EQUILIBRISTAS

High Class - - HC/EDITORIAL -

Ya se hue­le flor de coco en ca­da semáforo de la ciu­dad. Las pro­mo­cio­nes nos ata­can por to­dos los me­dios po­si­bles y el trá­fi­co em­pie­za a po­ner­se más caó­ti­co, de­ve­lan­do así la lle­ga­da del fin de año. Sin dar­nos cuen­ta, so­mos par­te de ese círcu­lo que no pa­ra, que vi­ve exa­ge­ra­da­men­te ace­le­ra­do, que ca­mi­na más a pri­sa que lo nor­mal y que, si tu­vie­ra un de­seo, pe­di­ría más ho­ras del día pa­ra ter­mi­nar con to­dos sus co­me­ti­dos.

En me­dio de es­te caos son po­cos los que tie­nen la ca­pa­ci­dad de pa­rar un se­gun­do, apre­tar el bo­tón de stand by pa­ra tomar ai­re, ver dón­de se es­tá pa­ra­do y con­ti­nuar ca­mino. Pe­ro in­dis­tin­ta­men­te, la lle­ga­da de un nue­vo año nos in­vi­ta a la re­fle­xión, a la emo­ción, al re­cuen­to, al ba­lan­ce.

So­mos co­mo equilibristas in­ten­tan­do el ba­lan­ce per­fec­to pa­ra sa­lir ai­ro­sos de un año que pa­ra al­gu­nos ha­brá si­do bueno, y pa­ra otros que­da­rá en el ol­vi­do. En es­te pun­to, se­ría lin­do de­cir que de­pen­de del cris­tal con el que se mi­re, pe­ro lle­ga­do el mo­men­to la reali­dad te obli­ga a pa­rar­te so­bre un ca­ble sus­pen­di­do en un pre­ci­pi­cio, don­de el se­cre­to es­tá en mi­rar siem­pre ha­cia el fren­te, ja­más ha­cia aba­jo.

To­dos so­mos un po­co equilibristas de la vi­da en los tiem­pos que co­rren. To­dos que­re­mos lle­gar a des­tino y ha­cer lo po­si­ble por man­te­ner­nos a sal­vo. ¿Va­le la pe­na tan­to es­trés en el ca­mino? ¿Es más im­por­tan­te lle­gar que dis­fru­tar de la vis­ta? ¿Es­tán or­de­na­das las prio­ri­da­des en nues­tras vi­das, a tal mo­do que el ob­je­ti­vo no sea so­lo no caer, sino te­ner la em­pa­tía pa­ra ayu­dar al otro a que no cai­ga?

El 2017 es­tá a la vuel­ta de la es­qui­na, y tam­bién nues­tros sue­ños pa­ra ese año. En lo per­so­nal, se vie­ne el desafío más gran­de de mi vi­da: ser ma­má. ¡Ahí sí que me quie­ro ver in­ten­tan­do ha­cer equi­li­brio! Ahí los sue­ños y de­seos ya se tras­la­dan a otro plano, uno que no co­no­ce de egoís­mos, de re­ce­lo, de am­bi­ción.

Sé que me es­pe­ran no­ches di­fí­ci­les y días eter­nos, ho­ras de frus­tra­cio­nes has­ta llan­tos sin sen­ti­do. Pe­ro pa­ra quien tan­to es­pe­ró y so­ñó con es­te mo­men­to, no exis­te ma­yor re­com­pen­sa que te­ner en sus bra­zos a ese pe­que­ño ser que so­lo vie­ne a traer un po­co de luz a nues­tras vi­das.

Es­te año el brin­dis se­rá con una co­pa pe­ro sin al­cohol, ¡y no pue­do es­tar más fe­liz por ello!

Es­pe­ro que to­dos tus an­he­los pa­ra es­te año que ini­cia se cum­plan, que­ri­do lec­tor, que­ri­da lec­to­ra, y que en el mo­men­to del brin­dis, en­cuen­tres el sen­ti­do de es­tar vi­vo en los ojos de quie­nes cho­can esas co­pas con­ti­go, por­que al fin y al ca­bo todo se re­du­ce en po­der com­par­tir el tiem­po con aque­llos que ama­mos.

¡Nos lee­mos el año que vie­ne! ¡Bien­ve­ni­do, 2017!

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