AC­CE­SO­RIOS DE PLA­CER

Los pier­cings y el se­xo

High Class - - HC/SEXO - por Eli­na Von Dyck

Pla­cer se­xual, fe­ti­che o me­ra­men­te de­co­ra­ti­vos, los pier­cings se­xua­les, si bien son muy ex­tre­mos pa­ra mu­chos, tam­bién van ga­nan­do nu­me­ro­sos adep­tos al­re­de­dor del mun­do. His­tó­ri­ca­men­te se los vie­ne lle­van­do des­de que el mun­do es mun­do. Nu­me­ro­sas tri­bus abo­rí­ge­nes de Aus­tra­lia e in­dí­ge­nas de to­do el mun­do vie­nen ador­nan­do, des­de ha­ce si­glos, dis­tin­tas zo­nas de sus cuer­pos con di­fe­ren­tes ti­pos de pier­cings.

La ver­dad es que es­tos ac­ce­so­rios vi­si­bles son ca­da vez más co­mu­nes de ver en per­so­nas de am­bos se­xos. Des­de om­bli­gos has­ta la­bios o ce­jas y, por su­pues­to, ore­jas. Pe­ro tam­bién hay mu­chas per­so­nas que eli­gen de­co­rar zo­nas me­nos vi­si­bles.

En­tre los que po­drían ser úti­les a la ho­ra del se­xo se en­cuen­tran, en pri­mer lu­gar, los que se co­lo­can en la len­gua, que son los más co­mu­nes y vi­si­bles. Al po­ner el pier­cing ha­cia la pun­ta de la len­gua se lo ha­ce más idó­neo pa­ra au­men­tar el pla­cer que se ob­tie­ne al prac­ti­car el cun­ni­lin­gus a su pa­re­ja. Los pier­cings ubi­ca­dos más ha­cia atrás son los más apro­pia­dos pa­ra au­men­tar el pla­cer al prac­ti­car la fe­la­ción. Ob­via­men­te que una pe­lo­ti­ta me­tá­li­ca en la len­gua pue­de con­ver­tir al se­xo oral en una sen­sa­ción to­tal­men­te di­fe­ren­te, y mu­chos di­cen que pue­de ser aún más pla­cen­te­ra.

En segundo lu­gar se en­cuen­tran los pier­cings en los pe­zo­nes. Este ti­po de ac­ce­so­rios se ha he­cho po­pu­lar en per­so­nas de am­bos se­xos. Se di­ce que el pier­cing en los pe­zo­nes au­men­ta la sen­si­bi­li­dad. Mu­chos tam­bién ase­gu­ran que el ac­to de po­ner­se el pier­cing en sí ya es una ex­pe­rien­cia muy pla­cen­te­ra, al es­ti­lo 50 som­bras de Grey. Mu­chos hom­bres di­cen que al po­ner­se es­tos pier­cings sus pa­re­jas se­xua­les se sien­ten más lla­ma­das a ju­gar con su pe­zo­nes (una par­te del hom­bre que mu­chas ve­ces se ig­no­ra) y las mu­je­res tam­bién ob­tie­nen aten­ción ex­tra en la pre­via.

Los me­nos vi­si­bles y tam­bién me­nos co­men­ta­dos son los pier­cings ge­ni­ta­les. Por lo ge­ne­ral mu­chos los evi­tan por­que les asus­ta el do­lor ya que se tra­ta de zo­nas muy sen­si­bles. Por otro la­do, tam­bién hay mu­cho te­mor a las in­fec­cio­nes. Por su­pues­to, los pier­cings co­lo­ca­dos en es­ta zo­na to­man mu­cho tiem­po en sa­nar­se.

Se re­co­mien­da a quie­nes se ha­cen pier­cings ge­ni­ta­les de abs­te­ner­se a te­ner re­la­cio­nes con sus jo­ye­rías pues­tas has­ta tan­to su he­ri­da ha­ya sa­na­do com­ple­ta­men­te, ya que pue­den da­ñar los ner­vios (tan im­por­tan­tes) de la zo­na, o tam­bién ex­po­ner­se a in­fec­cio­nes. Co­mo tam­bién es re­co­men­da­do no sa­car­se los ani­llos y pie­zas de me­tal has­ta que la he­ri­da sane por com­ple­to, el pier­cing ge­ni­tal pue­de re­que­rir un lar­go pe­rio­do de abs­ti­nen­cia. Ten­gan en cuen­ta que al­gu­nos ti­pos de pier­cings ge­ni­ta­les sa­nan en ocho se­ma­nas, mien­tras que otros to­man has­ta seis me­ses. Por su­pues­to, los pla­zos cam­bian de per­so­na en per­so­na.

Se re­co­mien­da que tan­to hom­bres co­mo mu­je­res re­ini­cien len­ta­men­te sus ac­ti­vi­da­des se­xua­les al cu­rar­se sus he­ri­das, pa­ra ase­gu­rar­se de no da­ñar a sus pa­re­jas y no da­ñar­se a sí mis­mos con sus nue­vos ador­nos. Si en cual­quier mo­men­to del ac­to se­xual sien­ten do­lor o mo­les­tias, es re­co­men­da­ble pa­rar de in­me­dia­to has­ta ver qué es lo que es­tá cau­san­do el do­lor. Tam­bién se re­co­mien­da usar siem­pre pre­ser­va­ti­vos con los pier­cings nue­vos, in­clu­so en re­la­cio­nes mo­no­gá­mi­cas, pa­ra evi­tar in­fec­cio­nes.

