LA CA­SA AZUL

De Vo­gue, los mo­dos y la mo­da de Fri­da Kah­lo

High Class - - Hc/psicología -

Es do­min­go. Llue­ve en Ciu­dad de Mé­xi­co y yo apro­ve­cho el cli­ma pa­ra dar­me una vuel­ta por La ca­sa azul, el museo que fue­ra ho­gar de Fri­da Kah­lo. Fri­da pa­ra mí siem­pre fue de esas mu­je­res tan mis­te­rio­sas co­mo mag­né­ti­cas, que tie­nen al­go que del to­do no se cuen­ta y des­de que vi esa di­co­to­mía en ella que­dé fas­ci­na­da, por esa con­tra­dic­ción desafian­te de li­ber­tad irre­ve­ren­te ata­via­da en ro­pa­je tra­di­cio­nal.

Cla­ro que su­pe de Fri­da cuan­do yo aún era muy ni­ña. Cuan­do po­co en­ten­día de amo­res, y na­da sa­bía de la vida mis­ma. En­ton­ces ella era to­do­po­de­ro­sa, ví­vi­da y tras­gre­so­ra.

Vol­ver a La ca­sa azul con más ca­mino an­da­do –vol­ver a vi­si­tar­la con más años– es una ex­pe­rien­cia com­ple­ta­men­te dis­tin­ta. Estoy so­la, y pue­do re­co­rrer la ca­sa a mis an­chas. Na­die es­pe­ra y na­die apu­ra mi pa­so.

En reali­dad fui a en­con­trar­me con Fri­da ar­tis­ta, a ob­ser­var su obra col­ga­da en las pa­re­des. Pe­ro ni he pa­sa­do la pri­me­ra ha­bi­ta­ción, cuan­do es Fri­da mu­jer quien me re­ci­be. Ocu­rre cuan­do la in­tu­yo en un cua­dro que sim­bo­li­za una ma­triz. Pien­so en mi pro­pia ma­ter­ni­dad –que lle­gó sin es­fuer­zo– y en el de­seo frus­tra­do de ella de ser madre.

Su­ce­de que Fri­da a los 18 años vol­vía en bus de la es­cue­la, cuan­do fue ul­tra­ja­da por un tran­vía. Y si uso esa pa­la­bra tan fuer­te es por­que cuan­do ocu­rrió el choque, ade­más de on­ce frac­tu­ras en su pier­na, el hom­bro iz­quier­do dis­lo­ca­do pa­ra siem­pre, la co­lum­na ver­te­bral ro­ta, el cue­llo, las cos­ti­llas y la pel­vis, un pa­sa­mano se in­crus­tó en la es­pal­da de Fri­da y le sa­lió por la va­gi­na. Era la pro­pia ar­tis­ta quien de­cía, que esa ha­bía si­do la bru­tal ma­ne­ra en que per­dió su vir­gi­ni­dad. Al ver aquel cua­dro es im­po­si­ble no ima­gi­nar las he­ri­das, las 22 in­ter­ven­cio­nes qui­rúr­gi­cas a las que fue so­me­ti­da, y esas ga­nas –trun­cas por eso y pa­ra siem­pre– de ser ma­má. Yo sé del amor pro­fun­do que le tu­vo a su es­po­so, Die­go, e ima­gino que po­der dar­le un hi­jo hu­bie­ra si­do lo na­tu­ral.

En la ha­bi­ta­ción con­ti­gua, del per­che­ro cuel­ga la jar­di­ne­ra que su ma­ri­do ves­tía pa­ra pin­tar. Di­cen que Fri­da vio a Die­go Ri­ve­ra por pri­me­ra vez cuan­do él fue a ha­cer su pri­mer mu­ral a la Es­cue­la Na­cio­nal Pre­pa­ra­to­ria. Co­rría el año 1922 y Fri­da te­nía 12. (Die­go lle­ga­ría a ser uno de los más gran­des mu­ra­lis­tas de Mé­xi­co y ella –ade­más de ar­tis­ta– años más tar­de se­ría su mu­jer.) Cuen­tan que ese ma­tri­mo­nio fue una alian­za ex­tra­ña de de­vo­ción, aven­tu­ras pa­ra­le­las, crea­ti­vi­dad y odio que aca­bó en un di­vor­cio. Pe­ro el amor fue más fuer­te y al año si­guien­te vol­vie­ron a ca­sar­se, por se­gun­da vez.

