LA CHIS­PA

Esa que to­dos lle­va­mos den­tro

High Class - - El Mundo Y Sus Esquinas -

Por­que en es­te mes ce­le­bra­mos el Día del Ni­ño, em­pie­zo con la his­to­ria de Ja­cob Bar­nett, con­si­de­ra­do el ni­ño más in­te­li­gen­te de la his­to­ria. Aun­que es­te no sea el cuen­to en el que in­ten­to cen­trar es­te ar­tícu­lo, tie­ne que ver con el men­sa­je de un li­bro que es­cri­bió su madre, de­no­mi­na­do The Spark, que en es­pa­ñol se­ría al­go así co­mo La chis­pa o El des­te­llo.

Es im­po­si­ble ha­blar del li­bro sin men­cio­nar la his­to­ria de Ja­cob, que en ma­yo de es­te año dio vuel­ta al mun­do por­que de acuer­do a los ex­per­tos, el ni­ño de 14 años po­see el coe­fi­cien­te in­te­lec­tual más ele­va­do del que se tie­ne re­gis­tro, que su­pera al mis­mo Eins­tein.

Lo no­ta­ble de es­te cuen­to es que a los dos años, a Ja­cob lo diag­nos­ti­ca­ron au­tis­mo.

La pe­sa­di­lla de su madre co­men­zó cuan­do aquel be­bé –que a los diez me­ses ya ha­bía me­mo­ri­za­do la ver­sión en es­pa­ñol, in­glés y ja­po­nés de sus de­ve­dés fa­vo­ri­tos– de pron­to em­pe­zó a re­traer­se y a en­si­mis­mar­se en su pro­pio mun­do. Y es que co­mo bien lo des­cri­be ella en su li­bro El au­tis­mo es un la­drón, que un día em­pie­za a ro­bar­se a tu hi­jo. Los médicos de en­ton­ces au­gu­ra­ron que el ni­ño se­ría in­ca­paz de leer, ni si­quie­ra po­dría apren­der a atar­se los cor­do­nes de los za­pa­tos. Do­ce años atrás, una madre de­so­la­da es­cu­cha­ba es­ta no­ti­cia en un hos­pi­tal de In­dia­na, en Es­ta­dos Uni­dos, y se pro­po­nía por to­dos los me­dios ne­ce­sa­rios que su hi­jo vol­vie­ra a con­tac­tar de al­gún mo­do con el mun­do.

En un in­ten­to de­ses­pe­ra­do, em­pe­za­ron a lle­gar los te­ra­peu­tas a la vida de Ja­cob, to­do ti­po de es­pe­cia­lis­tas y de tra­ta­mien­tos. Se em­pe­ña­ban en ayu­dar­lo a desa­rro­llar sus ha­bi­li­da­des bá­si­cas. El ni­ño, en cam­bio, se­guía re­traí­do, em­pe­ñán­do­se en lle­nar el sue­lo y las pa­re­des con mo­de­los ma­te­má­ti­cos.

Has­ta que un día su madre de­ci­dió re­be­lar­se a los mé­to­dos tra­di­cio­na­les. De­ci­dió de­jar el em­pe­ño de arre­glar a Ja­cob y em­pe­zó a acep­tar­lo co­mo era, sin tra­tar de cam­biar­lo y más bien cen­trán­do­se en sus ha­bi­li­da­des más que en sus li­mi­ta­cio­nes so­cia­les.

“Pa­ra mí aque­llos pa­tro­nes te­nían mu­cho sen­ti­do”, afir­ma la madre del ni­ño, re­fi­rién­do­se a los mo­de­los ma­te­má­ti­cos. De a po­co, em­pe­zó a apo­yar las pa­sio­nes de su hi­jo. Por ejem­plo, su inusi­ta­do in­te­rés por los pla­ne­tas y el uni­ver­so. Lo sa­ca­ba a ob­ser­var las es­tre­llas re­cal­can­do sus ob­se­sio­nes, por así de­cir­lo. Cuan­do te­nía tres años y me­dio, lo lle­vó a un pla­ne­ta­rio y pa­ra sor­pre­sa de to­dos, Ja­cob al­zó la mano pa­ra res­pon­der a to­das las pre­gun­tas que un pro­fe­sor ha­cía a un gru­po de alum­nos. Eran con­cep­tos com­ple­jos de fí­si­ca que un ni­ño de esa edad no po­día com­pren­der.

Po­co a po­co Ja­cob vol­vió a co­nec­tar­se. A los cua­tro años, no so­lo es­ta­ba ha­blan­do de nue­vo, sino lo ha­cía en cua­tro idio­mas. Lue­go em­pe­zó

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