LA TA­REA ES NUES­TRA

High Class - - Editorial -

Todos los años en es­te mes abar­ca­mos al­gu­nos te­mas so­bre la vuel­ta a cla­ses, la crian­za, la nu­tri­ción o la edu­ca­ción de los ni­ños. Y es­te año, no es la ex­cep­ción. Con la tec­no­lo­gía más vi­gen­te que nun­ca, es im­por­tan­te re­for­zar esos la­zos que nos acer­can fí­si­ca y emo­cio­nal­men­te a ellos, que di­fí­cil­men­te se pue­dan trans­mi­tir me­dian­te una pan­ta­lla.

So­mos no­so­tros, como adul­tos, los que vamos for­man­do el uni­ver­so de ellos, los que for­ma­tea­mos sus men­tes y sus co­ra­zo­nes pa­ra que el día de ma­ña­na sean per­so­nas de bien, pe­ro que so­bre to­do sean per­so­nas fe­li­ces.

Tan­tas no­ti­cias ma­las es­cu­cha­mos todos los días acer­ca de las abe­rran­tes vio­la­cio­nes a sus de­re­chos, que no po­de­mos de­jar pa­sar el de­ba­te so­bre la res­pon­sa­bi­li­dad que los adul­tos te­ne­mos en es­te as­pec­to.

Ha­ce po­co, vi un fl­yer en Fa­ce­book don­de de­cía en for­ma de bro­ma –pe­ro muy en se­rio–, las lec­cio­nes que se en­se­ñan en la ca­sa y las que se en­se­ñan en el co­le­gio. Era como en un for­ma­to de aviso, de esos que man­dan las es­cue­las a los pa­dres. Acla­ra­ba, que en el co­le­gio se en­se­ñan las ma­te­rias, el com­pa­ñe­ris­mo y el tra­ba­jo en equi­po, pe­ro es en ca­sa don­de se sien­tan las ba­ses de mu­chos va­lo­res como la so­li­da­ri­dad, el res­pe­to, la ho­nes­ti­dad y la ama­bi­li­dad.

Con el rit­mo de hoy, qui­zás estamos ol­vi­dan­do lo im­por­tan­te que es vol­ver a to­mar las rien­das de la edu­ca­ción en la ca­sa, esa que se cons­tru­ye día a día, esa que so­lo pue­de lle­var­se a ca­bo a tra­vés del amor y la aten­ción. Por­que al fin y al ca­bo, no que­re­mos te­ner hi­jos 5 fe­li­ci­ta­do que es­tén en su pro­pia bur­bu­ja, que no co­noz­can la reali­dad del país, que no se emo­cio­nen con las co­sas im­por­tan­tes o que den la es­pal­da a quie­nes lo ne­ce­si­tan.

La for­ma­ción in­te­lec­tual es im­por­tan­te, pe­ro no más que la for­ma­ción en va­lo­res. To­do tie­ne que es­tar en su jus­ta me­di­da pa­ra que ma­ña­na nues­tros hi­jos sean se­res in­vo­lu­cra­dos en el pro­ce­so de cons­truir un país me­jor pa­ra ellos mis­mos y pa­ra los que ven­drán.

Los tiem­pos cam­bian y la edu­ca­ción tam­bién, pe­ro lo que no cam­bia­rá nun­ca es el abra­zo de una mamá, los alien­tos de pa­pá en un par­ti­do de fút­bol, esos be­sos de la abue­la y la ca­ma­ra­de­ría con los her­ma­nos. De­pen­de­rá de no­so­tros sa­ber es­ta­ble­cer la es­ca­la de va­lo­res jus­ta pa­ra una ge­ne­ra­ción que co­rre más rá­pi­do de lo que no­so­tros po­de­mos com­pren­der.

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