El vie­jo sa­bio

Extra (Paraguay) - - Lo Primero - @Me­liz­zahe­bert

Vie­jo, mi que­ri­do vie­jo, co­mo di­ce una fa­mo­sa can­ción. Es­te do­min­go fes­te­ja­mos el día de pa­pá, esa fi­gu­ra pro­tec­to­ra que es par­te fun­da­men­tal de una fa­mi­lia, ese pa­pel que mu­chos no sa­ben que es her­mo­so in­ter­pre­tar­lo.

"Ma­má, pa­pá" se cons­ti­tu­yen en­tre las pri­me­ras pa­la­bras que pue­de apren­der un ni­ño y son las pa­la­bras que más se les gra­ban en el co­ra­zón, "pa­pá, ma­má".

En nues­tro lar­go o cor­to ca­mi­nar por la vi­da, ellos (los pa­dres) son nues­tros guías, al­gu­nos las­ti­mo­sa­men­te no tu­vie­ron la suer­te de con­tar con uno y otro, y otros, a pe­sar de te­ner­los no se dan cuen­ta del enor­me re­ga­lo que son.

Pa­pás son una pie­za im­por­tan­te en los hi­jos, son la sa­bi­du­ría a la que ellos

"Los pa­dres tie­nen esa ma­gia, de ha­cer que to­do sea más ar­mo­nio­so"

pue­den re­cu­rrir ca­da vez que ne­ce­si­ten de un con­se­jo, son la pri­me­ra per­so­na a la que irán co­rrien­do ca­da vez que se sien­tan en pe­li­gro. ¡Es una gran res­pon­sa­bi­li­dad!, sí lo es, pe­ro na­die lle­ga a cier­tas si­tua­cio­nes sin te­ner la ca­pa­ci­dad de ha­cer­lo.

La ca­pa­ci­dad de criar un hi­jo o una hi­ja con amor la tie­nen to­dos, el amor ese es un gran don que tie­ne el ser hu­mano...la vi­da es­tá di­se­ña­da de ma­ne­ra a que nin­gún ser es­té so­li­to en ella, la pri­me­ra com­pa­ñía de un hi­jo siem­pre son sus pa­dres. Y hoy con to­do y co­mo va el mun­do, la res­pon­sa­bi­li­dad de cui­dar a los chi­qui­tos es aún ma­yor. Pa­pá, de­te­né tu tra­jín en el día un se­gun­do y pen­sá en tus hi­jos. Pen­sá en to­do lo que les en­se­ñás día a día y en có­mo se sen­ti­rán con­ti­go, tra­tá de dar­les ca­ri­ño y de ha­blar con ellos siem­pre.

Des­de mi pro­pia ex­pe­rien­cia, pue­do de­cir­les que lo que en­se­ñan los pa­dres nun­ca se ol­vi­da y si se po­ne en prác­ti­ca to­do es co­mo más fá­cil.

Los pa­dres tie­nen esa ma­gia de ha­cer que to­do sea más ar­mo­nio­so, pa­pá siem­pre va a ser el pro­tec­tor in­na­to… el vie­jo sa­bio.

Es­te do­min­go tra­tá de pa­sar tiem­po con tu pa­pá y ha­blar con él, sus pa­la­bras dul­ces y lle­nas de lec­cio­nes de la vi­da te van a ser­vir. No cues­ta na­da de­jar un ra­to la te­le, el ce­lu­lar y sen­tar­te a su la­do a to­mar te­re­ré o ma­te mien­tras dis­fru­tás de su com­pa­ñía, ese mo­men­to se que­da­rá en tu al­ma pa­ra siem­pre.

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