MEN­TO­RES

De esos ami­gos que ins­pi­ran

High Class - - El Mundo Y Sus Esquinas -

Por­que es el mes de la amis­tad, no quie­ro ha­blar de las Es­qui­nas del Mun­do, sino de aque­llas que más bien tie­nen que ver con esos mo­men­tos en la vida que se pa­re­cen a las es­qui­nas, por­que nos cam­bian el rum­bo.

Voy a ha­blar de los men­to­res, esa es­pe­cie de ami­gos que al­gu­na vez cre­ye­ron en no­so­tros y nos die­ron esa voz de alien­to en los mo­men­tos du­ros. Di­cen que to­dos te­ne­mos uno. Al­guien que nos ha ins­pi­ra­do a que­rer ser di­fe­ren­tes, a que­rer su­pe­rar­nos. Al­guien que nos tu­vo fe y nos dio la fuer­za ne­ce­sa­ria pa­ra creer en no­so­tros mis­mos. Ha­ce po­co leía la his­to­ria de un atle­ta que ha­bía que­da­do pa­ra­li­za­do lue­go de un ac­ci­den­te de ski. Cuan­do des­per­tó en el hos­pi­tal y se en­te­ró de que nun­ca más po­dría ca­mi­nar, sin­tió que su vida se ha­bía aca­ba­do ahí. Al prin­ci­pio lo acom­pa­ña­ban los ami­gos y pa­rien­tes con vi­si­tas pe­rió­di­cas al hos­pi­tal. Pe­ro lue­go, con el tiem­po, la vida si­guió con sus ru­ti­nas y la gen­te se em­pe­zó a au­sen­tar. Las des­gra­cias son así. Aca­pa­ran la aten­ción de to­dos, con­mo­cio­nan por un tiem­po, pe­ro tar­de o tem­prano las co­sas vuel­ven a su lu­gar.

La ru­ti­na, con sus rit­mos lo­cos, nos

AMI­GOS QUE AL­GU­NA VEZ CRE­YE­RON EN NO­SO­TROS Y NOS DIE­RON ESA VOZ DE ALIEN­TO EN LOS MO­MEN­TOS DU­ROS

ab­sor­be a to­dos. Y em­pie­za la reali­dad. Da­vid te­nía 20 años, y en el pri­mer día que sus ami­gos no pu­die­ron ir al hos­pi­tal em­pe­zó a ima­gi­nar lo que se­ría su vida des­de aquel mo­men­to en más: no so­lo ja­más vol­ve­ría a es­quiar, sino que tam­po­co po­dría ma­ne­jar su au­to, te­ner una no­via, en­con­trar un tra­ba­jo y vi­vir esa his­to­ria que siem­pre ima­gi­nó, la de una exis­ten­cia nor­mal. Es­te pen­sa­mien­to que­bró su es­pí­ri­tu y, en la so­le­dad de ese frío cuar­to, se pu­so a llo­rar. Y es ahí don­de Tho­mas hi­zo su en­tra­da triun­fal a esa ha­bi­ta­ción y a la vida de Da­vid, en ge­ne­ral.

Tho­mas lle­gó tam­bién en una si­lla. Era pa­cien­te del hos­pi­tal y ha­bía ido ese día pa­ra unos ejer­ci­cios de reha­bi­li­ta­ción. Te­nía más años que él. Tho­mas oyó a Da­vid que­jar­se en si­len­cio por un lar­go ra­to y lue­go le di­jo: “En­tien­do to­do. Aho­ra de­ci­me qué vas a ha­cer al res­pec­to”. Da­vid se sor­pren­dió. No ha­bía pen­sa­do en eso, tan en­tre­ga­do que es­ta­ba a su do­lor.

Con el tiem­po Da­vid y Tho­mas em­pe­za­ron a com­par­tir vi­ven­cias, frus­tra­cio­nes, lo­gros, ale­grías y de­silu­sio­nes. Tho­mas le con­tó so­bre su tra­ba­jo en una em­pre­sa de in­for­má­ti­ca, que era miem­bro de un equi­po de bás­quet en si­lla de rue­das y tam­bién su ex­pe­rien­cia con la chi­ca que aca­ba­ba de co­no­cer y sus pla­nes de ca­sar­se con ella. La vi­ven­cia de Tho­mas -ese ex­tra­ño que un buen día en­tró a su ha­bi­ta­ción­fue el im­pul­so que Da­vid ne­ce­si­ta­ba pa­ra dar­se cuen­ta de que su vida no aca­bó con ese ac­ci­den­te, sino que sim­ple­men­te ha­bía to­ma­do un rum­bo di­fe­ren­te.

Hoy Da­vid com­pi­te en tor­neos es­pe­cia­les, es­tá de no­vio, y a la vez ayu­da a otros que se en­cuen­tran en su mis­ma si­tua­ción.

En los di­ver­sos ro­les que desem­pe­ñan las per­so­nas que se nos cru­zan en el ca­mino, ese ges­to de amis­tad de ex­ten­der la mano a al­guien que lo ne­ce­si­ta, pue­de ser ca­si

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