Mi­rar con los ojos del al­ma

Extra (Paraguay) - - Lo Primero - @Mely­he­bert

“No me ha­llo”, “No sé que me pa­sa”, pa­re­cen ser frases que so­lo se usan pa­ra des­cri­bir un pa­sa­je­ro es­ta­do de áni­mo; sin em­bar­go, quie­nes se ex­pre­san así mu­chas ve­ces es­con­den un gran do­lor, den­tro de esas le­tras es­tá ocul­to un gri­to de au­xi­lio.

La de­pre­sión es una en­fer­me­dad que por aquí aún se to­ma co­mo un sim­ple es­ta­do de áni­mo, cuan­do la reali­dad es to­tal­men­te di­fe­ren­te. Se­gún un es­tu­dio de la Or­ga­ni­za­ción Mun­dial de la Sa­lud, al­re­de­dor de 390.000 pa­ra­gua­yos pa­de­cen de­pre­sión, mien­tras unos 500.000 com­pa­trio­tas son afec­ta­dos por la an­sie­dad. Am­bos ma­les com­bi­na­dos son una tor­tu­ra cons­tan­te pa­ra quien los pa­de­ce; en ese sen­ti­do, el apo­yo de fa­mi­lia­res y ami­gos es to­tal­men­te fun­da­men­tal. Un "con­ta­me qué te pa­sa", siem­pre pue­de mar­car la di­fe­ren­cia. Es im­por­tan­te en­ten­der que es una en­fer­me­dad, por lo que nun­ca hay que des­es­ti­mar­la o mi­ni­mi­zar­la, ya que en al­gu­nos ca­sos la per­so­na pue­de to­mar de­ci­sio­nes la­men­ta­bles.

Va­rios son los fac­to­res que pue­den ha­cer que una per­so­na su­fra de es­te "mal si­len­cio­so": la so­le­dad, el bull­ying y la fal­ta de ca­ri­ño son al­gu­nos. En ese sen­ti­do, es im­por­tan­te aten­der el com­por­ta­mien­to que te­ne­mos con otros, mu­chas ve­ces no sa­be­mos por los pro­ble­mas que pa­sa la otra per­so­na. Ser ama­bles con los de­más es al­go que no nos cues­ta ca­ro, es lo úni­co que se pue­de dar y re­ci­bir gra­tis den­tro de es­ta so­cie­dad. Creo que es fun­da­men­tal tra­tar siem­pre de trans­mi­tir un po­co de ale­gría y de es­cu­char a los de­más en cual­quier par­te; en la ca­sa con los fa­mi­lia­res, en el tra­ba­jo, en la fa­cul­tad, con la se­ño­ra de la des­pen­sa.

La de­pre­sión no es un jue­go. Se tra­ta de mi­rar con los ojos del al­ma, de brin­dar apo­yo. Una ca­rac­te­rís­ti­ca que tam­bién sue­le es­tar pre­sen­te en es­te pro­ble­ma es que quien sufre no ha­bla por te­mor a que no lo quie­ran es­cu­char o a que le di­gan co­sas co­mo: "¡Es­ta to­do en tu ca­be­za!", esa fra­se es de lo peor.

La de­pre­sión es una en­fer­me­dad, no una de­bi­li­dad; hay mu­chas for­mas de mos­trar­le a la per­so­na que no es­tá so­la. Por­que na­die, ab­so­lu­ta­men­te na­die, sea quien sea, me­re­ce pa­sar por tan­to do­lor.

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