EN MO­VI­MIEN­TO

High Class - - HC/EDITORIAL -

Ha­ce unas se­ma­nas, arre­glan­do co­sas en mi ca­sa, en­con­tré los pri­me­ros ejem­pla­res de High Class. Con una son­ri­sa em­pe­cé a mi­rar pá­gi­na por pá­gi­na, pa­ra ver de qué ha­blá­ba­mos, có­mo nos veía­mos, lo que pro­po­nía­mos y la ima­gen que trans­mi­tía­mos en ese en­ton­ces, ha­ce ya nue­ve lar­gos años.

Hoy, mi­ran­do pa­ra atrás, son tan­tos los cam­bios por los que atra­ve­só la re­vis­ta, pe­ro de una ma­ne­ra tan pau­la­ti­na, que no hu­bo un cor­te, una rup­tu­ra, sino un tra­ba­jo que se fue de­can­tan­do a la reali­dad que es hoy, acor­de a nues­tros tiem­pos y a lo que vos, que­ri­da lec­to­ra, que­ri­do lec­tor, tam­bién sos hoy.

Al mo­men­to de en­con­trar las re­vis­tas me pre­gun­té qué es­ta­ba ha­cien­do en aquel en­ton­ces. Cuá­les eran mis sue­ños, as­pi­ra­cio­nes… si hu­bie­se ima­gi­na­do es­tar tan­to tiem­po tra­ba­jan­do en es­ta re­vis­ta.

Pe­ro lo más im­por­tan­te que pu­de res­ca­tar es que la esen­cia no sa­be de edad. Al con­tra­rio, se va afianzando con el pa­so del tiem­po pa­ra traer­nos al pre­sen­te co­mo una co­se­cha cons­tan­te de aque­llo que fui­mos plan­tan­do qui­zás has­ta in­cons­cien­te­men­te.

Es la evo­lu­ción mis­ma, aque­lla que no se fuer­za, que no se im­po­ne, que sim­ple­men­te se da pa­ra al­zar­nos hoy en el lu­gar que que­re­mos es­tar, a nues­tros ojos y a los ojos de los de­más. Y es así mis­mo co­mo me sien­to. No soy otra per­so­na de la que era ha­ce nue­ve años, sino que soy la mis­ma vi­vien­do qui­zás los sue­ños cum­pli­dos del ayer, pe­ro con mu­chos más hoy.

Al­go de es­to abor­da nues­tra es­pe­cia­lis­ta en la sec­ción de Coa­ching. Ha­bla de nues­tras di­men­sio­nes co­mo per­so­nas, del cuer­po, la emo­ción y el len­gua­je. Cuan­do es­tas tres pie­zas se en­cuen­tran en sin­to­nía, po­de­mos en­con­trar­nos a no­so­tros mis­mos vi­vien­do la reali­dad que que­re­mos, sien­do fe­li­ces por­que nos sen­ti­mos ple­nos y no ne­ce­si­ta­mos mi­rar ha­cia atrás con nos­tal­gia de que­rer vol­ver, sino con el re­cuer­do y la son­ri­sa de ha­ber­lo da­do to­do.

Cuan­do uno se en­tre­ga de co­ra­zón a lo que ha­ce no hay ma­ne­ra de fa­llar. Y es el tiem­po el que te da la ra­zón. Es­te mes, que em­pie­za un nue­vo año pa­ra mí (es mi cum­ple), de­ci­dí co­men­zar con me­tas y sue­ños her­mo­sos, ce­rran­do círcu­los y abrien­do otros más. Na­da del otro mun­do pa­ra quie­nes agra­de­cen el sim­ple he­cho de te­ner un día más de vi­da pa­ra po­ner­se en mo­vi­mien­to ha­cia aque­llo que se quiere lo­grar.

Vos, ¿es­tás en mo­vi­mien­to?

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