­rio que no cul­pe a na­die más que a sí mis­mo.

Her­ma­nos, mos­tré­mos­le el bien de nues­tras al­mas a Dios, nues­tras obras pia­do­sas y una bue­na mo­ral. Pi­dá­mos­le a dios que nos ben­di­ga y nos per­mi­ta co­no­cer­lo, amar­lo y te­mer­le, y que nos cu­bra con sus in­men­sas gra­cias y ge­ne­ro­si­dad, que su mi­se­ri­cor­dia es­té pre­sen­te en nues­tras vi­das, y que nos guíe por el ca­mino rec­to. Amén.

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