MA­MÁS TO­DO­TE­RRENO

High Class - - HC/EDITORIAL -

Los tiem­pos cam­bian. Las ac­ti­vi­da­des de las ma­dres tam­bién. Pe­ro lo que no cam­bian son su amor y de­di­ca­ción a los hi­jos. Ser ma­dre es una de­ci­sión, que de­be to­mar­se con to­da la res­pon­sa­bi­li­dad que con­lle­va traer al mundo una vi­da in­de­fen­sa, aun sin las he­rra­mien­tas pa­ra so­bre­vi­vir en es­te mundo por su cuen­ta.

Ser ma­dre im­pli­ca que un pe­da­ci­to de tu co­ra­zón ya no te per­te­nez­ca, y es­to se va re­pli­can­do con ca­da hi­jo. Ser ma­dre es que­dar­se dor­mi­da del can­san­cio mien­tras das de ma­mar de ma­dru­ga­da; es le­van­tar­se al día si­guien­te con la más enor­me de las sonrisas, y las más desas­tro­sas oje­ras. Ser ma­dre im­pli­ca no dor­mir tran­qui­la nun­ca más si es que los hi­jos es­tán fue­ra de ca­sa.

So­lo una ma­dre pue­de en­ten­der a otra ma­dre. Por eso, cuan­do a ve­ces es­cu­cha­mos tan­tas crí­ti­cas en­tre unas y otras, no po­de­mos asi­mi­lar el por­qué. Las que dan de ma­mar has­ta los 2 años vs. las que lo ha­cen por 6 me­ses; las que tra­ba­jan 8 ho­ras al día vs. las que tra­ba­jan des­de ca­sa; las que pa­rie­ron de ma­ne­ra na­tu­ral vs. las que tu­vie­ron que re­cu­rrir a una ce­sá­rea. Y así, en­tre mi­les de di­fe­ren­cias, hay al­go que es co­mún: el amor que sien­ten por sus hi­jos.

Por­que al fin y al ca­bo ca­da una es ma­má co­mo pue­de. Ca­da una de­be­ría sen­tir­se or­gu­llo­sa de su rol tal cual la vi­da le dio la opor­tu­ni­dad. Por­que des­de que las reali­da­des de ca­da mu­jer son di­fe­ren­tes, no po­de­mos es­pe­rar un mis­mo ti­po de ma­má.

Por eso, es­ta edi­ción va de­di­ca­da a esas ma­más to­do­te­rreno, que es­tán pre­pa­ra­das pa­ra en­fren­tar­lo to­do, co­mo unas leo­nas, co­mo unas gue­rre­ras. Va pa­ra aque­llas que a ve­ces se sien­ten so­las en la gran ta­rea de criar; va pa­ra esas ma­dres que so­lo tie­nen 2 mi­nu­tos en el ba­ño pa­ra llo­rar y des­car­gar sus frus­tra­cio­nes. Por­que al ter­mi­nar el día, una ma­dre es su pro­pia juez, al no per­do­nar­se, al no per­mi­tir­se, al no ani­mar­se.

Por eso, en es­te día, tu día, so­lo quie­ro de­cir­te que lo es­tás ha­cien­do bien, a tu mo­do, a tus tiem­pos. Na­die pue­de juz­gar­te, na­die sa­be ni es­tá en tus za­pa­tos. Na­die ama a ese hi­jo o hi­ja más que vos. Así que na­die, pe­ro na­die, en­tien­de me­jor sus ne­ce­si­da­des que vos, con so­lo mi­rar­lo.

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