VOL­VER A ENAMORARSE

High Class - - HC/EDITORIAL -

El se­gun­do mes del año tien­de a ser uno car­ga­do de emo­cio­nes de to­do ti­po. Unos celebrando el amor, por un la­do, y otros celebrando la sol­te­ría, por el otro. Al­gu­nos con co­ra­zo­nes ro­tos, o bus­can­do el amor, en­cuen­tran la for­ma de ha­cer de fe­bre­ro un mes de via­jes y dar­se tiem­po pa­ra uno mis­mo. Pa­ra mí, par­ti­cu­lar­men­te, es un mes de ini­cios. Mes en que em­pie­zo una nue­va re­la­ción la­bo­ral, en un ru­bro di­fe­ren­te. Lue­go de 10 años de no­viaz­go con la pu­bli­ci­dad y el mun­do di­gi­tal, me en­cuen­tro ar­man­do una nue­va vi­da con es­te for­ma­to com­ple­ta­men­te inex­plo­ra­do has­ta aho­ra por mí. Es mi pri­me­ra re­la­ción con el pa­pel, lo que –de­bo que ad­mi­tir– me es­tá con­quis­tan­do bas­tan­te rá­pi­do. Nue­vos te­mas de con­ver­sa­ción, nue­vo rit­mo, nue­vo am­bien­te. To­do nue­vo, to­do fas­ci­nan­te. Y lo más lin­do, co­mo en to­da nue­va re­la­ción, es que al lle­gar a ca­sa no sa­le de mi ca­be­za . Es lo úl­ti­mo que re­cuer­do an­tes de dor­mir y lo pri­me­ro que pien­so al des­per­tar­me. Sin du­da, es­te mes ini­cial de no­viaz­go fue una ex­pe­rien­cia fa­bu­lo­sa.

Lo más lin­do de los ini­cios es apren­der y des­apren­der con el otro; y en es­te ca­so no fue so­lo so­bre fi­nan­zas en pa­re­ja, amo­res que te quie­ran bien, ar­te, mo­da o has­ta se­xo tán­tri­co; sino, es­pe­cial­men­te, apren­der so­bre to­do lo que ten­ga que ver con la vi­da del co­pro­ta­go­nis­ta de es­ta his­to­ria que se es­tá em­pe­zan­do a es­cri­bir. En­ten­der las di­fe­ren­cias, y acep­tar­las, es al­go cla­ve den­tro de una re­la­ción, sea del ti­po que fue­re. Adap­tar­se y no im­po­ner las creen­cias y con­vic­cio­nes de uno es sano pa­ra una bue­na con­vi­ven­cia.

Em­pe­zar una nue­va re­la­ción es to­da una aven­tu­ra. Sí, es al­go que asus­ta al no sa­ber qué nos de­pa­ra, ya sea un nue­vo no­viaz­go, un nue­vo tra­ba­jo, o una nue­va sol­te­ría. Ani­mar­se a vol­ver a em­pe­zar es lan­zar­se a un pe­lo­te­ro lleno de opor­tu­ni­da­des, ex­pe­rien­cias y emo­cio­nes, que ya sean bue­nas o ma­las, siem­pre de­jan un apren­di­za­je que nos ayu­da a cre­cer, a co­no­cer­nos y a se­guir es­ca­lan­do en la vi­da.

Ani­mé­mo­nos a em­pe­zar de nue­vo, y si ya es­ta­mos em­bar­ca­dos en al­go que desea­mos con­ti­nuar, em­pe­ce­mos a pro­bar co­sas que ha­gan que lo que ya te­ne­mos sea ca­da vez me­jor.

Me­la Ca­bre­ra Su­be­di­to­ra

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