Si­go mi re­co­rri­do y Fri­da –co­mo si me oye­ra– me lan­za una fra­se es­cri­ta en la pa­red: “Qui­zás es­pe­ren oír de mis la­men­tos de lo mu­cho que se su­fre vi­vien­do con un hom­bre co­mo Die­go. Pe­ro yo no creo que las már­ge­nes de un río su­fran por de­jar­lo co­rrer”. (¿Cuán­to de li­ber­tad y cuán­to de or­gu­llo tra­ga­do pa­ra lo­grar acu­ñar esa fra­se, Fri­da? Pre­gun­to a la mu­jer). A ve­ces creo que am­bos eran río. Por­que ella tam­po­co fue una san­ta. Aun­que le­yen­do las pá­gi­nas de su dia­rio ín­ti­mo, es in­du­da­ble que el amor de su vida fue él.

Cuan­do subo las es­ca­le­ras y en­cuen­tro el es­tu­dio don­de a ve­ces la ar­tis­ta se sen­ta­ba a pin­tar, veo un ca­ba­lle­te, una si­lla de rue­das, una me­sa con un es­pe­jo, pin­tu­ras y pin­ce­les. La si­lla me ha­ce ol­vi­dar su ma­tri­mo­nio y co­mien­za mi em­pa­tía con su do­lor fí­si­co y, el es­pe­jo, vuel­ve a re­cor­dar­me esa co­sa in­trín­se­ca de co­que­te­ría en la mu­jer.

Fri­da pa­re­cía ba­ta­llar los pro­ble­mas con un es­pí­ri­tu in­que­bran­ta­ble. Ya cuan­do de ni­ña la po­lio le ha­bía de­ja­do la pier­na de­re­cha más cor­ta, ella tra­ta­ba de di­si­mu­lar el de­fec­to usan­do va­rias me­dias en­ci­ma­das y ta­cos más al­tos de ese la­do. Va­rias ve­ces ha­bía mi­ra­do a la muer­te ron­dan­do, pe­ro Fri­da era de­ma­sia­do fuer­te pa­ra vic­ti­mar­se y se em­pe­ñó en te­ner una vida li­bre, crea­ti­va y via­ja­da, más allá de sus im­pe­di­men­tos y frus­tra­cio­nes.

Al la­do de su es­tu­dio, exis­ten dos cuar­tos: uno pa­ra re­po­sar de día, y otro de no­che. Una ca­ma de cua­tro pos­tes exis­te en ca­da uno de ellos. En el te­cho de la ca­ma del cuar­to de día, otro es­pe­jo (en don­de la ar­tis­ta se con­tem­pla­ba en su con­va­le­cen­cia y se pin­ta­ba a sí mis­ma). En el te­cho de la ca­ma del cuar­to de no­che, un cua­dro con ma­ri­po­sas di­se­ca­das, de to­dos los co­lo­res. Aca­so pa­ra re­mon­tar el vue­lo en un sue­ño más li­bre y ala­do, des­ape­ga­do de los do­lo­res te­rre­na­les.

Las ma­ri­po­sas me re­cuer­dan aque­lla pin­tu­ra im­pre­sio­nan­te, del año en que su gan­gre­na se ha­bía ex­ten­di­do al pun­to que tu­vie­ron que ampu­tar­le la pier­na. El di­bu­jo de un pie ampu­tado es bien fuer­te. Pe­ro aún más im­pac­tan­te es lo que es­cri­be Fri­da al pie del cua­dro y a

“PIES PA­RA QUÉ LOS QUIE­RO SI TEN­GO ALAS PA’ VO­LAR”

mo­do de epí­gra­fe: “Pies pa­ra qué los quie­ro si ten­go alas pa’ vo­lar”. Desafian­te, triun­fal. Así es co­mo ella iba li­dian­do con las vi­ci­si­tu­des. Y así, es co­mo yo voy ad­mi­rán­do­la ca­da vez más.