TI­POS DE PIER­CINGS

El pier­cing en el ca­pu­chón del clí­to­ris sue­le ser sú­per es­ti­mu­lan­te tan­to so­bre el clí­to­ris co­mo tam­bién so­bre el pe­ne. El pier­cing co­no­ci­do co­mo prín­ci­pe Al­ber­to Re­ver­so en la ure­tra tam­bién pue­de agre­gar un poco de fric­ción má­gi­ca al pun­to G. Los pier­cings en los la­bios ge­ni­ta­les son igual­men­te muy es­ti­mu­lan­tes pa­ra el hom­bre y au­men­tan la sen­si­bi­li­dad de la mu­jer en la zo­na. Mu­chos ase­gu­ran que cuan­to más pier­cings se tie­nen en la zo­na ge­ni­tal el pla­cer se ve au­men­ta­do en pro­por­ción.

El pier­cing Am­pa­llang es una vara de ti­ta­nio con dos bo­li­tas en los ex­tre­mos que se po­ne de ma­ne­ra ho­ri­zon­tal a tra­vés de la ca­be­za del pe­ne. El re­sul­ta­do es que la ca­be­za se man­tie­ne ex­tre­ma­da­men­te fir­me du­ran­te el ac­to se­xual y el pier­cing au­men­ta el pla­cer al te­ner con­tac­to con las pa­re­des va­gi­na­les. De­sa­for­tu­na­da­men­te to­ma ca­si un año en cu­rar por com­ple­to.

Otro ti­po de pier­cings que se rea­li­za en la ca­be­za del pe­ne es el dy­doe, que son varas con bo­li­tas más pe­que­ñas que atra­vie­san sim­ple­men­te la co­ro­na (bor­de) de la ca­be­za del pe­ne sin atra­ve­sar la ca­be­za por com­ple­to. Por lo ge­ne­ral se co­lo­can en pa­res. Tar­dan so­lo dos me­ses en cu­rar­se y se cree que au­men­ta el pla­cer se­xual tan­to pa­ra quien los lle­va co­mo pa­ra su pa­re­ja. Es­tos dos pier­cings son ex­tre­ma­da­men­te do­lo­ro­sos. El fre­num es un ti­po de pier­cing que se co­lo­ca so­lo so­bre la piel del pre­pu­cio por lo que es me­nos do­lo­ro­so y tam­bién to­ma so­lo dos me­ses en cu­rar.

En cuan­to a las mu­je­res, el pier­cing del ca­pu­chón pue­de au­men­tar tan­to el pla­cer que re­ci­be que has­ta una sim­ple ca­mi­na­ta pue­de con­ver­tir­se en un pla­cer se­xual. Du­ran­te la pe­ne­tra­ción, este pier­cing au­men­ta el pla­cer de am­bos y, en la pre­via, tam­bién sir­ve pa­ra fa­ci­li­tar a los hom­bres me­nos ex­per­tos en­con­trar el ca­mino al clí­to­ris de su pa­re­ja.

Pa­ra las mu­je­res, uno de los pier­cings me­nos co­mu­nes y más ries­go­sos es el del clí­to­ris que va por de­trás de este. Si se lo ha­ce mal, pue­de ani­qui­lar el ner­vio y ha­cer per­der a la mu­jer to­dos sus fu­tu­ros or­gas­mos, mo­ti­vo por el cual son po­cas quie­nes se ani­man a co­rrer se­me­jan­te ries­go.

Pe­ro ojo, tam­bién hay mu­chas ca­sos en que la re­la­ción no es tan pla­cen­te­ra pa­ra la pa­re­ja. Hay mu­chas per­so­nas a quie­nes les pro­du­ce ma­les­tar o do­lor te­ner re­la­cio­nes se­xua­les con pier­cings. De he­cho, una de las cau­sas más co­mu­nes de la re­mo­ción de pier­cings es a pe­di­do de pa­re­jas ado­lo­ri­das.

Lo in­tere­san­te de los pier­cings ge­ni­ta­les es que au­men­ta el pla­cer fí­si­co pa­ra am­bos, tan­to pa­ra quien lo tie­ne co­mo pa­ra su pa­re­ja. Pro­me­ten un in­cre­men­to del pla­cer se­xual, aun­que po­cos son los va­lien­tes que se ani­man a mo­di­fi­car sus zo­nas ín­ti­mas. Lo im­por­tan­te es que, si de­ci­den ha­cer­lo, se in­for­men muy bien so­bre la ex­pe­rien­cia del pro­fe­sio­nal y que in­ves­ti­guen to­dos los pros y los con­tras del pier­cing que eli­jan. Y, por su­pues­to, que to­men to­dos los cui­da­dos ne­ce­sa­rios pa­ra cui­dar de la he­ri­da.

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