Coa­ching: Vi­vir emocionándonos

Las emo­cio­nes son in­con­tro­la­bles, pe­ro es po­si­ble apren­der a ges­tio­nar­las

High Class - - HC/CONTENIDO - Por la Lic. Daisy Aben­te, psi­có­lo­ga y coach on­to­ló­gi­co

Jo­sé es un jo­ven em­pren­de­dor que jun­to con un ami­go abrió una lo­mi­te­ría. Pe­ro las co­sas no mar­cha­ron co­mo es­pe­ra­ban y a los dos me­ses tu­vie­ron que ce­rrar­la, lo cual de­jó a Jo­sé un po­co tris­te, de­silu­sio­na­do y con mie­do. Sus ga­nas de vol­ver a em­pren­der que­da­ron dor­mi­das.

Es­te es uno de los tan­tos ca­sos que re­ci­bi­mos en el Con­sul­to­rio Fi­nan­cie­ro. Su ca­rac­te­rís­ti­ca prin­ci­pal es que más allá de los nú­me­ros, es­tán mar­ca­dos por la fluc­tua­ción de las emo­cio­nes. Ahí ra­di­ca la ba­se pa­ra mo­ver­nos en la vi­da.

Las emo­cio­nes apa­re­cen por si­tua­cio­nes o co­sas que nos su­ce­den. No po­de­mos pa­rar­las y ge­ne­ral­men­te du­ran po­co tiem­po; tie­nen un com­po­nen­te bio­ló­gi­co y no po­de­mos es­ca­par­nos de ellas.

Las emo­cio­nes es­tán en no­so­tros siem­pre, a ve­ces so­mos más cons­cien­tes de ellas y otras no tan­to. En ese sen­ti­do creo que hay dos mi­ra­das in­tere­san­tes: las emo­cio­nes nos tie­nen y no­so­tros las te­ne­mos a ellas. Con lo pri­me­ro quie­ro de­cir que la emo­ción dic­ta­rá nues­tros pen­sa­mien­tos y ac­cio­nes. Es de­cir, in­flui­rá en lo que so­mos, de­ci­mos y ha­ce­mos. Lo se­gun­do se re­fie­re al mo­do en que no­so­tros po­de­mos in­fluir en ellas, to­man­do cons­cien­cia de su exis­ten­cia. Por lo tan­to, de al­gu­na u otra ma­ne­ra, son las emo­cio­nes el eje de nues­tras vi­das.

Hay emo­cio­nes bá­si­cas co­mo la tris­te­za, el mie­do, la ter­nu­ra, la ra­bia, el asom­bro o la ale­gría. Ca­da una de es­tas emo­cio­nes nos lle­va a una ac­ción par­ti­cu­lar, y si per­ma­ne­cen en el tiem­po se trans­for­man en es­ta­dos de áni­mo. Es­tos sen­ti­mien­tos ha­cen que sea­mos quie­nes so­mos.

Creo im­por­tan­te que po­da­mos pen­sar en es­tos pa­sos con re­la­ción a las emo­cio­nes:

1. CO­NO­CER­LAS E IDENTIFICARLAS.

En pri­mer lu­gar es ne­ce­sa­rio re­co­no­cer­las y sa­ber nom­brar­las, por ejem­plo, con es­tas pre­gun­tas de re­fe­ren­cia: ¿qué es­toy sin­tien­do?; ¿qué me ge­ne­ra es­ta si­tua­ción?; ¿có­mo se lla­ma es­to?; ¿en qué con­sis­te?

2. DAR­LES LA BIEN­VE­NI­DA.

Es im­por­tan­te apren­der a acep­tar las emo­cio­nes ya que nin­gu­na es bue­na ni mala, to­das son im­por­tan­tes y va­lio­sas. Per­mi­tir­nos sen­tir es sa­na­dor. De­je­mos que las emo­cio­nes real­men­te nos ha­bi­ten y ex­pe­ri­men­te­mos lo que en­ton­ces su­ce­de. Es bueno re­co­no­cer que ellas es­tán pre­sen­tes, de­jar­las es­tar y ex­pre­sar­las sin he­rir a na­die; ni a no­so­tros mis­mos ni al otro.

3. APREN­DER A GES­TIO­NAR­LAS.

Las emo­cio­nes son in­con­tro­la­bles. La bue­na no­ti­cia es que es po­si­ble apren­der a ges­tio­nar­las. So­lo de­be­mos pre­gun­tar­nos: ¿qué ha­go con es­to que sien­to?; ¿qué ha­ce que me sien­ta así? Se tra­ta de ha­cer­nos car­go de lo que sen­ti­mos, de mo­do a en­ten­der de dón­de pro­vie­nen las emo­cio­nes y qué pro­ve­cho po­de­mos sa­car de ellas. Hay mu­chas es­tra­te­gias pa­ra ges­tio­nar las emo­cio­nes, al­gu­nas más vá­li­das que otras co­mo la me­di­ta­ción, otras más sim­ples co­mo una mi­ra­da en el es­pe­jo pa­ra ver­nos con cons­cien­cia o bus­car dis­traer a la emo­ción por un mo­men­to, en­tre mu­chas otras. Lo más im­por­tan­te es el de­seo de que­rer apren­der a ex­pre­sar­las aser­ti­va­men­te y po­ner ma­nos a la obra.

4. VA­LO­RAR SUS RE­SUL­TA­DOS.

To­do lo que ha­ce­mos y te­ne­mos es re­sul­ta­do de lo que so­mos por den­tro. Por lo tan­to, dar­nos cuen­ta de que esos re­sul­ta­dos son ge­ne­ra­dos por no­so­tros mis­mos es de gran va­lor por­que nos po­si­cio­na co­mo pro­ta­go­nis­tas de nues­tras vi­das. Si no es­toy con­for­me con la cosecha de­bo eva­luar la siem­bra y pre­gun­tar­me: ¿qué pue­do cam­biar en lo que es­toy vi­vien­do?; ¿qué co­sas es­tán ba­jo mi con­trol?; ¿qué pue­do ha­cer que las co­sas sean di­fe­ren­tes?

Co­mo siem­pre, las me­jo­res re­pues­tas es­tán en nues­tro in­te­rior. Por eso de­be­mos ha­cer­nos las pre­gun­tas que nos lle­ven no so­lo a co­no­cer­nos y en­ten­der­nos, sino, so­bre to­do, a en­con­trar las claves que nos ayu­da­rán a dar en el ojo con el cam­bio que bus­ca­mos. El au­to­des­cu­bri­mien­to es un re­co­rri­do sin fin. To­das las ve­ces que lo tran­si­tes en­con­tra­rás ma­gia en tu in­te­rior

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