En el jar­dín con­ti­guo a la ca­sa hay una ex­po­si­ción tran­si­to­ria, or­ga­ni­za­da en so­cie­dad con la re­vis­ta Vo­gue Mé­xi­co. La mues­tra ex­hi­be los ves­ti­dos de la ar­tis­ta y sus ac­ce­so­rios, que por más de 50 años, ja­más ha­bían sa­li­do a la luz. La mues­tra se lla­ma Las apa­rien­cias en­ga­ñan y pa­re­ce ser un gui­ño de la mis­mí­si­ma Fri­da, que me in­vi­ta a su cló­set en una in­ti­mi­dad que no es­pe­ra­ba. Aho­ra por fin pa­re­ce que voy a en­ten­der por qué su fi­ja­ción con esa for­ma tan pe­cu­liar de ves­tir­se. Siem­pre se di­jo que en par­te era pa­ra sa­tis­fa­cer a Die­go, que ad­mi­ra­ba mu­cho la fuer­za de las mu­je­res de Oa­xa­ca.

Pe­ro lo que la mues­tra pro­po­ne, es que Fri­da (de madre oa­xa­que­ña) co­men­zó a uti­li­zar ese ti­po de ves­ti­dos co­mo he­rra­mien­ta pa­ra cons­truir su iden­ti­dad y cu­brir sus im­per­fec­cio­nes fí­si­cas. Ele­gía las po­lle­ras lar­gas, y de­co­ra­ba los cor­sés de ye­so (que sos­te­nían su co­lum­na que­bra­da) con in­ge­nio y crea­ti­vi­dad. “La bús­que­da de pren­das que cu­brie­ran los ras­tros de su es­ta­do fue sin du­da la fuer­za pri­ma­ria que even­tual­men­te la lle­va­ría a su he­ren­cia ma­ter­na”. Es de­cir que ella –in­te­li­gen­te co­mo era– su­po trans­for­mar su in­se­gu­ri­dad fe­me­ni­na an­te un cuer­po tu­lli­do, en de­cla­ra­ción ideo­ló­gi­ca y cul­tu­ral.

Los ves­ti­dos de tehua­na los usa­ban las oa­xa­que­ñas, una so­cie­dad ma­triar­cal do­mi­na­da y ad­mi­nis­tra­da en su to­ta­li­dad por las mu­je­res. Pa­ra Fri­da era una for­ma de ex­pre­sar­se, co­mo sím­bo­lo de fuer­za e in­de­pen­den­cia fe­me­ni­na. A ella le to­có vi­vir un mo­men­to en el que las mu­je­res ar­tis­tas lu­cha­ban por ga­nar el re­co­no­ci­mien­to a su tra­ba­jo por mé­ri­to pro­pio, y pa­ra ella era una for­ma de des­ta­car­se co­mo fi­gu­ra dis­tin­ta a la de su afa­ma­do es­po­so.

En­tre las ro­pas que veo, re­pa­ro en una pier­na pros­té­ti­ca que ter­mi­na en un bo­tín de un ro­jo fu­rio­so y co­que­to. Me da ter­nu­ra y tam­bién res­pe­to. Una vez más, Fri­da desafian­do el in­for­tu­nio y gue­rrean­do los pe­sa­res. Ro­jo, pa­ra to­rear sin mie­do los em­bis­tes de la ma­la suer­te. Ro­jo, co­mo el in­te­rior de esas san­días de uno de sus úl­ti­mos cua­dros con aque­lla ins­crip­ción que de­cía: “Vi­va la vida”, que agre­gó ocho días an­tes de que le ga­na­ra la muer­te.

Ter­mi­na mi re­co­rri­do. Ha de­ja­do de llo­ver y sal­go a la ca­lle. Ca­mino unas cua­dras y me pier­do en la ciu­dad. Si­go pen­san­do en la Fri­da ar­tis­ta. Pe­ro más que na­da ce­le­bro, ad­mi­ro a la Fri­da mu­jer. Fri­da pe­que­ña. Fri­da gi­gan­te.

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